1.- Lo único necesario para el triunfo del mal es que los hombres buenos no hagan nada (Edmund Burke)

2.- Hay un límite a partir del cual la tolerancia deja de ser virtud (Edmund Burke)

lunes, 26 de agosto de 2019

YO HE VISTO COSAS QUE VOSOTROS NO CREERÍAIS - 2019

    Estamos metidos de lleno en 2019, el mismo año en que transcurría Blade Runner, la famosa y mítica película de Ridley Scott, y recuerdo perfectamente la fascinación que me produjo cuando la vi por primera vez en 1982 con la sensación de que el año que ahora vivimos era todavía una fecha lejana a la que podría llegar para ver ese futuro. Fue en un cine de los antiguos, uno de aquellos templos laicos donde se vivía de verdad la experiencia arrebatada de sumergirse en una pantalla grande para disfrutar del séptimo arte sin ningún tipo de restricciones en comunión expectante con otros cientos de personas a los que te unía un hilo invisible de emoción compartida. Hablo por supuesto de lo que significaba ir al cine con mayúsculas, toda una religión que profesábamos la mayoría de las personas que ahora tenemos una cierta edad, con sus rituales imprescindibles, en una época sin móviles ni internet que restaran protagonismo al entretenimiento más popular del siglo XX. Sobre todo cuando las películas tenían calidad de sobra para entretener y alimentar nuestros sueños y además, como era el caso, para hacernos reflexionar a fondo sobre el sentido de la vida. Películas que exigían atención plena y te atrapaban agarrándose a la memoria para instalarse en la mente durante días o semanas, incapaces de sacarnos de la cabeza sus imágenes evocadoras, las tramas apasionantes de sus historias y los diálogos de unos personajes que acababas odiando, amando o venerando hasta la idolatría.

    Y esta película lo tenía todo. Hasta el punto que el cúmulo de emociones, de interrogantes y sentimientos que despertó en mí fueron determinantes para convertirla desde el primer momento en una de mis películas favoritas de siempre, y todavía hoy, treinta y siete años después y mucho cine a las espaldas, esta obra maestra de la ciencia la ficción, ahora de culto y tantas veces imitada, continúa en el podio dentro del top 10 de mis preferencias cinéfilas.

    Hace un par de años, en 2017, se estrenó Blade Runner 2049, una secuela dirigida por Denis Villeuneve que se publicitó a bombo y platillo con una estética rompedora y todos los efectos especiales disponibles del cine actual cuando el presupuesto es generoso y un director sabe utilizarlo de forma conveniente. Está protagonizada por Ryan Gosling, unos de los actores fetiche de este nuevo milenio, que interpreta a un nuevo policía cazador de replicantes en busca de un Deckard ya envejecido, el protagonista de la primera película e interpretado de nuevo por Harrison Ford. Creo que se trata de una obra notable y meritoria pero excesivamente larga y lenta (dura unos 160 minutos) que en cualquier caso no está a la altura de la original. Aunque tiene momentos brillantes carece de la magia y ese halo cautivador que maravilla a los espectadores y, en último término, marca la diferencia entre una buena película técnicamente sobresaliente y una obra maestra rompedora y mítica como el Blade Runner de Ridley Scott de 1982.

    Supongo que la mayoría conoce más o menos de qué va el argumento de esta historia futurista y distópica basada libremente en una novela corta de Philip S. Dick - ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? –; una obra menor del prolífico escritor de ciencia ficción que se hizo famosa a posteriori aumentando las ventas de su libro gracias al éxito de una película, convertida en una obra de culto para cinéfilos. Los hechos transcurren en el año 2019, nuestro año actual, un futuro relativamente cercano para el momento en que se estrenó, y teniendo en cuenta los años que tenía yo por entonces ese fue otro de los factores que también cautivó mi atención pensando que si la vida me respetaba tendría la oportunidad de comprobar personalmente, a una edad relativamente decente, si ese futuro inquietante y complejo que vaticinaba la película se cumpliría totalmente o en parte convirtiéndose en cruda realidad. 

     Pero ése es otro debate, el de la capacidad que tienen las obras de ciencia ficción, tanto en el cine como en la literatura, de hacernos reflexionar por medio de la anticipación y la especulación inteligente sobre nuestro futuro más o menos inmediato y la influencia que ejerce la humanidad con sus aciertos y errores en el devenir del mundo y la historia de nuestra especie. En cualquier caso, si se logra una reacción y un impacto de ese calibre en los espectadores, y lo hace además como dije de una forma entretenida, artística y eficaz gracias a la calidad cinematográfica que atesora una película como ésta podemos disfrutar de una verdadera obra de arte.
    Los que conocen y recuerdan el argumento saben que muchas de las predicciones y situaciones que suceden y se desarrollan en la misma no se están cumpliendo en la actualidad, pero a su manera, este mundo que nos toca vivir se parece bastante al de Blade Runner en lo que se refiere al tono de desesperanza, de angustia y desazón que retrata y dibuja con su envoltorio estético a lo largo del metraje. En muchos aspectos nuestra realidad presente es incluso peor teniendo en cuenta los derroteros y los desafíos a los que nos enfrentamos a nivel mundial con unas perspectivas poco halagüeñas que se adivinan a la vuelta de la esquina. Respecto al tema de los robots y los replicantes, con el avance espectacular de la robótica ya se ha instalado actualmente en el debate social la reflexión filosófica y moral de cómo será nuestra relación con esos seres creados por nosotros si llegan a alcanzar la inteligencia que se les presupone y qué podría ocurrir si toman conciencia de sí mismos con las consecuencias y peligros que este hecho tendría en la evolución de la humanidad.

