1.- Lo único necesario para el triunfo del mal es que los hombres buenos no hagan nada (Edmund Burke)

2.- Hay un límite a partir del cual la tolerancia deja de ser virtud (Edmund Burke)

3.- Es más fácil vivir con el odio que perdonar (Montse, GH 17)

jueves, 21 de septiembre de 2017

PANDEMÓNIUM GH 18 REVOLUTION

    
     Bueno, a estas horas debo confesar que apenas he visto nada de la gala de presentación del otro día ni podré seguir está noche la primera gala después de una par de días de convivencia de los elegidos en la casa de Guadalix. Esa es la verdad. Podría decir que es porque no me entusiasma el tremendo pandemónium que nos tienen preparado en la edición en que nuestro concurso - ¿Es realmente nuestro a estas alturas? - cumple la mayoría de edad con su edición número dieciocho. También podría poner como excusa que el país está tan mal y hecho unos zorros que uno no está para según qué fantochadas nos quiera endilgar a las bravas telecirco. Pero la verdadera razón, sin quitar importancia a lo anterior, es que ando con muy poco tiempo e intento aprovechar los pocos días que he podido pillar de vacaciones en otros menesteres más lúdicos y productivos.  Resumiendo, que tengo en estos momentos otras prioridades y muy pocas ganas de ponerme al asunto ante el panorama tan poco atractivo que se nos presenta a priori.
    Aún por encima, como decimos los gallegos atentando gravemente contra la gramática, me encuentro a Jorge Javier Vázquez como maestro de ceremonias de semejante tinglado otro año más, con ese careto fundido en fondo negro de un escenario detrás del que espera un centenar de ansiosos aspirantes a ocupar una de las veinte plazas con derecho a concursar del GH Revolution de este año. Un rostro de apariencia inquisidora, y casi inquietante, como aquel del Gran Hermano que vigilaba de forma omnipresente y dictatorial a todos los habitantes Oceanía, el mundo terrible que Orwell describía en "1984", su famosa novela futurista y distópica. Una obra a la que nuestro concurso debe su título. En fin, un presentador con unas formas y un modo de actuar que augura la superación con creces de todos los despropósitos de la edición anterior. 

    Y sinceramente, me entra una pereza infinita pensando en empezar de nuevo con la sensación de que no podré soportarlo por demasiado tiempo. Ahora mismo no puedo ofrecer un análisis debidamente argumentado de esta desazón que me oprime ante el comienzo del programa; y para ser justos no tengo elementos de juicio suficientes porque no he visto, como dije, prácticamente nada del concurso ni de los concursantes.   Se trata de una simple intuición y poco más puedo decir. Por una vez en muchos años no puedo ofrecer, en la que debería ser la entrada de apertura de la edición, mis primeras impresiones cogidas a vuela pluma sobre los nuevos concursantes de este año como hago siempre.  Así que ya veremos si logro engancharme en cuanto mi vida personal vuelva a la normalidad y si el rechazo visceral que tengo hacia al presentador y sus formas no me lo impide de forma definitiva.

Forastero marulo

sábado, 31 de diciembre de 2016

GH 17 DELUXE Y LA PRINCESA LEIA

    Una vez terminado el concurso, pensando uno de estos días en nosotros y en cómo transcurrió esta extraña y convulsa edición que hemos vivido y comentado con el gesto retorcido, como quién tiene que tragarse un órdago salvamizado a lo grande para comprobar nuestro aguante y la fidelidad inquebrantable que profesamos al formato, imaginé por un momento que me encontraba dentro del confesionario de una casa ya vacía donde reinaba el silencio y ni siquiera quedaban los ecos lejanos del ruido insoportable que se adueñó de sus paredes para torturarnos con saña durante más de tres meses.  Era de noche y sentado en ese sofá de color aguamarina, por donde antes pasaron todos los concursantes de GH 17, intentaba reflexionar rumiando mi desconcierto en la soledad de la penumbra desoladora que me rodeaba mientras buscaba respuestas a todas las preguntas que me había planteado, y pospuesto, desde el día en que empezó la edición a comienzos de septiembre y Mercedes Milá, con lágrimas en los ojos y un ramo de flores en sus manos, dejó el testigo del programa al nuevo presentador. Hacía un par de horas que los operarios se habían marchado tras apurar los cambios y las transformaciones necesarias para recibir con el decorado renovado a los futuros concursantes del próximo GH VIP dentro de poco más de una semana.  Y confuso, igual que el año pasado en estas mismas circunstancias, sentía aquello como una ocupación casi sacrílega que de alguna manera ha mancillado y contaminado, con sus influencias y sinergias indeseables, nuestro GH de siempre estos últimos años. 

    Sé que este GH de los famosetes de medio pelo que se avecina, repleto de personajes en horas bajas y alejados de los laureles de la fama buscando desesperadamente recobrar la gloria perdida, o simplemente ajustar cuentas con ellos mismos y con el mundo superficial y cainita en el que viven instalados, constituye todo un acontecimiento mediático dentro de la línea programática de la cadena. Además, una gran parte de la audiencia espera su emisión como agua de mayo mientras ellos van desvelando a cuentagotas qué supuestas celebridades van a concursar en esta edición.  Para muchos espectadores será, incluso, una forma de resarcirse de la decepción que les supuso GH 17, algo que a mí particularmente no me afecta porque sólo sigo el formato original y reniego de todos los sucedáneos aunque intenten vendérmelos muy atractivos y envueltos con lacitos dorados.  Sin embargo lo que verdaderamente me molesta y me subleva es la nefasta influencia, por ósmosis o lo que sea, que tienen todos estos subproductos en nuestro concurso, aunque entiendo perfectamente que muchos espectadores disfruten y se diviertan con ellos por encima incluso del Gran hermano de siempre. 
   En realidad tenía la intención de hacer un análisis exhaustivo a modo de epílogo final, que se va a quedar a medias, sobre las causas que nos han llevado hasta este punto de indignación y hartazgo con el programa, sobre todo porque durante las veintinueve entradas que contando con ésta le he dedicado a la edición en el blog, unas dos semanales como acostumbro, y conociéndome, me he mordido la lengua más que nunca y he hecho enormes esfuerzos para dedicar la mayoría del tiempo a hablar solamente de los concursantes evitando la vena crítica que me asalta todos los años y que a menudo me hace perder la perspectiva de lo que realmente me interesa: el concurso en sí y lo que pasa en la casa.   

