1.- Lo único necesario para el triunfo del mal es que los hombres buenos no hagan nada (Edmund Burke)

2.- Hay un límite a partir del cual la tolerancia deja de ser virtud (Edmund Burke)

3.- Es más fácil vivir con el odio que perdonar (Montse, GH 17)

sábado, 31 de diciembre de 2016

GH 17 DELUXE Y LA PRINCESA LEIA

    Una vez terminado el concurso, pensando uno de estos días en nosotros y en cómo transcurrió esta extraña y convulsa edición que hemos vivido y comentado con el gesto retorcido, como quién tiene que tragarse un órdago salvamizado a lo grande para comprobar nuestro aguante y la fidelidad inquebrantable que profesamos al formato, imaginé por un momento que me encontraba dentro del confesionario de una casa ya vacía donde reinaba el silencio y ni siquiera quedaban los ecos lejanos del ruido insoportable que se adueñó de sus paredes para torturarnos con saña durante más de tres meses.  Era de noche y sentado en ese sofá de color aguamarina, por donde antes pasaron todos los concursantes de GH 17, intentaba reflexionar rumiando mi desconcierto en la soledad de la penumbra desoladora que me rodeaba mientras buscaba respuestas a todas las preguntas que me había planteado, y pospuesto, desde el día en que empezó la edición a comienzos de septiembre y Mercedes Milá, con lágrimas en los ojos y un ramo de flores en sus manos, dejó el testigo del programa al nuevo presentador. Hacía un par de horas que los operarios se habían marchado tras apurar los cambios y las transformaciones necesarias para recibir con el decorado renovado a los futuros concursantes del próximo GH VIP dentro de poco más de una semana.  Y confuso, igual que el año pasado en estas mismas circunstancias, sentía aquello como una ocupación casi sacrílega que de alguna manera ha mancillado y contaminado, con sus influencias y sinergias indeseables, nuestro GH de siempre estos últimos años. 

    Sé que este GH de los famosetes de medio pelo que se avecina, repleto de personajes en horas bajas y alejados de los laureles de la fama buscando desesperadamente recobrar la gloria perdida, o simplemente ajustar cuentas con ellos mismos y con el mundo superficial y cainita en el que viven instalados, constituye todo un acontecimiento mediático dentro de la línea programática de la cadena. Además, una gran parte de la audiencia espera su emisión como agua de mayo mientras ellos van desvelando a cuentagotas qué supuestas celebridades van a concursar en esta edición.  Para muchos espectadores será, incluso, una forma de resarcirse de la decepción que les supuso GH 17, algo que a mí particularmente no me afecta porque sólo sigo el formato original y reniego de todos los sucedáneos aunque intenten vendérmelos muy atractivos y envueltos con lacitos dorados.  Sin embargo lo que verdaderamente me molesta y me subleva es la nefasta influencia, por ósmosis o lo que sea, que tienen todos estos subproductos en nuestro concurso, aunque entiendo perfectamente que muchos espectadores disfruten y se diviertan con ellos por encima incluso del Gran hermano de siempre. 
   En realidad tenía la intención de hacer un análisis exhaustivo a modo de epílogo final, que se va a quedar a medias, sobre las causas que nos han llevado hasta este punto de indignación y hartazgo con el programa, sobre todo porque durante las veintinueve entradas que contando con ésta le he dedicado a la edición en el blog, unas dos semanales como acostumbro, y conociéndome, me he mordido la lengua más que nunca y he hecho enormes esfuerzos para dedicar la mayoría del tiempo a hablar solamente de los concursantes evitando la vena crítica que me asalta todos los años y que a menudo me hace perder la perspectiva de lo que realmente me interesa: el concurso en sí y lo que pasa en la casa.   

   Nos lo han puesto muy difícil, en primer lugar con la decisión de elegir como presentador a Jorge Javier Vázquez, el estandarte omnipresente en todos los subproductos televisivos tipo “sálvames” marca de la casa.  Como no pretendo incidir demasiado en el rechazo prácticamente absoluto que me produce su forma de actuar dirigiendo el programa, uno de los lastres fundamentales de la edición por el mensaje claro que nos ha querido transmitir la cadena sobre cuál es su idea de lo que pretende que sea a partir de ahora el concurso con su presencia al mando de las galas, sólo apuntar que a los pocos días de comenzar GH 17 ya estaba echando de menos incluso a la peor Milá, aquella presentadora desmotivada, errática y parcial de las últimas ediciones. Jorge Javier se pensó que esto era pan comido teniendo en cuenta su expediente previo de domador de fieras televisivas, y no acabó de entender, hasta que fue demasiado tarde, que la audiencia del GH original es mucho más rica y diversa que en los otros programas que presentaba y muchísimos de nosotros no estamos dispuestos a comulgar con ruedas de molino sin más a costa de lo que sea y de forma acrítica.