     Ya en su momento, en los años cincuenta del siglo pasado, Isaac Asimov, uno de los padres de la ciencia ficción, en sus famosas novelas de robots, estableció las tres leyes básicas de la robótica para regular la relación de estos posibles “seres” artificiales con los humanos en un mundo futuro anticipando las múltiples y novedosas problemáticas que podrían surgir por esta interacción tan estrecha en todos los sentidos. Aunque antes de 1982 ya se había abordado esta temática en el cine con más o menos fortuna, después del estreno de Blade Runner y del hito cinematográfico que supuso se han multiplicado las películas sobre este controvertido tema abordando y dramatizando la posibilidad de esta convivencia con todas sus complejidades y controversias. Una realidad que está ahí a la vuelta de la esquina en un futuro más o menos inmediato e inquietante. Aparte de unas cuantas películas notables, últimamente han sido sobre todo las series, creo, las que se han adentrado en el mundo de los robots idénticos a nosotros para satisfacer todas nuestras necesidades. Algunas como Westworld o Humans, esta última tanto en su versión original sueca como en la copia americana, pero fundamentalmente la primera, abordan el asunto con calidad y en profundidad.

    Volviendo a la película, la trama, un thriller futurista que resultaba original, impactante y novedoso por aquel entonces, lograba mantener el suspense y la tensión hasta el desenlace. A Rick Deckard, el protagonista, un policía especializado en cazar y desactivar “replicantes” rebeldes, unos robots tan perfectos y avanzados que presentan unas cualidades y apariencia externa idéntica a los humanos, le asignan la misión de localizar y neutralizar un grupo de ellos que se habían fugado en rebeldía abandonando las misiones que tenían encomendadas con la intención de buscar a su creador para lograr la libertad y escapar al triste destino que les esperaba. Todos están diseñados internamente para vivir solamente cuatro años, un periodo de obsolescencia programada que habían establecido como medida cautelar y de seguridad los ingenieros humanos de la corporación Tirell que los había creado.  Después de cumplir su misión de eliminarlos, totalmente transformado por la experiencia, la película termina con Deckard huyendo con Rachel, una replicante de última generación de la que se había enamorado, y dejándonos con la duda de si el mismo era o no un replicante. 

    Al parecer el final relativamente esperanzador y feliz de la versión de 1982, con los dos huyendo en un vehículo volador hacia un lugar luminoso y azul, en contraste con el tono gris, oscuro, lluvioso y artificial omnipresente durante toda la película, no era el que deseaba el director, que tuvo que ceder ante la presión de la productora. Unos años más tarde Ridley Scott sacó una versión actualizada (la del director) donde suprime la escena del avión y el filme acaba con la pareja saliendo del edificio de la corporación en el ascensor. También da a entender en alguna escena añadida, la del sueño del unicornio, que el policía es también un replicante y que los dos huyen sabiendo que su triste destino está escrito y programado. Hay un tercer final pero debo decir que soy un nostálgico empedernido y me quedo con el primero, el original, donde Deckard (Harrison Ford) es un policía humano que se enamora de Rachel (Sean Young), una replicante perfecta que aparentemente es la única de su serie sin fecha de caducidad. Blade Runner es muchas cosas, sobre todo un thriller de ciencia ficción imaginativo y redondo, pero también es una película romántica que desde mi punto de vista sólo adquiere sentido pleno si la relación amorosa que plantea se establece entre un humano y una robot.
     En cualquier caso la historia resulta cautivadora, con unas imágenes tan sugerentes e icónicas que forman parte del cine con mayúsculas marcando un estilo nuevo que se copió posteriormente hasta la saciedad; una obra con influencia determinante en la historia del cine posterior. Además, desde los primeros compases, la música envolvente de Vangelis acompañando el discurrir del vuelo de los coches entre rascacielos con pantallas gigantes mostrando caras en primeros planos de anuncios publicitarios y las luces artificiales iluminando una ciudad de los Ángeles oscura, contaminada y superpoblada se pegan a la retina para no abandonarte jamás y logran introducirte de lleno en un futuro, que sería el nuestro de ahora mismo, como escenario imprescindible para presentar los personajes y explicar exactamente dónde estamos y el tipo de mundo en descomposición nos esperaba a la vuelta de la esquina.