   Nos lo han puesto muy difícil, en primer lugar con la decisión de elegir como presentador a Jorge Javier Vázquez, el estandarte omnipresente en todos los subproductos televisivos tipo “sálvames” marca de la casa.  Como no pretendo incidir demasiado en el rechazo prácticamente absoluto que me produce su forma de actuar dirigiendo el programa, uno de los lastres fundamentales de la edición por el mensaje claro que nos ha querido transmitir la cadena sobre cuál es su idea de lo que pretende que sea a partir de ahora el concurso con su presencia al mando de las galas, sólo apuntar que a los pocos días de comenzar GH 17 ya estaba echando de menos incluso a la peor Milá, aquella presentadora desmotivada, errática y parcial de las últimas ediciones. Jorge Javier se pensó que esto era pan comido teniendo en cuenta su expediente previo de domador de fieras televisivas, y no acabó de entender, hasta que fue demasiado tarde, que la audiencia del GH original es mucho más rica y diversa que en los otros programas que presentaba y muchísimos de nosotros no estamos dispuestos a comulgar con ruedas de molino sin más a costa de lo que sea y de forma acrítica.

    Aunque no es algo de ahora, porque viene de lejos, otro de los aspectos que ha superado este año todos los límites imaginables de nuestra paciencia ha sido la descarada y falsa doble moral que han intentando vendernos como si fuéramos unos recién llegados a este negocio.  He sido muy crítico con las formas y la deriva bronca de esta edición por obra y gracia de varios concursantes que han entendido que los gritos, los insultos y la agresividad manifiesta eran la mejor manera de avanzar en el concurso y de ganarse a la audiencia, la forma natural de superar el miedo cerval a ser calificados como "muebles" a descartar si no daban guerra, en el peor sentido de la palabra, desde el primer minuto. Unas conductas, en muchos casos sobreactuadas y premeditadas, que eran  premiadas de forma contradictoria por la audiencia para desesperación de algunos concursantes, y para muchos de nosotros como espectadores. 

    Como hemos dicho en varias ocasiones a lo largo de estos meses la editorial y el guión del programa han tenido una gran responsabilidad en esta situación, sino la que más, porque han alimentado a conciencia el conflicto de forma artificial azuzando el enfrentamiento entre los concursantes por todos los medios posibles (club, contraclub, alegatos, contralegatos, micrófonos abiertos para escuchar las reacciones del público en el plató, las cajas salvavidas, las tres putas llamadas de diferencia, los cambios de criterio en los juegos etc.) con la evidente intención de subir los niveles pobres de audiencia que se estaban cosechando este año. Después, cuando los límites de la convivencia reventaban hechos pedazos y se llegaba a niveles de enemistad y agresividad preocupantes, la dirección del programa montaba con ellos sucesivas terapias, castigos colectivos disciplinarios que acababan pagando los más inocentes o discursos repletos de moralina hipócrita de cara a la galería para lavarse la manos como Pilatos ante el cariz que llegaron a alcanzar las fricciones dentro de la casa en no pocas ocasiones.
    Tal como comentamos en su momento, desde la dichosa editorial del programa se jugó toda la edición a ejercer de pirómano irresponsable para incendiar primero la convivencia entre los concursantes buscando retroalimentar y avivar continuamente sus disputas, para ejercer luego de bombero salvador intentando apagar las llamas devastadoras que ellos mismos habían propiciado.   En fin, poco más que decir, todo un despropósito de grandes proporciones si sumamos además el descarado apoyo logístico ofrecido a cualquier tipo de carpeta amorosa que surgiese entre los concursantes.  Como decía en el título de una de primeras entradas del blog en septiembre se buscó y se animó desde el programa, en una actitud mamporrera que causaba vergüenza ajena, a conseguir la fórmula perfecta: la cuadratura de los triángulos. Una deriva carpetera que condicionó de forma significativa más que nunca, creo, el desarrollo del concurso.

    Decía Prudent en un comentario genial de una de las últimas entradas del blog muy acertadamente que GH Deluxe se había tragado por completo a nuestro GH, igual que una boa enorme traga y devora su presa y la va digiriendo lentamente durante semanas o meses, en este caso durante años, alimentándose de toda su energía hasta que acaba regurgitando lo queda de ella: una piltrafa nauseabunda y grimosa, un amasijo de huesos y pelos irreconocibles que no se parecen en nada al original.  Más o menos lo que ha pasado este año con Gran Hermano, que ha tenido que amoldarse definitivamente al papel secundario que le han asignado al concurso dentro de la rueda de programas salvamizados y entrelazados por medio de un sistema ponzoñoso de vasos comunicantes, que como un monstruo mediático e insaciable devora todo lo que toca dentro de la cadena amiga, especialmente en los últimos tiempos.  

    Gran Hermano es una criatura delicada y compleja que llevaba muchos años sufriendo embates furiosos desde el exterior, pero los golpes más brutales provienen sobre todo desde dentro mismo del programa a través de cambios traumáticos que ya avisaban de su probable declive, hasta el punto de que nosotros mismos, un tanto apocalípticos y melodramáticos, habíamos pronosticado más de una vez su desaparición segura para la edición siguiente.  En esta ocasión, por fin, GH ha claudicado y se ha dejado arrastrar por "el lado oscuro de la fuerza" bajo la férula implacable de Jorge Javier Vázquez, convertido en una especie de Darht Vader de circunstancias. Sólo unos pocos rebeldes perdidos por las galaxias de internet y refugiados en algunos planetas libres del sistema intentamos resistirnos ante un poder tan descomunal y arrollador.