    Aunque no es algo de ahora, porque viene de lejos, otro de los aspectos que ha superado este año todos los límites imaginables de nuestra paciencia ha sido la descarada y falsa doble moral que han intentando vendernos como si fuéramos unos recién llegados a este negocio.  He sido muy crítico con las formas y la deriva bronca de esta edición por obra y gracia de varios concursantes que han entendido que los gritos, los insultos y la agresividad manifiesta eran la mejor manera de avanzar en el concurso y de ganarse a la audiencia, la forma natural de superar el miedo cerval a ser calificados como "muebles" a descartar si no daban guerra, en el peor sentido de la palabra, desde el primer minuto. Unas conductas, en muchos casos sobreactuadas y premeditadas, que eran  premiadas de forma contradictoria por la audiencia para desesperación de algunos concursantes, y para muchos de nosotros como espectadores. 

    Como hemos dicho en varias ocasiones a lo largo de estos meses la editorial y el guión del programa han tenido una gran responsabilidad en esta situación, sino la que más, porque han alimentado a conciencia el conflicto de forma artificial azuzando el enfrentamiento entre los concursantes por todos los medios posibles (club, contraclub, alegatos, contralegatos, micrófonos abiertos para escuchar las reacciones del público en el plató, las cajas salvavidas, las tres putas llamadas de diferencia, los cambios de criterio en los juegos etc.) con la evidente intención de subir los niveles pobres de audiencia que se estaban cosechando este año. Después, cuando los límites de la convivencia reventaban hechos pedazos y se llegaba a niveles de enemistad y agresividad preocupantes, la dirección del programa montaba con ellos sucesivas terapias, castigos colectivos disciplinarios que acababan pagando los más inocentes o discursos repletos de moralina hipócrita de cara a la galería para lavarse la manos como Pilatos ante el cariz que llegaron a alcanzar las fricciones dentro de la casa en no pocas ocasiones.
    Tal como comentamos en su momento, desde la dichosa editorial del programa se jugó toda la edición a ejercer de pirómano irresponsable para incendiar primero la convivencia entre los concursantes buscando retroalimentar y avivar continuamente sus disputas, para ejercer luego de bombero salvador intentando apagar las llamas devastadoras que ellos mismos habían propiciado.   En fin, poco más que decir, todo un despropósito de grandes proporciones si sumamos además el descarado apoyo logístico ofrecido a cualquier tipo de carpeta amorosa que surgiese entre los concursantes.  Como decía en el título de una de primeras entradas del blog en septiembre se buscó y se animó desde el programa, en una actitud mamporrera que causaba vergüenza ajena, a conseguir la fórmula perfecta: la cuadratura de los triángulos. Una deriva carpetera que condicionó de forma significativa más que nunca, creo, el desarrollo del concurso.

    Decía Prudent en un comentario genial de una de las últimas entradas del blog muy acertadamente que GH Deluxe se había tragado por completo a nuestro GH, igual que una boa enorme traga y devora su presa y la va digiriendo lentamente durante semanas o meses, en este caso durante años, alimentándose de toda su energía hasta que acaba regurgitando lo queda de ella: una piltrafa nauseabunda y grimosa, un amasijo de huesos y pelos irreconocibles que no se parecen en nada al original.  Más o menos lo que ha pasado este año con Gran Hermano, que ha tenido que amoldarse definitivamente al papel secundario que le han asignado al concurso dentro de la rueda de programas salvamizados y entrelazados por medio de un sistema ponzoñoso de vasos comunicantes, que como un monstruo mediático e insaciable devora todo lo que toca dentro de la cadena amiga, especialmente en los últimos tiempos.  