    Blade Runner presenta una distopía donde van a interaccionar hasta confundirse y entremezclarse las personas y los replicantes con el objetivo de indagar y reflexionar sobre la naturaleza de lo que nos hace verdaderamente humanos. Una película de ciencia ficción que nos mira directamente a los ojos para interrogarnos sobre nuestras propias emociones, desnudando el cinismo y las contradicciones que disimulamos detrás de nuestras imposturas cuando no conseguimos reconocernos en esa imagen que nos devuelve el sorprendente espejo que supone la existencia de unos seres artificiales, tan semejantes a nosotros, creados para nuestro servicio y disfrute en todos los sentidos. Unos robots que al final muestran en sus acciones más humanidad que nosotros mismos, ejerciendo libremente una serie virtudes que los humanos hemos olvidado o enterrado como la solidaridad, la valentía, la generosidad, el compromiso…   Detrás de ese revoltijo de cables y chips germinan y evolucionan las emociones, florece la necesidad tan humana de la transcendencia.  Una inteligencia social y creadora que se pregunta, que sufre y que en definitiva insufla el alma a la existencia con ese anhelo tan imperioso y humano de vivir y de ser. Y sobre todo el deseo de alcanzar la libertad por encima de todo y a cualquier precio.

    Como paradigma y resumen sobresale la maravillosa escena en que Roy Batty, el implacable líder del grupo de replicantes rebeldes interpretado magistralmente por el actor Rutger Hauer, derrota a Deckard después de una lucha despiadada. Cuando lo tiene totalmente a su merced, en un momento de piedad que se supone impropio de la naturaleza asesina de un nexus 6 de última generación programado para el combate y para matar, el replicante perdona la vida sorprendentemente al policía que ha intentado “retirarlo” después de haber eliminado previamente uno a uno al resto de sus compañeros. Roy, consciente de que su vida se apaga en esos momentos porque ha cumplido su fecha de caducidad y con el deseo de seguir existiendo en el recuerdo del último ser humano que lo verá con vida, pronuncia uno de los monólogos más famosos y logrados de la historia del cine ante el asombro y estupefacción de un Deckard rendido y entregado. Al parecer fue el propio actor quien convenció a Ridley Scott para introducir en la escena el emblemático monólogo “como lágrimas en la lluvia” que se convertiría en el momento culmen de esta película de culto.

"Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir" 

   El actor Rutger Hauer falleció el pasado mes de julio en su Holanda natal a la edad de 75 años y aunque ha interpretado numerosos papeles en el cine tanto de protagonista como de secundario de lujo, algunos con mucho éxito, siempre será recordado por el papel del replicante Roy Batty y en concreto por esta escena. Siempre he creído que las coincidencias del destino y de la vida no son simples casualidades y que obedecen de alguna manera a una trama invisible que nos conecta a todos tejiendo sus redes de forma inesperada y enigmática. Tal vez será porque soy gallego y lo de las meigas lo llevo en los genes, por eso me parece tan mágico y poético, dentro de la desgracia que supone su pérdida, que el actor en la vida real y su personaje de ficción más emblemático muriesen en el mismo año: 2019.

¡Descansen en paz!

Forastero marulo

sábado, 6 de abril de 2019

ALBERTO CORTEZ, IN MEMORIAM

   
    Recuerdo que Alberto Cortez era uno de los artistas sudamericanos que salían de vez en cuando en aquella tele en blanco y negro de mi niñez, el mismo color de un país expectante que en las postrimerías del franquismo presentaba un paisaje monocorde que iba ganando poco a poco colorido mientras se desmoronaba la dictadura al compás del deterioro físico y la agonía del caudillo. Un proceso fascinante y decisivo para los que tuvimos la suerte, en plena adolescencia, de vivir a finales de los años setenta del siglo pasado en primera línea y en directo la explosión que supuso la transición democrática en nuestras vidas y en la vida de todo un país que cambió para siempre. Una época donde sólo había como entretenimiento y como testigo de aquellos cambios tan vertiginosos una cadena de televisión, la uno, que veíamos obligatoriamente todos y que tenía, por tanto, audiencias millonarias

     Aunque se convirtió en un cantautor de prestigio que componía muchas de sus canciones y escribía sus propias letras, Alberto Cortez no era un cantante de los más populares, y otros intérpretes del otro lado del Atlántico tenían más fama y contaban con más presencia y eran más conocidos. Bueno, a lo mejor no era así pero a mí me lo parecía.  Lo que realmente me gustaba de él era su faceta de poeta, su voz timbrada, melódica y pausada con ese acento argentino que tanto me recordaba al de algunos familiares de mis padres y mis abuelos, emigrantes en Argentina y Uruguay, cuando volvían de vez en cuando de vacaciones o de visita a la madre patria.

