1.- Lo único necesario para el triunfo del mal es que los hombres buenos no hagan nada (Edmund Burke)

2.- Hay un límite a partir del cual la tolerancia deja de ser virtud (Edmund Burke)

viernes, 16 de diciembre de 2022

DE TRIPAS Y CORAZONES

   Últimamente, cada vez que entro en esta casa, y más ahora que empiezan las fiestas de Navidad, me sorprendo con la paz y el silencio que se respira entre estas cuatro paredes, como si todo lo que contiene estuviese suspendido en el tiempo formando parte de un sueño irreal dentro de un mundo paralelo del que tengo serias dudas que hubiese existido alguna vez. La tranquilidad del blog me recuerda al día siguiente de un fiestón montado en tu propio hogar, cuando por fin te sientas en el sofá relajado después de recoger, limpiar y ordenar todo para mirar despacio a tu alrededor con una pizca de nostalgia, y con la sensación de que detrás de cada puerta resuenan todavía los ecos de lo que se vivió en todos esos momentos de exaltación y pasión siguiendo las diferentes ediciones de Gran Hermano, con sus dosis de locura y acaloramiento, de serenidad y reflexión. El testimonio y el reflejo de todos esos días, que permanecen de alguna manera en su espíritu, comentando y debatiendo la evolución del programa entre risas, alegrías y frustraciones de acuerdo a nuestras preferencias y favoritismos, y en función de nuestro estado de ánimo. 

   También me recuerda a uno de esos juguetes “vintage” guardados primorosamente en un cajón, al que apetece regresar de vez en cuando para recuperar la sonrisa y revivir algo del entusiasmo que te aportaba en la infancia; y aunque ahora esté totalmente pasado de moda, fuera de tiempo y lugar, lo sigues viendo y valorando con mucho cariño y fidelidad.

    No sé, en cualquier caso resulta extraño pero gratificante a la vez la posibilidad perderse en sus tripas releyendo los comentarios de alguna entrada escrita hace ocho, nueve o diez años atrás; algo que me emociona y me conmueve al constatar lo apasionante que me parecía entonces acompañar el concurso como espectador privilegiado desde ésta y otras atalayas. Y lo más importante es que era algo que ocurría en comunión con un grupo de personas “virtuales”, y desconocidas al principio, que lo vivían con la misma pasión e implicación que tú, llegando a formar después de un tiempo una especie de familia paralela unida por fuertes vínculos de complicidad y afecto, muy semejantes a los que se forjan en la vida real.  Una sensación sorprendente, la verdad, teniendo en cuenta que se trata de un mundo virtual al que accedemos con la idea equivocada de que no afectará en absoluto a nuestra vida real, pensando que podremos prescindir de este universo cibernético en cualquier momento, cuando nos apetezca, y darnos de baja sin más.

   Aunque en los comienzos de la aventura bloguera padecía con cierta frecuencia remordimientos por lo que entendía como una pérdida de tiempo, debo reconocer que a día de hoy no me arrepiento de haber creado y administrado este espacio salvo por algún que otro detalle que ahora mismo y pasado el tiempo me parece secundario o poco relevante. Un pequeño rincón extraviado en el infinito e inagotable universo de internet que he intentado convertir en mi refugio, un lugar secreto al que retirarme esporádicamente sin ningún tipo de exigencias ni compromiso. Un espacio personal, sin fecha de caducidad, donde buscar el entretenimiento, la diversión y también el desahogo de la reflexión sobre algo aparentemente tan superficial como un concurso de televisión, aunque parezca contradictorio. Un territorio para reconciliarme conmigo mismo huyendo como alma que lleva el diablo de la selva agresiva e insufrible en que se han convertido las redes sociales, y que con el tiempo he intentado diversificar en cuanto a temáticas y asuntos tratados. En cualquier caso, una aventura que no tenía sentido ninguno sin compartirla. Y eso es lo mejor sin duda de esta experiencia: las personas que me acompañaron.