    Gran Hermano es una criatura delicada y compleja que llevaba muchos años sufriendo embates furiosos desde el exterior, pero los golpes más brutales provienen sobre todo desde dentro mismo del programa a través de cambios traumáticos que ya avisaban de su probable declive, hasta el punto de que nosotros mismos, un tanto apocalípticos y melodramáticos, habíamos pronosticado más de una vez su desaparición segura para la edición siguiente.  En esta ocasión, por fin, GH ha claudicado y se ha dejado arrastrar por "el lado oscuro de la fuerza" bajo la férula implacable de Jorge Javier Vázquez, convertido en una especie de Darht Vader de circunstancias. Sólo unos pocos rebeldes perdidos por las galaxias de internet y refugiados en algunos planetas libres del sistema intentamos resistirnos ante un poder tan descomunal y arrollador.

   Perdido en medio de estos pensamientos sombríos, y sumido todavía en la confusión, me entero de que "el lado oscuro de la fuerza" también se ha llevado a Carrie Fisher a los sesenta años. La actriz, que siempre será la princesa Leia en nuestros corazones, nos abandonó justo a esa edad en que muchas mujeres son por fin dueñas de sí mismas y de su destino para quedar instalada en el imaginario de toda una generación de adolescentes cinéfilos que asistimos asombrados desde las salas oscuras de aquellos cines antiguos al nacimiento de un mito y de un icono.  Sólo espero que "la fuerza la acompañe" en su viaje rumbo a la eternidad dentro del Halcón Milenario hasta esa "galaxia muy muy lejana" pero tan próxima al territorio de los sueños que siempre compartiremos con ella y sus compañeros de travesía intentando recuperar el imperio en peligro. Y deseo también que "la fuerza nos acompañe" a nosotros en este año tan complicado que nos espera en el mundo real, y por supuesto en Gran Hermano, para resistir como ella hasta las últimas consecuencias.

Forastero marulo

sábado, 24 de diciembre de 2016

LA NOCHE MÁS HARDCORE

   
      Parecía que la noche prometía sosiego con un Jorge Javier que aparentaba un engañoso ánimo conciliador y la gala discurría con una premura inusitada, o a mí me lo parecía teniendo en cuenta el recuerdo sublimado de lo ocurrido en otras ediciones, pero todo se quedó en las apariencias cuando el presentador volvió a hacer de las suyas y logró una vez más, gracias a su torpeza y a la incapacidad de entender todavía a estas alturas el tipo de programa que tiene el privilegio inmerecido de presentar, que el gallinero de la grada se le alborotase siguiendo la dirección agria y bronca a que nos tienen acostumbrados desgraciadamente en esta edición.  Me voy a saltar los prolegómenos y si acaso mencionar, por lo que tuvieron de relleno sensiblero, los emotivos encuentros de los tres finalistas con algunos de sus familiares. El de Rodrigo con su padre, ese señor con aire antiguo y grave, como aquellos padres de los de antes: educado, ceremonioso y patriarcal. La naranjita con su yaya Carmen, revelándose en los segundos que duró ese abrazo tan compulsivo y vibrante con que la abordó hasta casi tirar con ella la importancia de lo que significa, con todas sus costuras e implicaciones educativas y emocionales, que una abuela tenga que ejercer de madre en unos tiempos tan difíciles y complicados como los actuales. Y por último Meri, que demostró en ese abrazo a la vez asfixiante, desesperado y tierno hasta la extenuación que le dio a su madre, mientras soltaba como una metralleta sus "te amo" y demás letanías que no había salido todavía del cascarón familiar a pesar de sus hechuras de pantera avasalladora y resuelta que nos mostró en su vídeo de presentación con Laura antes de entrar en el concurso.
 
    Salió en primer lugar el madrileño tal como esperábamos, y una vez en el plató la entrevista a Rodri fue como un bálsamo para todos, incluso para ése que presenta, que por una vez se dedicó a preguntar y no a emitir solamente juicios gratuitos incendiando al entrevistado y de paso, como una correa de trasmisión desbocada, propagar el fuego a gran parte de esa grada con unos concursantes acostumbrados a que los azucen sin piedad durante todo el concurso, lo mismo fuera que cuando estaban dentro de la casa, para alimentar desde la editorial que se ha marcado la dirección del programa a ese monstruo del que tanto hemos hablado y criticado, y que ha lastrado negativamente una edición que a priori se presentaba con unas perspectivas bastante halagüeñas teniendo en cuenta los concursantes elegidos. Un monstruo que todavía nos daría después los últimos coletazos con la entrada de Bea victoriosa en el plató cuando Jorge Javier fue incapaz de evitar los últimos aguijonazos a Clara, o subrayar el guión establecido enfrentando a la naranjita y a la pantera de Cornellá a todos sus desagradables desencuentros cuando se habían despedido amigablemente unos minutos antes en cuanto se supo que la chonija era la ganadora bajo un decorado azul estrellado y torpemente iluminado de la última noche de diciembre que les quedaba en la casa.