   Perdido en medio de estos pensamientos sombríos, y sumido todavía en la confusión, me entero de que "el lado oscuro de la fuerza" también se ha llevado a Carrie Fisher a los sesenta años. La actriz, que siempre será la princesa Leia en nuestros corazones, nos abandonó justo a esa edad en que muchas mujeres son por fin dueñas de sí mismas y de su destino para quedar instalada en el imaginario de toda una generación de adolescentes cinéfilos que asistimos asombrados desde las salas oscuras de aquellos cines antiguos al nacimiento de un mito y de un icono.  Sólo espero que "la fuerza la acompañe" en su viaje rumbo a la eternidad dentro del Halcón Milenario hasta esa "galaxia muy muy lejana" pero tan próxima al territorio de los sueños que siempre compartiremos con ella y sus compañeros de travesía intentando recuperar el imperio en peligro. Y deseo también que "la fuerza nos acompañe" a nosotros en este año tan complicado que nos espera en el mundo real, y por supuesto en Gran Hermano, para resistir como ella hasta las últimas consecuencias.

Forastero marulo

sábado, 24 de diciembre de 2016

LA NOCHE MÁS HARDCORE

   
      Parecía que la noche prometía sosiego con un Jorge Javier que aparentaba un engañoso ánimo conciliador y la gala discurría con una premura inusitada, o a mí me lo parecía teniendo en cuenta el recuerdo sublimado de lo ocurrido en otras ediciones, pero todo se quedó en las apariencias cuando el presentador volvió a hacer de las suyas y logró una vez más, gracias a su torpeza y a la incapacidad de entender todavía a estas alturas el tipo de programa que tiene el privilegio inmerecido de presentar, que el gallinero de la grada se le alborotase siguiendo la dirección agria y bronca a que nos tienen acostumbrados desgraciadamente en esta edición.  Me voy a saltar los prolegómenos y si acaso mencionar, por lo que tuvieron de relleno sensiblero, los emotivos encuentros de los tres finalistas con algunos de sus familiares. El de Rodrigo con su padre, ese señor con aire antiguo y grave, como aquellos padres de los de antes: educado, ceremonioso y patriarcal. La naranjita con su yaya Carmen, revelándose en los segundos que duró ese abrazo tan compulsivo y vibrante con que la abordó hasta casi tirar con ella la importancia de lo que significa, con todas sus costuras e implicaciones educativas y emocionales, que una abuela tenga que ejercer de madre en unos tiempos tan difíciles y complicados como los actuales. Y por último Meri, que demostró en ese abrazo a la vez asfixiante, desesperado y tierno hasta la extenuación que le dio a su madre, mientras soltaba como una metralleta sus "te amo" y demás letanías que no había salido todavía del cascarón familiar a pesar de sus hechuras de pantera avasalladora y resuelta que nos mostró en su vídeo de presentación con Laura antes de entrar en el concurso.
 
    Salió en primer lugar el madrileño tal como esperábamos, y una vez en el plató la entrevista a Rodri fue como un bálsamo para todos, incluso para ése que presenta, que por una vez se dedicó a preguntar y no a emitir solamente juicios gratuitos incendiando al entrevistado y de paso, como una correa de trasmisión desbocada, propagar el fuego a gran parte de esa grada con unos concursantes acostumbrados a que los azucen sin piedad durante todo el concurso, lo mismo fuera que cuando estaban dentro de la casa, para alimentar desde la editorial que se ha marcado la dirección del programa a ese monstruo del que tanto hemos hablado y criticado, y que ha lastrado negativamente una edición que a priori se presentaba con unas perspectivas bastante halagüeñas teniendo en cuenta los concursantes elegidos. Un monstruo que todavía nos daría después los últimos coletazos con la entrada de Bea victoriosa en el plató cuando Jorge Javier fue incapaz de evitar los últimos aguijonazos a Clara, o subrayar el guión establecido enfrentando a la naranjita y a la pantera de Cornellá a todos sus desagradables desencuentros cuando se habían despedido amigablemente unos minutos antes en cuanto se supo que la chonija era la ganadora bajo un decorado azul estrellado y torpemente iluminado de la última noche de diciembre que les quedaba en la casa.