    Pero lo que jamás podré olvidar era la emoción que embargaba a mis padres y sobre todo a mis abuelos cada vez que escuchaban su canción “El Abuelo”. Una emoción tan intensa e íntima que inundaba sus ojos de lágrimas y les costaba un mundo disimularlas por mucho que lo intentasen apelando a la discreción y al pudor que les producía mostrar sus emociones en canal.  El tema, que escribió y compuso Cortez para la cantante venezolana Mirla Castellanos, era un homenaje a su abuelo gallego emigrante en Argentina; y también lo es para la mayoría de nosotros, los gallegos, un pueblo de emigrantes donde los haya, sobre todo para las generaciones de nuestros mayores. Una canción especial que nos tocaba y todavía nos toca la fibra más sensible cada vez que la escuchamos.
      Alberto Cortez murió el jueves pasado 4 de abril en Madrid, ciudad en la que residía hace muchos años. Allá donde ahora se encuentre, descanse en paz.

Forastero marulo

domingo, 16 de diciembre de 2018

EL VALOR DE LA DISCRECIÓN

 
    Bueno, en realidad no tengo mucho que contar, ni tampoco demasiadas ganas, o eso creo, y asomo por ésta mi casa después de un año completo de hibernación voluntaria por aquello de abrir puertas y ventanas para que al menos entre un rato el aire y el sol a estas estancias, lo mismo que hacemos en esa casa familiar, normalmente de segunda residencia, que mantenemos cerrada durante semanas o meses y acudimos a ella para ventilar y darle un poco de vida, comprobando que todo sigue en su lugar y si es necesario hacer alguna reparación de urgencia. Algo parecido también a volver sobre una foto fija suspendida en el tiempo dentro de una bonita caja que nos gusta revisitar de vez en cuando con un nudo de nostalgia en la garganta.

    Con esa añoranza y también con alegría compruebo que en las casas de al lado, especialmente en las de mis queridas vecinas - “Gran Hermano Comentado” de Ácrata y “JKL Colaboreisons” de Jota, la vida sigue bulliciosa con ellas metidas a tope en el guirigay de GH Vip de este año. Por lo poquísimo que leo, veo que continúan con su entusiasmo y agudeza a raudales, y con el humor marca de la casa que siempre destilan. Debo reconocer que estoy totalmente desconectado del dichoso reality y todo lo que me llega de él son ecos lejanos en los márgenes de la prensa o en alguna noticia suelta que me encuentro cuando deambulo por la red a cuento de escandaleras y polémicas que se producen en el programa con los pintorescos concursantes pseudofamosillos que pueblan el concurso.

    No sé, este año, como en el anterior, voy por libre y respecto a la televisión sólo me ha dado por seguir en directo alguna que otra serie como “Estoy vivo”, que ha logrado interesarme lo suficiente como para verla siempre que puedo en su horario normal de emisión los lunes en la primera cadena de Televisión Española. También estoy enganchado, a medias, con Operación Triunfo 2018, gracias en gran parte a una concursante de mi tierra, Sabela, que logró cautivarme con su naturalidad y versatilidad, y porque ha tenido el atrevimiento de cantar en gallego y meterse en el bolsillo, de paso, a una parte importante de la audiencia. En un mundo como el actual en que prima el papanatismo por el pop en inglés que una chica se cuele en la final de este programa apostando por una canción en modo fado como “Negro caravel maldito” (negro clavel maldito), por ejemplo, un tema de la cantante gallega Rosa Cedrón con letra de un conocido poema de Rosalía de Castro, nuestra poetisa gallega y española universal, es todo un soplo de aire fresco. 
   En una España como la nuestra, que en estos días aciagos por tantas cosas, sobre todo por cuestiones políticas que nos quieren llevar una y otra vez al borde del abismo, estas pequeñas cosas siempre suman y te reconcilian con tu país y con tu gente, demostrando que se puede vivir con nuestra maravillosa diversidad, y enorgullecernos de todo lo que tenemos como un patrimonio común donde debería primar el buen gusto como es el caso y no la pulsión cainita que nos separa y divide y que, desgraciadamente, supura por la herida más perniciosa aún de las redes, como una Némesis gigantesca que promete devorarnos como individuos y como sociedad. Algo que, por cierto, no es particular de España sino que ocurre también en todas partes como una hidra venenosa que lo invade y emponzoña todo.