   A veces imagino que sufro de un proceso amnésico, o que simplemente desaparezco por ley de vida y estas Crónicas, sin embargo, seguirán suspendidas en una especie de limbo o estado de hibernación durante muchos años dentro de este universo de red de redes; y en el futuro, alguien que a lo mejor no ha nacido todavía, un nieto nuestro quizás, llegará hasta este lugar por casualidad navegando por las catacumbas de internet interesándose por lo que aquí se encuentre, como quien descubre un diario olvidado en un viejo arcón que no se había abierto en décadas, y buceando con curiosidad leerá los comentarios de las entradas publicadas preguntándose quiénes eran las personas con esos nicks, o alias, tan llamativos y curiosos que dieron vida a este lugar de forma tan vehemente con sus opiniones y debates sobre un programa tan antiguo que le sonará tan sólo vagamente por escucharlo alguna vez en boca de sus abuelos. Probablemente ahora mismo habrá miles de blogs vagando sin rumbo como planetas errantes por este mundo etéreo, olvidados o abandonados, que esconden con toda seguridad muchos tesoros para quien se atreva a buscarlos y disfrutarlos.

   Para ir terminando esta soflama nostálgica en la que me he enredado, tengo que confesar que no es más que una excusa para tener la oportunidad de desear unas felices fiestas a todos los que se acercan por el blog; y especialmente a todas las que habéis contribuido y colaborado en algún momento para que estas crónicas se convirtiesen en lo que fueron.  Un lugar en el que yo intenté poner siempre las tripas y vosotras el corazón para que tuviese alma y vida.

Gracias infinitas y un fuerte abrazo allá donde estéis.

Forastero, vuestro marulo

viernes, 11 de febrero de 2022

LA HIJA DE MARLENE

 ADVERTENCIA PREVIA: Esta historia relacionada con GH es pura ficción y no tiene nada que ver con la realidad; algo que no impide que una parte o todo de lo que aquí se cuenta haya podido ocurrir en el pasado o pueda suceder en el futuro.
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   El día que Lili, o Marlene la Diva, apelativo como también era conocida, se encaprichó de Ricardo, supuso una enorme sorpresa para él.  No lo entendía pero ante un regalo semejante, a sus dieciocho años y medio, fue imposible resistirse cuando una de las tías más guapas y atractivas del instituto, a la que todos deseaban, se había fijado en él sin saber muy bien cómo ni porqué. En aquel momento estaba libre desde que se había dejado con su último ligue unos días atrás, así que no se hizo preguntas y aprovechó la oportunidad para lanzarse a la piscina con la idea, no premeditada, de que aquella aventura durase lo máximo posible. Por aquel entonces él vivía todo con gran intensidad y los acontecimientos ocurrían a una velocidad vertiginosa y apasionante; hasta el punto de que las horas parecían días, los días semanas y las semanas meses. 
   Es verdad que sintió un poco de vértigo y un nudo en el estómago cuando se decidió a sacarla a bailar por primera vez, un atrevimiento que surgió casi como una apuesta con sus amigos, pero sobre todo lo hizo porque estaba convencido de que jugaba sobre seguro, fiándose de las miradas cómplices que Lili le dedicaba desde hacía algún tiempo flirteando descaradamente con él cuando se cruzaban por los pasillos del instituto, o en los bares y la discoteca que la mayoría frecuentaban los viernes por la tarde y los fines de semana. Unas miradas claramente insinuantes que le incitaban y apremiaban a que tomase la iniciativa ya de una vez para acercarse y parecían decirle: “¿A qué esperas chaval?”.  Al principio, sobre todo por inseguridad, no sabía muy bien cómo interpretarlas porque no acababa de creérselo pensando que se trataba de un puro vacile tan típico de la Diva.  Al final no se lo pensó dos veces, y una tarde de sábado le salió bien la jugada cuando se fue a por Marlene con valentía y decisión en la discoteca Olimpo. Ella respondió afirmativamente a su propuesta de baile con aquella sonrisa felina y encantadora capaz de lograr que todo a su alrededor desapareciese convirtiéndose por arte de magia en el centro del mundo. 