    Volviendo a la entrevista del madrileño, que no quiero adelantarme, el tercero en liza, me sorprendió gratamente descubrir que había acertado con el último retrato que había hecho de él en la entrada anterior.  Rodrigo confirmó con creces mi teoría de que, entre otras cosas, su participación en Gran Hermano supuso una especie de terapia personal para superar algunos traumas personales no resueltos, y que de alguna manera su paso por el concurso se convirtió además en un ajuste de cuentas particular con sus padres, y una de las victorias de esa lucha personal en la noche del jueves fue conseguir que su progenitor estuviese presente en la gala final y que por una vez en muchos años sus padres compartiesen juntos, orgullosos de su hijo, un momento tan importante y especial en su vida. Su participación en el programa, que imagino fue un órdago a lo grande para ellos, lo mismo que en su momento debió ser el hecho de tatuarse, se resolvió de manera positiva.  Ayer, creo, cerró definitivamente la herida, y se cobró esa cuenta pendiente que tenía con sus padres si tenemos en cuenta los gestos de satisfacción de Rodrigo. La tranquilidad que transmitía su sonrisa y las respuestas coherentes y equilibradas a las preguntas de Jorge Javier lo demostraban.  Me gustaría resaltar que la terapia no sólo funcionó con él sino también con su madre, porque doña Rosa probablemente se ha liberado de unas cuantas cosas ganándose el aprecio de la mayoría, incluso de los familiares de los pocos concursantes que habían tenido enfrentamientos con su hijo.
    Y al fin, además, como colofón de la noche, la victoria de Bea, su apuesta más arriesgada que a algunos todavía nos cuesta aceptar del todo en su credibilidad.  Una decisión en la que se reafirmó, su mirada lo delataba, mientras veía los vídeos tan ilustrativos de cómo se resolvió en las primeras semanas de concurso la cuadratura de los triángulos que formaron Pol, Adara, Bea y él. Era bastante evidente, me parece a mí, su satisfacción con todo lo ocurrido en contraste con el gesto de incomodidad de Adara ante las mismas imágenes de cómo evolucionó todo.  La naranjita y el genéticamente perfecto estaban resignados a ser segundo plato si los dos pijos predestinados a liarse en GH 17 no cuajaban, como así fue, pero creo que Bea sale ganando con diferencia respecto a Pol no sólo porque se lleva los 300.000 euros, sino porque Rodri podrá haberla condicionado, yo diría más bien reconducido, en algunos de sus comportamientos extremos y en su vocabulario, pero en lo fundamental no ha dejado ser ella misma a su lado; y a pesar de la diferencia de formación y origen entre ellos, él siempre le ha dado su lugar y están los dos en un mismo plano de igualdad, cosa que no ocurre según mi opinión entre Pol y Adara, porque el catalán se ha convertido en la sombra domesticada de la azafata y es incapaz de mirar ya a los demás compañeros sino es a través de la mirada y el tamiz de lo que opina su cuchufleta.

    Para una parte importante de la audiencia esta final ha resultado bastante descafeinada, pero al contrario de lo que se dice y se comenta por las redes creo que ha tenido más dosis de emoción de lo que confiesan algunos, sobre todo para todos aquellos que han vivido GH 17 como un guerra sorda sin cuartel entre dos concepciones enfrentadas del concurso, aunque lo digan con la boca pequeña, porque en realidad lo que se estaba jugando no era tanto quién se llevaba el maletín, que se ha convertido casi en algo secundario, sino dilucidar si al final ganaba Bea, la representante de la mugripandi (calificativo excesivo y para mí desacertado que los seguidores de Bárbara y Adara aplicaban a la mayoría del resto de la casa desde el día aquel aciago en que Rodrigo, torpe y corto de miras, convenció a varios de sus compañeros para ir al confesionario juntos y pedir a la audiencia que expulsasen a Bárbara por su actitud insoportable) o Meri, el último símbolo del club barbadárico, una pica en Flandes y digna sucesora del estilo egoísta, borde e incluso victimista (ella misma se auto proclamó "aguantavelas" oficial de la pareja la última semana) de las que fueron sus mentoras, particularmente la azafata.

   En definitiva, que la final no fue más que la resolución transferida en sus últimas representantes en la casa de dos formas paralelas e irreconciliables de vivir el concurso y cuyas líderes más significadas estaban ayer en el plató, y no en Guadalix como deberían, a causa de la dinámica diabólica de una edición tan teledirigida que fagocitó y devoró antes de tiempo a las verdaderas protagonistas de GH 17. Porque resulta triste y frustrante ver a dos ex concursantes como Clara y Adara sentadas juntas en la grada, una al lado de la otra, pendientes cada una de que ganase su amiga cuando deberían ser ellas las dos finalistas optando por el maletín aún a riesgo, para mi pesar, de que pudiese ganarlo la azafata.  Creo sinceramente que la verdadera final de esta edición se dirimió hace más o menos un mes cuando salió expulsada Clara por aquellas vergonzosas “tres putas llamadas” frente a Adara.
    Cuando hablo de amistad lo digo sobre todo en el caso de Clara y Bea, porque lo de las otras dos resultó algo más circunstancial por el apoyo que Meri le dio a Adara en el último tramo del concurso después de las idas y venidas entre grupos de alguien tan veletas como la pantera, algo que reconoció en la gala la azafata, que la recibió además con escaso entusiasmo y cariño en cuando entró en el plató como segunda finalista.  También, cuando me refiero a verdaderas favoritas y protagonistas excluyo a conciencia a Bárbara, porque el modo de concursar de la alicantina, junto a los inventos del club, el contraclub e intervenciones interesadas de la dirección del programa para azuzar a los concursantes unos contra otros, fue una de las principales causas de envenenar la convivencia y determinar el sesgo bronco y desmadrado hasta la insensatez que ha conseguido que por momentos GH 17 se haya convertido en una jaula repleta de personajes fuera de todo control hasta crear un ambiente insoportable para nosotros como espectadores.  El análisis de cómo hemos llegado a esto ya lo hemos debatido a lo largo de estos meses y probablemente nos queda aún todavía una última reflexión cuando todo se enfríe un poco y pasen los días, pero me quedo con la sensación de que nos hubiesen hurtado, por incompetencia y codicia de los que dirigen este cotarro, una edición que se presentaba bastante decente al principio con los mimbres que teníamos.