   En fin, que acabamos otro año más celebrando el aniversario de una Constitución ya cuarentona y todavía de muy buen ver pero a la que todo bicho careto pretende hincar el diente y llevársela al huerto para lo suyo, y a pesar de que a mí siempre me gusta pensar en positivo el panorama que se presenta resulta poco halagüeño. Para qué engañarnos. Y lo que ocurre en televisión, por hablar de algo menos elevado y grandilocuente, salvo honrosas excepciones, no es más que un reflejo de nuestra sociedad actual con sus defectos y virtudes, con el claro predominio de los primeros sobre las segundas. Una pena. Con todo esto sobre la mesa reflexionaba estos días sobre los propósitos y deseos que me quería marcar para el año 2019, que está ya a la vuelta de la esquina, y con la que está cayendo me vino a la cabeza la idea de recuperar y reforzar el valor de la discreción, una pequeña virtud que bien entendida puede ayudarnos y mucho a enfrentarnos con este mundo globalizado y amenazante que nos engulle sin remedio donde todo parece confuso y alienante. Lo digo porque la discreción, entre otras cosas, puede ser un potente antídoto contra la imprudencia, la insensatez y la estupidez que nos invade. Un cortafuegos vamos, la palabreja de moda que todo el mundo usa últimamente para defenderse de los "...ismos" que se atribuyen siempre al que piensa contrario a nosotros. Pero en este caso de verdad.

    Hablando de aniversarios, hace unos días me enteré de que youtube, la plataforma de vídeos de google en internet que lo inunda todo, lleva poco más de diez años funcionando desde que lo inventaron, trece para ser exacto. ¿Quién lo diría?. Y en tan poco tiempo, iniciando apenas la adolescencia, ha entrado con tal fuerza en nuestras vidas que lo mismo que nos ocurre con todo lo que tiene que ver con las "red de redes" hace que nos preguntemos cómo es posible que antes pudiésemos vivir sin él, hasta el punto de que, sobre todo para la gente muy joven, es inimaginable pensar en un mundo sin la posibilidad de su existencia.   Pensaba también, a cuenta de ésta y otras cosas, en que Gran Hermano cumplió 18 años el 23 de abril de este año que agoniza. No es casualidad que se haya convertido en un programa millennial, ese calificativo un tanto pretencioso pero significativo que se aplica a todos los jóvenes nacidos ya en este nuevo siglo, y que vienen de serie con una forma diferente de entender el entretenimiento y con otras formas de comunicarse gracias al mundo informatizado en que han nacido. La primera generación de la historia totalmente digital para la que internet, el mundo tecnológico y vivir pegados a una pantalla inteligente es algo tan consustancial a sus vidas como para nosotros lo era jugar de niños en las calles de nuestro barrio al escondite o a policías y ladrones mientras nos comíamos un bocata de queso con chorizo y entre medias leíamos tebeos.

    Un mundo nuevo repleto de "youtubers e influencers" enloquecidos por sumar likes y visionados a sus vídeos y con la pretensión constante de convertir en viral o “trending topic” nacional, europeo o mundial por internet cualquier cuestión puntual o polémica intrascendente, alimentada en muchos casos de forma artificial y tramposa para lograr ese objetivo donde es muy complicado separar el grano de la paja. Algo que se ha convertido hoy en día también en una de las mayores obsesiones de cualquier programa y reality que se precie, tanto en una gala propiamente dicha como en un programa satélite de debate sobre el mismo. En el fondo no es más que una forma de lograr el objetivo principal, y responder a la preocupación por aumentar el consabido índice de audiencia con que se desayunarán al día siguiente, y que por cierto está hecho unos zorros afectando en general a la mayoría de los productos televisivos: informativos, series, etc. Una caída del “share” que se explica en gran parte por la ausencia de los espectadores más jóvenes, y no tan jóvenes, que huyen de los canales clásicos, y dimiten en masa del consumo de televisión desde el sofá de sus casas con el mando a distancia en ristre en las horas punta de audiencia. De ahí la enorme popularidad y éxito de las nuevas plataformas asequibles como Netflix que permiten el consumo de productos audiovisuales sin la tiranía de las cadenas tradicionales.

    En el fondo todo esta muy relacionado, y vivimos inmersos de alguna manera dentro de un Gran Hermano mundial donde casi todos, en mayor o menor medida, nos dejamos grandes cuotas de la vida personal en este mundo paralelo cediendo una parte muy importante de nuestro tiempo y privacidad para alcanzar un discutible paraíso detrás de una frontera cada vez más borrosa entre lo real y lo virtual, tanto que a veces los dos mundos se confunden y se mezclan alimentando nuestra angustia y una especie de esquizofrenia para poder estar a la altura de los dos e incapaces, a menudo, de compaginarlos con sensatez.
    Para terminar este panfleto con tufo algo apocalíptico, que espero sepáis perdonar si llegáis hasta aquí, quería comentar que por casualidad me encontré este año en una revista, de la que no recuerdo ahora mismo el nombre, con una entrevista a Mercedes Milá donde la periodista y presentadora durante tantos años de GH confesaba que había superado una fuerte depresión que padeció con toda su crudeza durante las últimas ediciones del concurso que presentó.  Por lo que decía y los síntomas que relataba comprendí al fin el comportamiento errático, caprichoso y parcial de aquellos días en las galas que tanto criticábamos aquí durante las ediciones de GH 15 y GH 16.  Lo cierto es que hay pocas cosas peores que los problemas anímicos y desde este pequeño rincón donde tanto hemos hablado de ella, y generalmente para mal, le deseo de todo corazón que esté ya completamente recuperada.