   Con lo que no contaba, ni en sus mejores sueños, es que todo resultase tan fácil. La Diva le cruzó sus brazos alrededor del cuello, arrimó con delicadeza su mejilla ardiente a la suya y todo encajó como un mecanismo de precisión. Durante toda la tarde ya no se separaron ni dejaron de bailar agarrados una canción tras otra. De una forma natural, cuando llevaban bailando varias canciones y apenas comenzó a sonar la versión en español de “Sereno é” de Druppi, un tema perfecto para la ocasión, ella se estrechó un poco más contra su cuerpo, levantó levemente su rostro para mirarle con aquellos ojos más claros todavía gracias a los haces de luz envolventes de la bola giratoria del techo y se besaron con ansia adolescente bajo el son melódico y empalagoso de aquella balada italiana que tanto les gustaba. Su lengua húmeda y eléctrica derrumbó cualquier asomo de duda y vacilación transmitiendo a través de su boca un relámpago de calidez y de deseo desbocado que lo inundó por completo hasta dejarlo sin aliento y estremecido. Estaba atrapado, a la deriva, en el paraíso que ella le ofrecía y obediente se dejó llevar hasta que el tiempo se difuminó entre sus brazos al ritmo de la música. Una sensación evanescente y embriagadora, casi de irrealidad y ensueño, que le embargó todo el tiempo estuvieron juntos en los dos meses siguientes.
  Ricardo no era imbécil ni tenía vocación de pagafantas, y sabía que una relación como aquella tenía fecha de caducidad, porque ella tenía fama de chica voluble, caprichosa e inestable con unas movidas personales y escolares tremendas que solía utilizar a sus parejas como juguetes a su antojo. La Diva despertaba pasiones y odios encontrados, y estar con ella significaba entrar en un avispero con todas las papeletas de acabar mal que podría tener consecuencias inesperadas para una vida como la suya relativamente apacible hasta aquel momento, tanto en el asunto amoroso como social. Era muy consciente de que ella, más pronto que tarde le daría puerta como así lo hizo, al final, liándose con otro a sus espaldas; un tipo fornido, de ojos azules y guapito de cara que era relativamente popular en determinados círculos del barrio por ser el campeón de lucha libre en categoría juvenil a nivel provincial . Pero esos temores nunca lo desanimaron y durante aquellos dos meses escasos que duró la relación con ella, se entregó a tumba abierta como si no hubiera un mañana dejándose llevar por una sucesión de fuegos artificiales como decorado de un vaivén vertiginosos de risas, besos y emociones. Y también de lágrimas, muchas lágrimas. Los días que salían juntos Lili solía llegar eufórica a las citas, la ciudad se les quedaba pequeña y vivían con la sensación de comerse el mundo a través de caminos que sólo ellos habían transitado. Algunas veces ella venía con un “bajón” anímico y triste sin motivo aparente, y afloraba entonces la Marlene contradictoria, compleja e inexplicable que llevaba dentro consiguiendo asustarlo hasta la preocupación. En esas ocasiones ella no quería ver a nadie más, y se pasaban toda la tarde los dos solos en el parque central, sentados y abrazados en un banco medio apartado entre los pinos y con vistas privilegiadas al mar, o se refugiaban en un rincón discreto de la playa Azul, su favorita, tumbados en la arena ocultos tras las rocas, mientras ella desahogaba todos sus miedos y frustraciones acurrucada entre sus brazos y alejados del mundo.