    Como hay que comentar algo más de la victoria final de Bea, me gustaría abundar en la idea ya expresada de que ganó la opción menos mala entre las posibilidades que nos quedaban en la final del jueves, una vez había salido Rodrigo de tercer finalista. No voy a desgranar las múltiples razones de esta opinión explicada profusamente en las últimas entradas y comentarios, pero siguiendo la línea de lo expresado en párrafos anteriores la principal razón sería porque la naranjita, de alguna manera, ha ganado por ella misma en gran medida, porque tenía sus propios fans y seguidores, carpeteros o no, un pequeño ejército de naranjitas o naranjotas que comulgó con su concurso y su forma de ser. Un concurso adornado además para sus incondicionales con esa relación que estableció con el madrileño respondiendo a la perfección, con sus luces y sus sombras, a las ansias carpeteras de una parte significativa de la audiencia. Por el contrario Meri, independientemente de sus méritos y toda la colección de sus deméritos, que es inagotable, si hubiese ganado estoy convencido de que una parte muy significativa de esos votos se deberían a los seguidores de Adara, y también de Bárbara, convirtiendo a la pantera en un medio de tomarse cumplida venganza por dar satisfacción a sus favoritas. Un bálsamo insuficiente, pero algo gratificante al menos, con que calmar la terrible frustración de ver a la azafata fuera de combate antes de tiempo. Menos da una piedra pero ni de esa pequeña compensación cobrada a través de Meri pudieron disfrutar.
   Desde mi punto de vista si hubiese ganado Meri esta edición se habría convertido ya definitivamente en la antología del disparate, como en el título de uno de aquellos famosos libros de hace bastante bastantes años en que un profesor recogía las barbaridades que los estudiantes escribían en sus exámenes, que vendría que ni pintado para la de Cornellá.  Meritxell ha logrado irritarme casi tanto como Adara, Bárbara o Fernando a lo largo de estos meses, aunque reconozco que en ocasiones me producía incluso cierta ternura cuando metía la pata hasta la cintura con ese atrevimiento tan característico de la ignorancia, pero sólo me duraba un par de minutos hasta que volvía tropezar con la misma piedra o entraba en uno de esos bucles interminables tan típicos de ella. Lo mismo que Adara, aunque de otra forma, interpretó mal el hecho de que fuese salvada en varias ocasiones, y en vez de rectificar sus defectos y evitar su parte negativa al volver a la casa insistía por el contrario en sus errores hasta el infantilismo y el absurdo pensando que eso era lo que pretendía la audiencia de ella. 

   Otro año más se acaba una edición de GH, la número 17, y después de ese ritual con tintes nostálgicos de ver como se apagan las luces de la casa hasta la próxima edición, si es que existe, he pensado que a pesar de que han intentado torpedear de forma miserable nuestro programa hasta conseguir desvirtuar prácticamente su esencia, compruebo con satisfacción que siempre quedarán esos momentos que son puro GH y que jamás podrán robarnos, como la emoción con que viven los concursantes las expulsiones, con o sin sorpassos, o la emotividad auténtica y a raudales que nos transmiten en el encuentro con sus familiares, o ese 24 horas que nos permite asistir a su evolución sabiendo que por mucho que pretendan interpretar un papel para nosotros, siempre habrá momentos en que bajarán la guardia para mostrarnos sus costuras y revelarnos sus emociones. Es muy poco, lo sé, dentro del marasmo en que se convierte el programa por culpa de intereses espúreos y editoriales infumables que condicionan el concurso, pero mientras nos dejen un mínimo resquicio desde el que vislumbrar la llama de la verdad en su convivencia será muy difícil que algunos dimitamos de forma definitiva aunque se convierta en un ejercicio de masoquismo consciente seguir un año más en la brecha.

Forastero marulo

jueves, 22 de diciembre de 2016

PEDES IN TERRA, VISUS AD SIDERA

    Estos últimos días de concurso se está demonizando a Rodrigo en las redes atendiendo entre otras cosas al cargo que su madre, Rosa, desempeñó hace años en televisión española y a los posibles enchufes que el chaval pudiese tener por esta circunstancia. No quiero entrar en esa cuestión porque son rumores habituales sobre los concursantes que suelen circular durante la edición difíciles de demostrar, pero ya he dicho varias veces, creo, y si no lo he remarcado suficiente lo vuelvo a hacer ahora, que siempre he tenido al madrileño agarrado con pinzas por su concurso en concreto, y más desde que fue cooperante necesario con la ayuda de Miguel y sobre todo de Pol, para poner al pie de los caballos a Montse cuando la subieron a la palestra gracias al poder del club que disfrutaban en aquel momento sin tener en cuenta, en su caso, que gracias a la "vida" que tenía la caja que la catalana le había regalado a Bea, su pareja, ésta pudo regresar a la casa después de salir expulsada. 

   Probablemente por aquella caja, y por otras rocambolescas carambolas que nos ha colado el programa - producto de la manipulación o la fortuna - él también está en la final, porque su concurso está totalmente mediatizado por la relación que mantiene con la naranjita, algo que él mismo ha confirmado hace unos días cuando aseguraba al hacer balance de su paso por la casa como finalista que su Gran Hermano es Bea y no le avergüenza decirlo.  Así que podremos criticar todo lo que queramos al chaval pero una afirmación tan rotunda, con todo lo que significa semejante confesión a un paso de la final y de los 300.000 euros del premio, esté jugando o no, demuestra cuando menos inteligencia, estrategia o sinceridad descarnada.  En función de como nos caiga el madrileño que cada cual elija una de las opciones, dos de ellas, o las tres a la vez, pero nadie puede decir de Rodrigo que es un mindundi o que su concurso ha sido irrelevante, y en mi caso, a pesar de todas las reservas que tengo con él a pocas horas de la final, creo que se merece el beneficio de la duda.

    No quiero parecer rencoroso a estas alturas pero si ya su manera de actuar en la casa demasiado reflexiva, fría y distante durante todo el concurso no me encandilaba; aquel varapalo a la granjera no ayudó a que tuviese una percepción más positiva sobre él. Soy perfectamente consciente de que es algo muy subjetivo, algo por otra parte consustancial a todo seguidor de GH, porque aquella situación y mi aversión natural de principio a las “karpetas” me condicionó demasiado a la hora de intentar analizar su concurso con más interés y sin prejuicios a pesar de que siempre reconocí y valoré que es un tipo educado que ha sabido mantener las formas sin dejar de expresar su opinión y sus preferencias cuando lo creyó oportuno.  Era también consciente de su inteligencia y de que era prácticamente el único que sabía discutir con Bárbara y Ádara sin perder las formas, con argumentos y sin necesidad de estridencias ni de montar espectáculos fuera de lugar. Y además jamás les bailó el agua.