Forastero marulo

viernes, 29 de diciembre de 2017

EN CASO DE DUDA CUENTA LA VERDAD

    Después de tantos meses sin publicar nada, desconectado totalmente de GH 18 y de todo lo que rodea al programa desde que hace un año en diciembre acabó GH 17, últimamente me ha dado por releer sin orden ni concierto algunas de las cosas que había escrito en el blog sobre ediciones anteriores a lo largo de estos años, y como si de una revelación sorprendente se tratase me he dado cuenta de lo mucho que he ido dejando sobre mí tanto en cada entrada, cuando intentaba analizar el concurso, como en los comentarios y opiniones a la hora de debatir y analizar los pormenores del mismo con todas las personas que han participado amablemente en este rincón durante este tiempo aportando su grano de arena, y en muchos casos con aportaciones fundamentales para que yo siguiese aquí, con esta casa abierta, embarcado en esta especie de locura transitoria que dura ya más de ocho años.   Toda una vida que ha pasado tan rápidamente que si me hubiesen dicho allá por 2008, cuando empezó GH 10 y entré por primera vez en el universo virtual del concurso a través del Gato Encerrado, que ahora mismo estaría aquí jamás lo habría creído.

    Estas reflexiones vienen a cuento justamente ahora, después de un año “in albis” en que he decidido no implicarme en esta edición que acaba de terminar por razones que expliqué en la última y precipitada entrada que publiqué en septiembre.  Tal vez por este vacío y distanciamiento absoluto del programa durante estos meses y tras ese vistazo un tanto circunstancial hacia atrás al releer de forma aleatoria lo que decía en algunos momentos a lo largo de estos años en el blog, me he percatado de que he ido dejando por todos los rincones de esta casa multitud de retazos sobre mí, la mayoría de las veces de forma inconsciente, como un rastro inconfundible reflejado en unas huellas que delatan por supuesto mi pensamiento y opinión sobre el concurso en cada momento, pero que sobre todo porque retratan mi forma de ser, mis vicios y virtudes.  En definitiva, un daguerrotipo de lo que soy revelado a través de un puzzle, caótico y coherente a la vez, con piezas diseminadas en cada esquina y en cada rincón de estas crónicas mundanas y compartidas, que explican quién soy de verdad mucho mejor que si un día me diese la ventolera y me pusiera a contar mi vida, mis sueños y mis deseos con pelos y señales a viva voz. Dios no quiera que traspase jamás esa línea roja.  Sólo puedo decir que tantos años después todo lo escrito es fruto fundamental de mi cosecha, sincera y particular, y en muy escasas ocasiones dejé de dar mi opinión completa sobre lo que creía del concurso. Estoy acostumbrado a ir a contracorriente, y si alguna vez no dije todo lo que pensaba, o callé sin más, no fue tanto por sentirme condicionado o juzgado sino por simple y pura prudencia, o por no dañar a terceras personas. Algo de lo que no me arrepiento.

    Como de ingenuo me queda poco o nada a mis años sé que opinar sobre GH, y más creando una plataforma como ésta, siempre trae algún tipo de consecuencias, algunas positivas y bastantes negativas. Aún así no deja de sorprenderme la confirmación de que  al final, como en el cuento de Pulgarcito, he ido dejando a lo largo del camino migas de pan o piedrecitas, según la versión del cuento, para llegar hasta el espíritu que siempre quise que empapase estas crónicas. O quizás ahora acabo de descubrir que en realidad son marcas que he ido dejando simplemente para reencontrarme a mí mismo llegado el momento oportuno para no perderme de forma definitiva. Como cuando se vuelve a las páginas de un viejo diario olvidado en algún rincón del desván o se releen antiguas cartas de amistad o amor y se tiene la singular sensación de que esa persona que aparece reflejada debajo de todas esas palabras escritas con emoción y entrega se corresponden con uno mismo pero sin reconocerla del todo, como si se tratase de un extraño que anida dentro de ti y al que observas con curiosidad desde fuera. Cuando veo esta casa marula totalmente ordenada y con cada cosa en su sitio, como me dijo una vez creo que Maltissa, y siempre con la obsesión de que este espacio no se convirtiese en un escenario caótico de batallas y guerras estériles o gratuitas que tan mal me lo habían hecho pasar en otros lugares de debate sobre GH por donde había pasado antes, acabo por comprenderlo todo.