   Richi, hipocorístico cariñoso con el que Lili lo bautizó desde el primer beso y que él aceptó a regañadientes, tenía la sensación de manejar los hilos de una situación imprevisible desde una posición contradictoria de poder y al mismo tiempo de fragilidad, como si tuviese entre sus manos un cristal valioso y extraordinario pero muy delicado que pudiera romperse en mil pedazos al menor contratiempo. Descubrió que no le disgustaba semejante responsabilidad, a pesar de la inexperiencia y de su juventud a la hora entender la complejidad del alma de una mujer herida y tan complicada como Marlene. Él simplemente procuraba escucharla en su desconsuelo mientras acariciaba su maravillosa melena rubia intentando secar sus lágrimas con besos dulces y entre arrumacos hasta que ella se calmaba, lo que ocurría normalmente al anochecer cuando el sol se ponía en el horizonte fundiéndose lentamente sobre el mar. Al final, ya de regreso, la acompañaba hasta la puerta de su casa al otro lado de la ciudad, y se despedía siempre de él dándole las gracias con un beso largo, cálido y efusivo después de repetirle varias veces lo importante que era para ella.
   Aunque pueda sonar poco edificante, el descubrimiento de la traición de Marlene supuso en el fondo una liberación para Ricardo, porque en su fuero interno sabía desde el principio que debía apartarse cuanto antes de ella. Es cierto que a la hora de la verdad no se planteó en ningún momento renunciar a la relación, e incluso después de pasar el mal trago del engaño público y notorio que sufrió, cuando lo abandonó por otro, jamás se arrepintió de esos dos meses que salieron juntos embarcados en una carrera alocada de pura fantasía y emociones encontradas siquiendo siempre el ritmo que ella le marcaba. Una ruleta absorbente y adictiva a pesar de los momentos complicados que vivieron a causa de la personalidad de Lili cuando su fachada externa de Diva se desmoronaba mostrando su vulnerabilidad y sus costuras. 

   De alguna manera, curiosamente, aquella relación en vez de acarrearle descrédito provocó la admiración y la envidia más o menos sana de amigos y conocidos; además de algunas otras consecuencias inesperadas mucho más interesantes para Ricardo, aunque eso lo supo más tarde, como fue el hecho de despertar la curiosidad de las chicas del instituto y del barrio, en algunos casos morbosa, logrando que muchas de ellas se fijasen en él con renovado y creciente interés gracias, en parte, a la enorme popularidad que ganó al convertirse en el novio oficial de Lili durante aquellas inolvidables ocho semanas; un período de tiempo que en esa etapa de la vida constituye una eternidad. En resumen, considerado desde un punto de vista cínico todo parecían ventajas gracias, supestamente, a una experiencia amorosa cojonuda que le aportaba fama y prestigio, y que lo catapultó a otro nivel ante los demás tanto para lo bueno como para lo malo. La realidad, sin embargo, es que a Ricardo todo eso le importaba muy poco y de lo único que se enorgullecía de verdad era de no haber abandonado jamás a Marlene en sus momentos difíciles mientras estuvo con ella. Momentos y recuerdos de su noviazgo fugaz y tan intenso con Lili que se guardaría celosamente para siempre como un tesoro de gran valor.

   Además, ella era una chica preciosa, pasional y nada mojigata, y para qué engañarnos, a nadie le amarga un dulce. Teniendo en cuenta su carácter enamoradizo, y también intuitivo, de una manera un tanto inconsciente pero firme a pesar de su inmadurez, Ricardo sabía que no era una opción enamorarse de alguien como la Diva, - una “femme fatale” de libro en potencia –, porque estaba seguro de que saldría inevitablemente escaldado y tocado si no utilizaba una coraza preventiva. Ya le había ocurrido en alguna otra ocasión con otras, aunque en menor medida, y fue suficiente. Era demasiado joven, pero muy consciente de que era del tipo de hombres que en sus relaciones, a la hora de la verdad, los sentimientos priman sobre la testosterona. Era algo que tenía muy claro y sabía que salir con ella significaba vivir cada día subido a una montaña rusa de emociones y jugando siempre al borde del precipicio, con la adrenalina a tope y la incertidumbre como norma; algo que le ayudó a disfrutar al máximo de la relación con Marlene pero con el freno constantemente puesto e intentando no cruzar determinados límites a nivel emocional. O eso se creía, porque nadie manda en su propio corazón.

