Por unos momentos se sintió desnudo, hasta que asumió resignado la situación y comprendió al fin, como si fuese un valioso descubrimiento, que después de tanto tiempo absorto de todo no tenía excusa alguna para dejar de mirar con atención a un mundo que bullía efervescente y autónomo a su alrededor. Al principio no se dio cuenta de que había algo extraño en el ambiente, de que nada era igual a cómo lo recordaba cuando no existían las dichosas pantallas, y las personas se movían, generalmente, más pendientes de los demás aunque no lo pareciese, entre las miradas atrevidas y directas de algunos, y las miradas huidizas o disimuladas de la mayoría. Los de la capital tenían más experiencia en el juego, y parecían ensimismados gracias a una sofisticación calculada en su aparente indiferencia ante las miles de cosas que sucedían dentro de aquel inmenso cosmos que se desplegaba a diario ante su mirada: personajes extravagantes y estrafalarios que pululaban por todas partes, conversaciones de lo más variopinto en todos los idiomas imaginables y en los múltiples acentos del país, innumerables pedigüeños demandando ayuda con carteles escritos a propósito con ortografía imposible, multitud de artistas y titiriteros de todos los pelajes apostados en los recodos de las calles del centro o en el transporte público y, en fin, ese bullicio constante y vital que inundaba todo y golpeaba los sentidos sin descanso. Una corte de los milagros inagotable a la que se atendía aunque fuese de soslayo, desde la frialdad y el distanciamiento aprendido por la vivencia cotidiana, o con el entusiasmo y la sorpresa constante de los neófitos recién llegados; pero todos ellos siempre presentes, de una forma u otra, sin nada externo ni tecnológico que los apartase de lo esencial.
Gracias a ese lamentable olvido, y sin la posibilidad de que su preciado móvil lo abdujese de la realidad circundante, aquel día recobró de nuevo la felicidad de pasear con libertad entre la multitud, y la oportunidad de volver a observar con gozo la ciudad y sus gentes, como en aquellos días lejanos de su adolescencia y primera juventud en que se perdía deambulando sin rumbo fijo entre calles atestadas y vibrantes con el asombro encaramado a sus ojos y el corazón en un puño. Todo ese cúmulo de pensamientos y emociones encontradas resurgió de repente otra vez, como si sufriese una regresión, cuando se sintió desvalido sin la muleta dopante y arropadora de su smartphone de última generación del que vivía siempre pendiente y donde solía aislarse de todo. Otro tiempo de un joven desconocido, algo ingenuo y lleno de curiosidad infinita, que intentaba digerir todo aquello que le fascinaba de la gran ciudad y del mundo desde la perspectiva pacata, siempre ávida y algo estrecha de su mirada provinciana. Una época en que no era más que un proyecto a medio hacer entre la libertad más absoluta sin ataduras y el ansia y la necesidad de encontrar su camino en la vida. Un momento donde el futuro parecía un interrogante inabarcable y cada rostro, cada gesto y cada sonrisa se convertía en un desafío o un misterio por descubrir.
Tropezaron entre ellos sin querer, en medio de aquella calle céntrica intentando sortear al mismo tiempo los ríos de gente ensimismada en sus pantallas y caminando como autómatas. Él se excusó con amabilidad por su despiste mientras la sujetaba con firmeza por el brazo para evitar que se cayese al suelo por culpa del encontronazo fortuito. Ella respondió que no tenía importancia, excusándose también por su torpeza. Su voz era cálida y acogedora como una promesa de mil conversaciones que invitan a cruzar el umbral y perderse en su compañía. Se quedaron quietos unos pocos segundos en medio de la calle, mirándose a los ojos mientras se encogían de hombros a la vez y sonreían con una complicidad que él no recordaba haber sentido desde hacía mucho tiempo. Sus miradas limpias estaban llenas de curiosidad mutua y despreocupación. Una interrogación silenciosa y universal actuaba de lazo invisible entre los dos en busca de una respuesta que no era necesaria porque se comprendían sin hablar, como si ya se conocieran de siempre. Un hombre y una mujer que se miran con intención por primera vez desde el anonimato, rodeados de gente despersonalizada, y se reconocen en la magia de un pensamiento compartido.
Ya no se acordaba de su móvil, y casi agradeció no tenerlo consigo en esos momentos. Después de preguntarle a la mujer si se encontraba bien, o si se había hecho daño con el golpe, a lo que ella respondió que estaba perfectamente, él se presentó y propuso invitarla a tomar un café si disponía de unos minutos como reparación de un contratiempo del que se sentía culpable. No se sorprendió por ese impulso espontáneo y se sintió extrañamente cómodo y seguro de la decisión que acababa de tomar. Eran exactamente las seis de la tarde, ya había anochecido y en ese preciso momento se encendieron de golpe las luces de Navidad que adornaban las calles de la ciudad entre el bullicio incesante que crecía a su alrededor. Los dos miraron hacia arriba sorprendidos por el estallido de luz y de colores que parecía rodearlos y acogerlos con una exclusiva intensidad. A continuación volvieron a mirarse con calma y un reflejo luminoso brillando en sus ojos. Ella volvió a sonreír ante su mirada tranquila y expectante que esperaba una respuesta.
La mujer también se presentó, y dijo que sí, claro, porque no, aceptando la invitación. El le devolvió la sonrisa mientras pensaba que la vida es un azar caprichoso e inesperado que nos elige como protagonistas en cualquier momento y a cualquier edad.
Forastero marulo