    Es cierto que no ha sido uno de los grandes protagonistas de la edición pero tampoco es un cero a la izquierda como muchos lo quieren pintar aunque salga en la pantalla y en los vídeos casi más tiempo en modo horizontal que vertical.  Además considero oportuno apuntar que ha sido un concursante coherente que no se ha desviado un ápice del camino trazado ni ha renegado jamás de sus afectos dentro de la casa, sobre todo a partir del momento en que rechazó la carpeta con Adara – el tipo fue listo hasta para eso cuando fue capaz de verle a tiempo las orejas al lobo – cumpliendo de alguna manera con el dicho latino que lleva tatuado en su hombro derecho y que le recordó su padre en la carta de ánimo que le envió dentro de la caja de los regalos de Navidad: Pedes in terra, visus ad sidera (los pies en la tierra y la mirada en el cielo).  Una frase que retrata con bastante exactitud la línea de comportamiento que ha seguido durante todos estos meses, andando con pies de plomo, prudente y sin arriesgar en el día a día mientras tenía la vista puesta en conseguir que no lo nominasen y con el objetivo de llegar lo más lejos posible en el concurso. En definitiva, tocar el cielo de la final y porque no, soñar con el maletín aunque es consciente de que tiene pocas probabilidades de ganarlo. Un objetivo que ha conseguido con creces teniendo en cuenta sus virtudes tan justas en muchos aspectos como concursante ante compañeras tan potentes que sin embargo se han quedado por el camino.
   De cualquier modo, y tiene su mérito, ha conseguido colarse en la final sin estar nominado ni una sola vez salvo el día aquel en que la dirección del programa decidió nominar a toda la casa como castigo disciplinario cuando expulsaron a Noelia, otro borrón en su expediente por la actitud tan ambigua que mantuvo con ella sabiendo que la andaluza se pirraba por sus huesos. Y lo logró gracias a su estrategia en el juego ganándose el apoyo de una gran parte de los compañeros que le sacaron las castañas del fuego en los momentos claves de su concurso.  Rodrigo ha sido un concursante especial, de carácter flemático y contenido en las formas, una “rara avis” teniendo en cuenta el perfil que más abundó en una casa repleta de personas impulsivas, histriónicas e inestables.  Además nos ha abierto de par en par sus sentimientos y hemos descubierto poco a poco al chico vulnerable que no soporta las broncas ni los gritos a su alrededor porque siguen todavía frescas y a flor de piel desde la infancia las consecuencias de la separación tumultuosa de sus padres que le dejó una huella tan honda que ha condicionado y configurado su forma de ser y de comportarse en la actualidad. Es cierto que hoy en día desgraciadamente esto es el pan nuestro de cada día y hay cientos de miles de niños en este país que han vivido algo similar o peor, pero lo más significativo del “pequeño gorrión”, apelativo cariñoso que le ha puesto su madre, es su voluntad y atrevimiento de contarlo ante millones de espectadores por estrategia o convicción.  

    Entiendo las dudas con este concursante y que parte de la audiencia tenga la sospecha de si trata o no de utilizar sus tribulaciones y desgracias de "niño bien”, que venden mucho, para ganarse al público y conseguir así nuestra complicidad, pero cuando apenas sabíamos nada todavía de su situación familiar de niño rico venido a menos ni de la dimensión exacta de los efectos que tuvieron en su carácter las disputas entre los padres durante su infancia, me llamó poderosamente la atención que un pijo madrileño aparentemente de libro, con amigos pijos, de ambiente pijo de toda la vida y predestinado a liarse con Adara en el concurso (parecía que se lo habían puesto a huevo a los dos para que así fuera) estuviese tatuado de esa manera tan salvaje e invasiva que a mí particularmente tanto me horripila. Era algo que no me cuadraba en un tipo como él hasta que al final acabó renegando de la azafata, se lió con la chonija valenciana y poco a poco algunas piezas de su personalidad fueron encajando con bastante precisión gracias al juego de triángulos entrecruzados que se fueron creando entre ellos, y fue entonces cuando pensé que había un fondo de verdad en todo lo que nos había confesado.  En una edición tan fuertemente marcada por las concursantes femeninas, que son además las que normalmente me suelen interesar más en GH por su entrega al espíritu del programa, dentro del elenco masculino sólo él y Miguel lograron que me fijase en ellos con ganas de rascar más allá de las aparentes contradicciones que presentaban los dos cada uno en lo suyo.
   Precisamente, como en su momento me pasó con Ariadna en GH 13, una de mis preferidas de aquella edición que se llevó por la cara el jetas de Pepe Flores, he intentado desentrañar las  claves de su concurso leyendo en las señales marcadas a tinta en el mapa de su piel para entender algo que no encaja en absoluto con la imagen prejuiciada que tenía de Rodrigo.  Tanto el tatuaje del hombro que mencionó su padre en la carta de Navidad como la canción que lleva tatuada a lo largo de la espalda y dedicada al parecer a una novia anterior, conforman un conjunto de expresiones radicales y perennes que nos descubren un joven rebelde e inconformista rompiendo con los cánones estéticos del mundo del que proviene, algo que me hizo pensar que tal vez lo que dije al principio de su relación con Bea, si fusionamos la iconografía de sus tatuajes respectivos se acaba revelando que tienen más cosas en común de lo que a todos nos parece, y que no es tan descabellada ni tan poco creíble como se ve desde fuera la unión y la atracción de dos personas tan diferentes en apariencia. 