   Mucho después, obsesionado con ella, llegó a pensar que la Marlene más lúcida, escondida detrás de una máscara de frivolidad, sabía perfectamente que él nunca se había entregado del todo, y que por eso lo dejó. Ya de adulto, cada vez que se encontraba con una paciente de un perfil parecido al suyo en la consulta de la clínica siempre se acordaba de ella. No recuerda exactamente cuando se dio cuenta, años después, de que Lili en realidad era bipolar, porque en aquellos años ese diagnóstico no existía y los adolescentes, todos, en mayor o menor medida compartían rasgos parecidos de personalidad que se confundían con la rebeldía y la desmesura propios de ese momento tan difícil y al mismo tiempo fascinante en la vida de las personas. También se acordaba en esos momentos de que muy pocas veces se había sentido tan vivo como en los dos meses escasos en que salió con ella.

  Después de romper con él volvió a encontrase con ella el día en que, sentada al lado de nueva pareja, coincidió  justo la fila de atrás de butacas del auditorio donde se celebraba el festival de fin de curso. Ricardo y Lili se saludaron apenas con un leve movimiento de cabeza.  Ella dibujó una sonrisa tan natural que le pareció algo forzada y de circunstancias, mientras que el tipo que la acompañaba le dedicó una mirada retadora que reflejaba agresividad contenida y en la que revoloteaba el fantasma de unos celos mal disimulados. Con sorpresa, y algo decepcionado consigo mismo, se quedó bastante confundido por la incapacidad de sentir nada al verla con otro salvo una gran sensación de alivio; una reacción contradictoria que parecía anular cualquier sentimiento de duelo y de rabia con la convicción resignada de que ése era el único destino posible para una relación con alguien como Marlene. Sin tiempo para reflexionar adoptó sin demasiado esfuerzo una postura de calculada indiferencia con la intención de superar una situación tan embarazosa; y con el único pensamiento de pasar página lo antes posible valorando con cinismo el peso que acababa de sacarse de encima. Aquella misma noche, incapaz de conciliar el sueño pensando en ella, comprendió que tanta frialdad por su parte no había sido más que un mecanismo de defensa.  Él había acudido al acto de fin de curso arropado por su pandilla, y algunas de sus amigas le avisaron a codazos de la presencia de Lili en cuanto llegaron a sus butacas.  Curiosamente, durante aquellas dos horas y media que duró el evento, estuvo más divertido y sembrado que nunca con su grupo de amigos del instituto, sobre todo con las chicas, que reían y aplaudían cada una de sus ocurrencias dentro del jolgorio general que se montó dentro del salón de actos a lo largo de toda la ceremonia y las diversas actuaciones.

   Marlene, sin embargo, acostumbrada a ser la Diva y la reina de las fiestas, permaneció en silencio cogida de la mano de su acompañante todo lo que duró el evento. Por el rabillo del ojo, disimuladamente, Ricardo y sus amigos observaron que el tipo a su lado se había pasado todo el rato enfurruñado e incómodo, intentando buscar su mirada con hostilidad y rencor indisimulado para hacerle saber que Lili le pertenecía sin despegarse de ella.  Por lo que supo más tarde, gracias a un colega que lo conocía indirectamente, el chaval había dejado el bachillerato al terminar la EGB y estaba estudiando una formación profesional de mecánica de automóviles en otro centro a las afueras de la ciudad, así que no conocía prácticamente a nadie y parecía sentirse como pez fuera del agua en medio del acto. Ella, incómoda y desubicada, no sabía hacia donde mirar. Acabaron por marcharse un cuarto de hora antes de que acabase la ceremonia con el tipo arrastrándola de la mano con fuerza y cara de pocos amigos. Aquellos cuernos, paradójicamente, se convirtieron en un extraño triunfo para Richi, el apelativo que le había puesto Marlene para descojone y burla de sus colegas. Un peaje que él soportaba estoico y resignado siguiéndoles la corriente hasta que acabaron por aburrirse y lo dejaron en paz.