    Volviendo a la entrevista del madrileño, que no quiero adelantarme, el tercero en liza, me sorprendió gratamente descubrir que había acertado con el último retrato que había hecho de él en la entrada anterior.  Rodrigo confirmó con creces mi teoría de que, entre otras cosas, su participación en Gran Hermano supuso una especie de terapia personal para superar algunos traumas personales no resueltos, y que de alguna manera su paso por el concurso se convirtió además en un ajuste de cuentas particular con sus padres, y una de las victorias de esa lucha personal en la noche del jueves fue conseguir que su progenitor estuviese presente en la gala final y que por una vez en muchos años sus padres compartiesen juntos, orgullosos de su hijo, un momento tan importante y especial en su vida. Su participación en el programa, que imagino fue un órdago a lo grande para ellos, lo mismo que en su momento debió ser el hecho de tatuarse, se resolvió de manera positiva.  Ayer, creo, cerró definitivamente la herida, y se cobró esa cuenta pendiente que tenía con sus padres si tenemos en cuenta los gestos de satisfacción de Rodrigo. La tranquilidad que transmitía su sonrisa y las respuestas coherentes y equilibradas a las preguntas de Jorge Javier lo demostraban.  Me gustaría resaltar que la terapia no sólo funcionó con él sino también con su madre, porque doña Rosa probablemente se ha liberado de unas cuantas cosas ganándose el aprecio de la mayoría, incluso de los familiares de los pocos concursantes que habían tenido enfrentamientos con su hijo.
    Y al fin, además, como colofón de la noche, la victoria de Bea, su apuesta más arriesgada que a algunos todavía nos cuesta aceptar del todo en su credibilidad.  Una decisión en la que se reafirmó, su mirada lo delataba, mientras veía los vídeos tan ilustrativos de cómo se resolvió en las primeras semanas de concurso la cuadratura de los triángulos que formaron Pol, Adara, Bea y él. Era bastante evidente, me parece a mí, su satisfacción con todo lo ocurrido en contraste con el gesto de incomodidad de Adara ante las mismas imágenes de cómo evolucionó todo.  La naranjita y el genéticamente perfecto estaban resignados a ser segundo plato si los dos pijos predestinados a liarse en GH 17 no cuajaban, como así fue, pero creo que Bea sale ganando con diferencia respecto a Pol no sólo porque se lleva los 300.000 euros, sino porque Rodri podrá haberla condicionado, yo diría más bien reconducido, en algunos de sus comportamientos extremos y en su vocabulario, pero en lo fundamental no ha dejado ser ella misma a su lado; y a pesar de la diferencia de formación y origen entre ellos, él siempre le ha dado su lugar y están los dos en un mismo plano de igualdad, cosa que no ocurre según mi opinión entre Pol y Adara, porque el catalán se ha convertido en la sombra domesticada de la azafata y es incapaz de mirar ya a los demás compañeros sino es a través de la mirada y el tamiz de lo que opina su cuchufleta.

    Para una parte importante de la audiencia esta final ha resultado bastante descafeinada, pero al contrario de lo que se dice y se comenta por las redes creo que ha tenido más dosis de emoción de lo que confiesan algunos, sobre todo para todos aquellos que han vivido GH 17 como un guerra sorda sin cuartel entre dos concepciones enfrentadas del concurso, aunque lo digan con la boca pequeña, porque en realidad lo que se estaba jugando no era tanto quién se llevaba el maletín, que se ha convertido casi en algo secundario, sino dilucidar si al final ganaba Bea, la representante de la mugripandi (calificativo excesivo y para mí desacertado que los seguidores de Bárbara y Adara aplicaban a la mayoría del resto de la casa desde el día aquel aciago en que Rodrigo, torpe y corto de miras, convenció a varios de sus compañeros para ir al confesionario juntos y pedir a la audiencia que expulsasen a Bárbara por su actitud insoportable) o Meri, el último símbolo del club barbadárico, una pica en Flandes y digna sucesora del estilo egoísta, borde e incluso victimista (ella misma se auto proclamó "aguantavelas" oficial de la pareja la última semana) de las que fueron sus mentoras, particularmente la azafata.