    Ahora que lo estoy viendo en el directo convenientemente tuneado para la final dentro de unas horas, con ese pelo corto teñido de gris plateado mientras charla tranquilo y relajado con la naranjita, recuerdo lo que dije de Rodrigo a finales de octubre cuando él mismo ya era completamente consciente de que su concurso estaba vinculado a ella y que si quería llegar lejos sería solamente a su lado: “Sin embargo, por el contrario, es Rodrigo el que tiene la sartén por el mango en su relación con Bea, y es él quién ha decidido en todo momento como dosificar los avances en el largo proceso de convertir de cara a la audiencia una amistad con derecho a roce en un idilio en toda regla, sobre todo desde que comprendió el verdadero significado de que el concursante número 17 los enviase juntos al picadero del contraclub”.  

    Dentro de unas horas sabremos en qué se queda todo y como se resuelve por fin esta edición tan controvertida.

Forastero marulo

sábado, 17 de diciembre de 2016

EL ESTILO ES EL HOMBRE

    Podría titular perfectamente la entrada con un rimbombante “El ganador de su puta vida”, y más después de que ayer Adara se despidiese de Miguel utilizando esa misma frase con evidente mala leche y un despreció infinito hacia el modelo después del intercambio agrio y duro de reproches en que se enzarzaron los dos durante esa especie de ajuste de cuentas, otra terapia más, y ya van varias, que se inventó el programa con la idea de subir a los ex concursantes a la casa para que se encontrasen en el confesionario con los cuatro supervivientes del concurso y enfrentarlos entre ellos sucesivamente después de ver juntos los vídeos con las disputas más polémicas que habían protagonizado durante la convivencia.  Al final decidí que no, que la mejor forma de homenajear a un concursante como el modelo, uno de los protagonistas para lo bueno y para malo de esta edición, era apelar a aquello que consideraba más definitorio del personaje inventado y ególatra que había usurpado a la persona real que se escondía debajo de toneladas de artificio y complementos intentando vender una imagen sublimada y sujeta a la dictadura de unos cánones estéticos determinados con la suposición de que así se le abrirían las puertas del universo rutilante y sofisticado de la fama. En definitiva, el camino del éxito y la felicidad negando y sepultando a ese otro Miguel más prosaico y verdadero. Y la palabra clave para titular todo esto es el estilo.

    Desde el momento en que nos enseñaron su vídeo de presentación, haciendo una defensa a ultranza del poder de la imagen personal, hasta el punto de que era capaz de falsear todo su aspecto y vivir instalado en un mundo paralelo para ofrecer una visión adulterada de sí mismo a los demás, con el objetivo de convertirse en un producto apetecible que justificase los sacrificios necesarios para mantener la gran impostura de una vida ficticia y frívola, me acordé de un famoso dicho francés: "Le style, c'est l'homme ". El estilo es el hombre, vamos, lo que define su esencia, aquello primordial que los demás perciben de alguien por encima de cualquier otra cosa y que constituye la primera puerta de entrada a su ser. El estilo, esa manera característica de ser y actuar que hace única y genuina a una persona, y que a veces se asocia indefectiblemente a la imagen externa. Dos conceptos estrechamente relacionados pero que no deben confundirse, porque una cosa es pretender dar una imagen determinada (lo que le pasaba a Álvaro con sus ropas llamativas y sus pintas estrambóticas) y otra tener ese estilo propio e inconfundible que te distingue de los demás.  
 
    No voy a engañarme, en algunos comentarios de entradas anteriores expliqué bien claro que me gustan las personas naturales y directas, algo totalmente compatible con tener un aspecto cuidado y agradable, sólo faltaría, y sin renunciar a los rasgos característicos de nuestra personalidad. Por eso comulgo mal con los afeites y maquillajes exagerados buscando el disimulo de la realidad, algo que trasciende lo meramente físico. Una cosa es resaltar la belleza y la generosidad de algunos elementos y partes de nuestro cuerpo, disimulando y atenuando de paso los defectos, y otra que intenten darnos gato por liebre aunque luego descubramos que detrás del juego de quién intenta engañarnos se muestren otras facetas que nos ganen y entendamos que una cierta dosis de engaño tenga su encanto y pueda entenderse a veces, e incluso justificarse, cuando rascamos más allá de la apariencias y nos encontramos con un fondo de autenticidad.  Lo cierto es que siempre asocié el excesivo interés por el ornamento y lo cosmético, a lo mejor injustamente, con la frivolidad y la falta de franqueza. 

    Sin embargo, por alguna extraña razón siempre sentí cierta simpatía hacia Miguel, y eso a pesar de que me repatea todo esa parafernalia de retuneo constante en el que vive y detrás del que esconde todos sus complejos, sus inseguridades y sus frustraciones.  Una ceremonia de la confusión plagada de seducción verbal e histrionismo a partes iguales para cautivar en la telaraña intricada de sus emociones a nuevos adeptos para la causa jugando a retorcer lo que haga falta, sobre todo a sí mismo. Un estado de cosas que sí forman parte de su estilo de encantador de serpientes y que de algún modo seguirán igual aunque se haya liberado aparentemente del yugo opresor de su imagen y sea verdad que ya se quiere por fin a sí mismo.
 