   Todos estos recuerdos enterrados en su memoria, que formaban parte de la pequeña intrahistoria emocional pero fundamental para explicar el hombre en que se había convertido, emergieron de golpe como una manada de caballos salvajes cuando se abrió de nuevo la puerta de Gran Hermano y una chica, idéntica a Lili, entró en la casa para participar en el concurso de aquella edición del programa que fue tan controvertida. Estaba tan sorprendido que no se lo podía creer, pero tampoco le extrañó. La concursante veinteañera, guapísima y espléndida, aunque era más alta y delgada que Marlene, tenía su misma sonrisa, idénticas maneras y mucha desenvoltura.  El corazón de Ricardo latía sin control, totalmente absorto y paralizado en el sofá delante del televisor cuando ella dijo en el vídeo de presentación de entrada al programa que vivía en su misma ciudad, y presentó a continuación ante la audiencia a la persona que consideraba más importante e influyente en su vida, la que era su mejor confidente y amiga, y con la que confesó sentirse totalmente identificada: su madre.  Y allí apareció Marlene, paseando con su hija, las dos en bikini, por la playa Azul, una de las más emblemáticas y conocidas de la ciudad, mientras hablaban de sus sueños y de su magnífica relación con gran complicidad. Al final del vídeo, Lili prometía a "España" que iba a defender con uñas y dientes a su retoña, una auténtica luchadora según ella, en las galas del programa cada semana mientras durase su concurso.

   A sus cuarenta y bastantes años seguía estando tan atractiva como siempre, presumiendo de un tipo espectacular que no desmerecía en absoluto al de su hija, un auténtico bombón, a pesar de la diferencia de edad. Cuando la enfocaron de cerca, y habló a la cámara, Ricardo advirtió sin embargo que su mirada había cambiado, como si todos los años que habían pasado desde el instituto hubiesen dejado un poso de melancolía y pesadumbre que ensombrecía la fuerza telúrica y magnética que transmitía el brillo de sus ojos. Era la mirada de una superviviente en busca de su última oportunidad, gracias a su hija, para engancharse al destino que siempre buscó desde que era adolescente: La fama.  Un destino a la altura de la Diva adolescente que fue. Él, conmovido y fascinado, tuvo el presentimiento, fruto de su atávica y engorrosa intuición, de que aquello podría significar el estoque final para Marlene, un clavo ardiendo al que aferrarse, una estación más dentro de la vorágine de una vida sin rumbo a ninguna parte.

   Ricardo no pudo evitar una punzada de nostalgia al verla de nuevo, y sintió la necesidad de tirarse otra vez a la piscina, aunque desde otra perspectiva, como le había ocurrido cuando salió con ella a los dieciocho años. No tuvo ninguna duda de que harían juntos este otro viaje, él como espectador entregado a la causa y Marlene como madre de la concursante. Con la salvedad, claro, de que ella no sabría que Richi estaría otra vez ahí, a su lado, todo lo que durase la aventura televisiva. Lo mismo que supo desde el primer momento que defendería a capa y espada el concurso de la hija, aunque su madre cayese en las peligrosas trampas que siempre acechan a los familiares de los concursantes en el lodazal traicionero en que se convierte la convivencia dentro de Gran Hermano, donde acostumbran a mostrar sus peores costuras comentando el concurso.  Estaba seguro de que su participación desde el plató defendiendo a su hija durante las galas sería controvertida y polémica.