   En definitiva, que la final no fue más que la resolución transferida en sus últimas representantes en la casa de dos formas paralelas e irreconciliables de vivir el concurso y cuyas líderes más significadas estaban ayer en el plató, y no en Guadalix como deberían, a causa de la dinámica diabólica de una edición tan teledirigida que fagocitó y devoró antes de tiempo a las verdaderas protagonistas de GH 17. Porque resulta triste y frustrante ver a dos ex concursantes como Clara y Adara sentadas juntas en la grada, una al lado de la otra, pendientes cada una de que ganase su amiga cuando deberían ser ellas las dos finalistas optando por el maletín aún a riesgo, para mi pesar, de que pudiese ganarlo la azafata.  Creo sinceramente que la verdadera final de esta edición se dirimió hace más o menos un mes cuando salió expulsada Clara por aquellas vergonzosas “tres putas llamadas” frente a Adara.
    Cuando hablo de amistad lo digo sobre todo en el caso de Clara y Bea, porque lo de las otras dos resultó algo más circunstancial por el apoyo que Meri le dio a Adara en el último tramo del concurso después de las idas y venidas entre grupos de alguien tan veletas como la pantera, algo que reconoció en la gala la azafata, que la recibió además con escaso entusiasmo y cariño en cuando entró en el plató como segunda finalista.  También, cuando me refiero a verdaderas favoritas y protagonistas excluyo a conciencia a Bárbara, porque el modo de concursar de la alicantina, junto a los inventos del club, el contraclub e intervenciones interesadas de la dirección del programa para azuzar a los concursantes unos contra otros, fue una de las principales causas de envenenar la convivencia y determinar el sesgo bronco y desmadrado hasta la insensatez que ha conseguido que por momentos GH 17 se haya convertido en una jaula repleta de personajes fuera de todo control hasta crear un ambiente insoportable para nosotros como espectadores.  El análisis de cómo hemos llegado a esto ya lo hemos debatido a lo largo de estos meses y probablemente nos queda aún todavía una última reflexión cuando todo se enfríe un poco y pasen los días, pero me quedo con la sensación de que nos hubiesen hurtado, por incompetencia y codicia de los que dirigen este cotarro, una edición que se presentaba bastante decente al principio con los mimbres que teníamos.

    Como hay que comentar algo más de la victoria final de Bea, me gustaría abundar en la idea ya expresada de que ganó la opción menos mala entre las posibilidades que nos quedaban en la final del jueves, una vez había salido Rodrigo de tercer finalista. No voy a desgranar las múltiples razones de esta opinión explicada profusamente en las últimas entradas y comentarios, pero siguiendo la línea de lo expresado en párrafos anteriores la principal razón sería porque la naranjita, de alguna manera, ha ganado por ella misma en gran medida, porque tenía sus propios fans y seguidores, carpeteros o no, un pequeño ejército de naranjitas o naranjotas que comulgó con su concurso y su forma de ser. Un concurso adornado además para sus incondicionales con esa relación que estableció con el madrileño respondiendo a la perfección, con sus luces y sus sombras, a las ansias carpeteras de una parte significativa de la audiencia. Por el contrario Meri, independientemente de sus méritos y toda la colección de sus deméritos, que es inagotable, si hubiese ganado estoy convencido de que una parte muy significativa de esos votos se deberían a los seguidores de Adara, y también de Bárbara, convirtiendo a la pantera en un medio de tomarse cumplida venganza por dar satisfacción a sus favoritas. Un bálsamo insuficiente, pero algo gratificante al menos, con que calmar la terrible frustración de ver a la azafata fuera de combate antes de tiempo. Menos da una piedra pero ni de esa pequeña compensación cobrada a través de Meri pudieron disfrutar.
   Desde mi punto de vista si hubiese ganado Meri esta edición se habría convertido ya definitivamente en la antología del disparate, como en el título de uno de aquellos famosos libros de hace bastante bastantes años en que un profesor recogía las barbaridades que los estudiantes escribían en sus exámenes, que vendría que ni pintado para la de Cornellá.  Meritxell ha logrado irritarme casi tanto como Adara, Bárbara o Fernando a lo largo de estos meses, aunque reconozco que en ocasiones me producía incluso cierta ternura cuando metía la pata hasta la cintura con ese atrevimiento tan característico de la ignorancia, pero sólo me duraba un par de minutos hasta que volvía tropezar con la misma piedra o entraba en uno de esos bucles interminables tan típicos de ella. Lo mismo que Adara, aunque de otra forma, interpretó mal el hecho de que fuese salvada en varias ocasiones, y en vez de rectificar sus defectos y evitar su parte negativa al volver a la casa insistía por el contrario en sus errores hasta el infantilismo y el absurdo pensando que eso era lo que pretendía la audiencia de ella. 