   Es curioso constatar que tanto él como Rodrigo, acabamos de saberlo en toda su dimensión, son herederos en su estilo actual, tan diferente cada uno, de una niñez complicada y difícil por las heridas que la vida inflige a veces a la personas en el territorio emocional de la infancia; el espacio más vulnerable, rico y maravilloso que nos marca a todos sin remedio para configurar los adultos en que nos convertimos. Del madrileño ya hablaremos, desde la caída a los infiernos que supone con frecuencia en la niñez la separación de unos padres y sus consecuencias hasta llegar el hombre templado que se mete en una aventura tan complicada como este concurso con la única pista del camino dibujada en sus tatuajes fuera de lugar o entregado en brazos de alguien tan vital y aparentemente tan distante de su mundo como la naranjita.  Miguel, al contrario, siguió derroteros diferentes a su amigo y decidió fantasear construyendo con precisión de orfebre esos múltiples migueles que utiliza para adaptarse al mundo y a sus miedos con la seguridad tramposa de la ocultación y el disfraz.  Desde el principio nos mostró su juego de espejos repletos de mentiras a través de un concurso cuyo epicentro fue siempre él mismo, una carga muy pesada que llevaba arrastrando desde hacía  tantos años, como ese ciempiés amarillo que le había regalado su padre antes del accidente que truncó de un tajo fatal y cruel la alegría en su casa hasta apagar para siempre el brillo de la ilusión que las luces de la Navidad reflejan en los ojos asombrados de un niño.
    Ya lo habíamos comentado, Miguel tenía escasas opciones de ganar, de hecho no tenía ninguna y ya se ha visto que se va justo a las puertas de la final, de cuarto, ese puesto tan denostado que nadie quiere y que dicen es el peor. Pero no nos engañemos, se trata de un puesto que para sí quisieran muchos de los expulsados hace semanas o meses, aunque se quedasen con la miel en los labios ante la posibilidad de tocar la gloria representada en ese maletín lleno de pasta y en la puñetera fama, a veces tan traidora, que supone hacerse con la victoria.  De todos modos quedar de cuarto, como sabemos,  tiene su parte positiva y una ventaja sobre los otros dos finalistas que serán meros comparsas del ganador o ganadora de la edición, porque conlleva la oportunidad que ellos seguramente no tendrán de una entrevista para él sólo en condiciones.

    Vale, que esa ventaja de salir en un puesto tan poco apetecible sería lo normal en cualquier otra edición, pero este año los despropósitos se suceden en cadena y el pobriño de Miguel no pudo disfrutarla como debería, en parte por culpa de Adara y Pol pero sobre todo por la trapallada (en gallego cosa mal hecha, sin arte ni cuidado) de entrevista, como él mismo tildó con toda la razón, que le montaron sin pies ni cabeza con ése que presenta totalmente desacertado una vez más, visiblemente nervioso, irritado, e incapaz de controlar el gallinero alborotado que se le armó en el plató. Es lo que tiene alimentar el monstruo del espectáculo, que al final el programa recoge lo que siembra. Otra cosa es que todo lo que ocurrió ayer en el fondo es lo que deseaba la cadena, o la productora (me da igual de quién es la responsabilidad), que es continuar con pulso firme la deriva “salvamizadora” cada vez más evidente del concurso hasta transformarlo del todo, aunque luego se lamenten hipócritamente con la boca pequeña. Todos sabíamos que el ajuste de cuentas que prepararon traería estas consecuencias. De aquellos polvos estos lodos.

    Volver a comentar e insistir en el bochorno que supuso la entrevista, por llamarlo de alguna manera, que ése que presenta perpetró con Miguel no tiene ya mucho sentido. Si acaso resaltar que el modelo insistió en el papel melodramático que ha imprimido a todo su concurso consciente de su protagonismo, algo  que se notó con claridad cuando se le veía asistir con embeleso y un rictus de satisfacción a las famosas imágenes de su momento culmen, esa cuidada escenografía que nos regaló cuando quemó su peluquín por medio de un conxuro purificador de todos sus monstruos mientras anunciaba su liberación a gritos al mundo y besaba después su imagen en los espejos dando la bienvenida a un nuevo Miguel renacido entre las cenizas de sus miserias.  Unas escenas que para muchos de nosotros fluctuaban entre el patetismo y la comicidad a pesar de la transcendencia que él quiso darle al momento.  Ése que presenta sin saber muy bien a qué jugaba, superado por las circunstancias, intentó darle una de cal y otra de arena, alabando de principio su protagonismo en la edición para calzarle a continuación que había sido un tramposo emocional.
  El caso es que ayer no me esperaba demasiado de la gala, pero entre los gritos y la enésima repetición de las broncas que se sucedieron tanto arriba en Guadalix, en el confesionario, como abajo en el plató, saqué alguna conclusión que me viene de perlas para lo mío y abundando en la idea de lo que he ido comentando en el blog a lo largo de estos meses. Creo sinceramente que Miguel, lo mismo que Bea y después Rodrigo les ganaron la partida a Adara y a Pol en sus respectivos careos con ellos. No voy a entrar en la polémica de si los vídeos que les pusieron favorecieron más a unos que a otros, lo que sí quiero constatar una vez más, en la línea de lo que dije en la entrada anterior, es que el genéticamente perfecto y  la madrileña van perdiendo puntos cada semana que pasa y quedan desarmados con una facilidad pasmosa en todos sus argumentos cada vez que entran en su bucle interminable y cansino. Adara, fuera de la casa, se está transformando en una caricatura triste de sí misma, con los peores defectos que mostró dentro del concurso y su gesto se va ensombreciendo hasta la amargura a medida que se acerca la final y es más consciente que ella no estará presente.  Pol, desgraciadamente, sigue empequeñeciendo a su lado, y ha perdido algunas de las pocas virtudes que tenía como concursante según mi punto de vista, como eran la espontaneidad y su espíritu abierto y de camaradería. 

   Por fin, tres meses y una semana después, nos encontramos a siete días tan sólo de la resolución definitiva de la edición número diecisiete de nuestro programa favorito, con tres concursantes inesperados en la final, salvo tal vez la naranjita. Bea, Rodrigo y Meri sonríen satisfechos e ilusionados con su destino soñado, pero completamente ajenos a la encrucijada que vivimos muchos seguidores veteranos del programa pendientes del proceso de transformación que se adivina en el futuro Gran Hermano después de un concurso tan guionizado como el de este año y más polémico que nunca. No sé quién ganará el maletín el jueves que viene pero como siempre, aunque tenga poco que decir, procuraré hablar de los tres hasta que se apaguen las últimas luces de la casa en Guadalix, porque a pesar de todo, nos gusten o no, ellos siguen siendo los verdaderos protagonistas.
Forastero marulo