    Una de las cosas que he aprendido desde el principio comentando el concurso de GH y, aún en mayor medida, también desde este reducto personal e íntimo de libertad, con acceso libre y abierto siempre sin restricciones pero sujeto a unas reglas básicas no escritas para que no se contaminase ni desvirtuase más allá de lo mínimo imposible de controlar, es la confirmación de que del mismo modo que ocurre en la vida real digas lo que digas y escribas lo que escribas siempre habrá alguien que malinterprete tus palabras, o lo que es peor, que siempre habrá personas dispuestas a hacer una lectura interesada y sesgada de tus comentarios y opiniones. Unas veces con razón, porque dan en el clavo y a lo mejor he dejado translucir algo distinto a lo que quería decir y me ha traicionado el subconsciente sin darme cuenta, y otras muchas porque simplemente no se comparte lo que uno opina, y en vez de argumentar desde una posición contrapuesta lo único que se busca es desacreditar tu punto de vista sin más. Pero bueno, el juego es así, y es lo que tiene mojarse. Hay que asumirlo.

    Otro tema que uno aprende en este camino virtual, también como en la vida real, es la necesidad de cuidar el tono, porque la mayoría de las veces causamos daño y herimos a los demás, o por el contrario en positivo, logramos convencer y/o seducir, tanto o más por el tono del cómo decimos las cosas que por el mensaje en sí mismo de lo que queremos decir. Sé que el mundo virtual es terreno abonado para el desahogo abrupto y la palabra gruesa, y cuanta más basura y escándalo se monte mejor para según qué cosas, y alrededor de Gran Hermano y sus intereses eso es una virtud para muchos, pero lo que me cuesta de verdad admitir es que aquellos que seguimos el programa participemos también de la escalada salvaje e incontinente, sin filtros, desde nuestra posición de seguidores entusiastas. Creo firmemente que la relativa impunidad que nos otorga el anonimato que disfrutamos detrás de un nick virtual no puede convertirse en un “todo vale” con carta blanca para liberar nuestros demonios y frustraciones sin ningún tipo de autocontrol. Eso no significa que debamos conducirnos en plan hermanitas de la caridad pero sí creo que todo esto debería atenerse a unas reglas básicas aunque no estén escritas en parte alguna ni haya nadie en concreto que nos impida saltarnos las convenciones mínimas de educación que solemos respetar en nuestra vida en general.
    En cualquier caso, una vez involucrados en el lío si metemos la pata o nos pasamos de frenada, porque nadie es perfecto y seguir un reality de este calibre nos vuelve con frecuencia apasionados y vehementes hasta límites insospechados, lo mejor siempre es pedir disculpas o reconocer el error si ése es el caso. Y cuando surjan las dudas lo más inteligente es ser sincero y decir la verdad, haciendo caso a la frase aquella de Mark Twain que me sirve de título para la entrada: “En caso de duda cuenta la verdad”. Eso no quita que considere sobrevalorada la sinceridad entendida así, a lo loco, y no estoy de acuerdo en que haya que ser sincero en todo momento, como esos concursantes que presumen de que no son falsos porque dicen todo a la cara y entiendan esta virtud como la facultad de decir todo lo que les pasa por la cabeza, sin filtros. Algo que me parece una majadería.   Si todos dijésemos siempre lo que pensamos a todas horas la convivencia sería imposible en cualquier ámbito de nuestras vidas. El verdadero problema es que creemos a menudo que la verdad coincide con aquello que pensamos, confundiendo la verdad subjetiva con la objetiva.  Lo importante es reconocer cuándo es necesario ser sincero y decir la verdad, aunque sea nuestra verdad, y tan importante o más es saber el “cómo”, porque decir la verdad puede convertirse en la tarea más complicada y difícil de todas con una serie de costes que no todo el mundo está dispuesto a asumir. Por eso la gente miente tanto, y la verdad con mayúsculas suele ser “rara avis” en la vida de todos. Y lo más complicado todavía, un triple salto mortal sin red, es decirnos la verdad a nosotros mismos, que acostumbramos a autoengañarnos mucho más de lo que engañamos a los demás. A veces tengo la sensación de que llevo engañándome durante los últimos ocho o nueve años con este blog, y que a lo mejor algunas de las cosas que determinadas personas me dijeron en su momento tenían su parte de verdad.

     Estar pendiente de este concurso significa comprender que Gran Hermano no es más que un castillo inmenso construido de mentiras y falsedades, o de verdades a medias, que esconde una única verdad: La convivencia de una serie de personas anónimas que discurre a la vista de todo el mundo. Y con dinero por medio. Un grupo anónimo de concursantes que desnudan sus glorias y miserias para nosotros, los espectadores, a cambio de un mísero plato de lentejas. Un reality repleto de intereses espurios y comerciales a los que servir e incapaz de subsistir sin plegarse a ellos. Lo fundamental sería encontrar el equilibrio dentro de unas reglas que conjugasen los intereses necesarios del negocio con aquello tan manido y sobado del espíritu de GH perdido que alumbró la fórmula del éxito de un producto televisivo que debe evolucionar, por supuesto, pero sin degradarse ni convertirse en una caricatura triste y corrompida de lo que fue.  Entiendo que en la vida esto suele ocurrir, que las cosas son así, que todo degenera y hay que aceptarlo pero al menos para mí, si continuase el concurso en ediciones posteriores me gustaría tener la oportunidad de seguir descubriendo y disfrutar de esas perlas de autenticidad que siempre relucen y emergen por encima de las toneladas de basura que inunda el programa. Esos momentos impagables que lograron engancharme al concurso, y que me gustaría recuperar para hacer borrón y cuenta nueva, y recuperar la ilusión perdida de seguir dejando migas en el camino.