   Tampoco pudo evitar el recuerdo de las revelaciones desgarradoras de su alocada vida, las confesiones de un alma rota que salían a borbotones en aquellas tardes interminables de bajón y desconsuelo en que Richi se convertía en su paño de lágrimas. Algo que jamás había contado a nadie guardando para siempre sus secretos a pesar de lo mucho que intentaron tirarle de la lengua sus amigos y conocidos.  Por su profesión y gracias a su ojo clínico, sabía que sólo se conoce a alguien de verdad en la adolescencia, cuando estamos desprovistos de todos los barnices y contrapesos que nos proporciona la vida ocultando y desvirtuando debajo de sus sucesivas capas la persona que realmente somos. Y a veces, un solo mes de nuestra vida, a los dieciocho años, es suficiente para saber más de alguien que durante varios años en su madurez. Siempre sospechó que para Marlene, en gran medida, estar con él formaba parte de algún tipo de terapia, un lapsus balsámico de realidad y normalidad que Ricardo le ofrecía dentro de la vorágine intensa y suicida de su existencia.  Era también consciente de que sus prejuicios hacia ella, a causa de un historial amoroso tan abultado y convulso según las malas lenguas, tampoco auguraban algo diferente y pensaba que el mismo hecho de que se hubiese fijado en alguien como él parecía una especie de venganza o un ajuste de cuentas no se sabe muy bien contra qué ni contra quién. Pero eso ya era historia. Una historia de la que jamás renegó a pesar de su accidentado final.
   Ricardo comprendió en ese mismo momento que defendería a su hija por todos aquellos besos y abrazos apasionados que se habían regalado sin medida a todas horas mientras fueron novios; y por su entrega apasionada y sin condiciones cuando hacían el amor en el aparcamiento de la playa dentro de un viejo renault cinco amarillo que le había prestado su mejor amigo en un par de ocasiones y presumiendo de su flamante carnet de conducir recién sacado.  Unos besos que siempre estuvieron ahí escondidos, en su subconsciente, como fantasmas interiores que aparecían de improviso cuando menos se lo esperaba para condicionar y examinar su vida afectiva y amorosa a lo largo de los años. También la defendería por su traición salvadora, de la que logró que salir indemne a pesar de que pareciese que ocurriría todo lo contrario. Pero sobre todo, lo haría por aquella mirada que Lili le regaló a hurtadillas la última vez que se vieron mientras abandonaba el salón de actos arrastrada casi a la fuerza de la mano de otro. Una mirada que pretendía ser cínica y distante pero que sólo translucía, - siempre estuvo seguro de eso -, arrepentimiento por su engaño y la constatación de que no era más que una prisionera de su propia naturaleza. Una mirada con el fulgor triste de una despedida incapaz de ocultar que ella tampoco se olvidaría jamás de sus besos. Una confesión sin palabras, producto de un acto de fe, que Ricardo asumió siempre convencido.

   Y después vino la locura durante el mes escaso en que su hija resistió dentro del programa hasta que fue expulsada con un enorme porcentaje de votos, convertida en una de las “brujas” y malas oficiales de la historia del concurso. Ricardo aguantó al pie del cañón, como se había prometido a si mismo, participando en todas las redes sociales posibles y capitaneando una plataforma de apoyo a la hija de Lili que llegó a sumar muchos seguidores aunque a la postre fueron insuficientes para salvarla. La chica, con los mismos defectos y virtudes de su madre, la Diva, terminó por cavar su propia tumba gracias a su concurso errático y a estar en el centro de la mayoría de las polémicas que se produjeron en el programa.  Unos días después de la expulsión de su hija, cuando todo parecía algo más calmado entró en la cuenta de twiter de Marlene y le dejó un mensaje encabezado con un enlace a la canción “Sereno es, de Druppi” en youtube. 
- “Hola Lili, soy el administrador de la plataforma de apoyo a tu hija. Recuerda que Richi continúa todavía en nuestro rincón de la playa Azul para cuando lo necesites. Un beso, Marlene”.

   Él sabía que al utilizar los sobrenombres de entonces - RichiMarlene - para dirigirse a ella y recordar su playa favorita, la remitiría de inmediato a la adolescencia. Pocos minutos después recibió la respuesta:

- “Gracias por todo Ricardo. Tenía el pálpito de que eras tú y aprovecho para darte las gracias por el apoyo incondicional y confesarte desde aquí que siempre te he llevado en un rinconcito de mi corazón. Un beso gigante”.

   Ésa era Marlene, su Diva de entonces. La mujer impulsiva, generosa y sin filtros a quien no le importaban las consecuencias de sus palabras en una red social ni el terremoto que provocarían ante sus cientos de seguidores. Unas palabras que fueron el preludio de lo que vino después…
 
HISTORIA MARULA DE GH Nº8

Forastero y marulo