    Muchas veces me he preguntado y reflexionado sobre si nuestra conducta es mejor o peor que la de ellos, los concursantes, que mantenemos y avivamos el programa observando, comentando y destripando sus vidas en la casa desde la comodidad ficticia que nos otorga el privilegio de contemplar desde la grada anónima este circo en el que nos abren sus vidas en canal.  Asusta pensar que desde las redes se pueda destruir en pocos minutos, con un paso en falso o con una frase desafortunada desde un blog o un twit la reputación que lleva tantos años construir. Resulta descorazonador comprobar lo fácil que es demoler algo y lo difícil que es volver a construirlo. En cualquier caso, a punto de acabar este año totalmente de vacío sobre el concurso en esta casa, me gustaría aprovechar para pedir disculpas a todas las personas que haya podido ofender o molestar alguna vez.

    No he sido muy consciente, pero tengo la impresión de que todo lo que estoy escribiendo destila desilusión por los cuatro costados.  Me hubiese gustado que en vez de esta indiferencia terrible me saliese esa rabia y ese enfado marulo que me provocaba el concurso a veces cuando veía que descarrilaba e iba camino del abismo, porque ese sentimiento lo controlo mejor, me espabila y sé que después de la tormenta y de desahogarme vendría la calma y volvería a disfrutar y a centrarme como siempre en la vida de los habitantes de Guadalix cuando vuelvan, si es que vuelven que esa es otra.  Ahora lo único que sé es que todo me suena a un epílogo preñado de desencanto, y estoy contando la verdad.



Forastero marulo

jueves, 21 de septiembre de 2017

PANDEMÓNIUM GH 18 REVOLUTION

    
     Bueno, a estas horas debo confesar que apenas he visto nada de la gala de presentación del otro día ni podré seguir esta noche la primera gala después de una par de días de convivencia de los elegidos en la casa de Guadalix. Esa es la verdad. Podría decir que es porque no me entusiasma el tremendo pandemónium que nos tienen preparado en la edición en que nuestro concurso - ¿Es realmente nuestro a estas alturas? - cumple la mayoría de edad con su edición número dieciocho. También podría poner como excusa que el país está tan mal y hecho unos zorros que uno no está para según qué fantochadas nos quiera endilgar a las bravas telecirco. Pero la verdadera razón, sin quitar importancia a lo anterior, es que ando con muy poco tiempo e intento aprovechar los pocos días que he podido pillar de vacaciones en otros menesteres más lúdicos y productivos.  Resumiendo, que tengo en estos momentos otras prioridades y muy pocas ganas de ponerme al asunto ante el panorama tan poco atractivo que se nos presenta a priori.
    Aún por encima, como decimos los gallegos atentando gravemente contra la gramática, me encuentro a Jorge Javier Vázquez como maestro de ceremonias de semejante tinglado otro año más, con ese careto fundido en fondo negro de un escenario detrás del que espera un centenar de ansiosos aspirantes a ocupar una de las veinte plazas con derecho a concursar del GH Revolution de este año. Un rostro de apariencia inquisidora, y casi inquietante, como aquel del Gran Hermano que vigilaba de forma omnipresente y dictatorial a todos los habitantes Oceanía, el mundo terrible que Orwell describía en "1984", su famosa novela futurista y distópica. Una obra a la que nuestro concurso debe su título. En fin, un presentador con unas formas y un modo de actuar que augura la superación con creces de todos los despropósitos de la edición anterior. 

    Y sinceramente, me entra una pereza infinita pensando en empezar de nuevo con la sensación de que no podré soportarlo por demasiado tiempo. Ahora mismo no puedo ofrecer un análisis debidamente argumentado de esta desazón que me oprime ante el comienzo del programa; y para ser justos no tengo elementos de juicio suficientes porque no he visto, como dije, prácticamente nada del concurso ni de los concursantes.   Se trata de una simple intuición y poco más puedo decir. Por una vez en muchos años no puedo ofrecer, en la que debería ser la entrada de apertura de la edición, mis primeras impresiones cogidas a vuela pluma sobre los nuevos concursantes de este año como hago siempre.  Así que ya veremos si logro engancharme en cuanto mi vida personal vuelva a la normalidad y si el rechazo visceral que tengo hacia al presentador y sus formas no me lo impide de forma definitiva.

Forastero marulo