   Otro año más se acaba una edición de GH, la número 17, y después de ese ritual con tintes nostálgicos de ver como se apagan las luces de la casa hasta la próxima edición, si es que existe, he pensado que a pesar de que han intentado torpedear de forma miserable nuestro programa hasta conseguir desvirtuar prácticamente su esencia, compruebo con satisfacción que siempre quedarán esos momentos que son puro GH y que jamás podrán robarnos, como la emoción con que viven los concursantes las expulsiones, con o sin sorpassos, o la emotividad auténtica y a raudales que nos transmiten en el encuentro con sus familiares, o ese 24 horas que nos permite asistir a su evolución sabiendo que por mucho que pretendan interpretar un papel para nosotros, siempre habrá momentos en que bajarán la guardia para mostrarnos sus costuras y revelarnos sus emociones. Es muy poco, lo sé, dentro del marasmo en que se convierte el programa por culpa de intereses espúreos y editoriales infumables que condicionan el concurso, pero mientras nos dejen un mínimo resquicio desde el que vislumbrar la llama de la verdad en su convivencia será muy difícil que algunos dimitamos de forma definitiva aunque se convierta en un ejercicio de masoquismo consciente seguir un año más en la brecha.

Forastero marulo

jueves, 22 de diciembre de 2016

PEDES IN TERRA, VISUS AD SIDERA

    Estos últimos días de concurso se está demonizando a Rodrigo en las redes atendiendo entre otras cosas al cargo que su madre, Rosa, desempeñó hace años en televisión española y a los posibles enchufes que el chaval pudiese tener por esta circunstancia. No quiero entrar en esa cuestión porque son rumores habituales sobre los concursantes que suelen circular durante la edición difíciles de demostrar, pero ya he dicho varias veces, creo, y si no lo he remarcado suficiente lo vuelvo a hacer ahora, que siempre he tenido al madrileño agarrado con pinzas por su concurso en concreto, y más desde que fue cooperante necesario con la ayuda de Miguel y sobre todo de Pol, para poner al pie de los caballos a Montse cuando la subieron a la palestra gracias al poder del club que disfrutaban en aquel momento sin tener en cuenta, en su caso, que gracias a la "vida" que tenía la caja que la catalana le había regalado a Bea, su pareja, ésta pudo regresar a la casa después de salir expulsada. 

   Probablemente por aquella caja, y por otras rocambolescas carambolas que nos ha colado el programa - producto de la manipulación o la fortuna - él también está en la final, porque su concurso está totalmente mediatizado por la relación que mantiene con la naranjita, algo que él mismo ha confirmado hace unos días cuando aseguraba al hacer balance de su paso por la casa como finalista que su Gran Hermano es Bea y no le avergüenza decirlo.  Así que podremos criticar todo lo que queramos al chaval pero una afirmación tan rotunda, con todo lo que significa semejante confesión a un paso de la final y de los 300.000 euros del premio, esté jugando o no, demuestra cuando menos inteligencia, estrategia o sinceridad descarnada.  En función de como nos caiga el madrileño que cada cual elija una de las opciones, dos de ellas, o las tres a la vez, pero nadie puede decir de Rodrigo que es un mindundi o que su concurso ha sido irrelevante, y en mi caso, a pesar de todas las reservas que tengo con él a pocas horas de la final, creo que se merece el beneficio de la duda.

    No quiero parecer rencoroso a estas alturas pero si ya su manera de actuar en la casa demasiado reflexiva, fría y distante durante todo el concurso no me encandilaba; aquel varapalo a la granjera no ayudó a que tuviese una percepción más positiva sobre él. Soy perfectamente consciente de que es algo muy subjetivo, algo por otra parte consustancial a todo seguidor de GH, porque aquella situación y mi aversión natural de principio a las “karpetas” me condicionó demasiado a la hora de intentar analizar su concurso con más interés y sin prejuicios a pesar de que siempre reconocí y valoré que es un tipo educado que ha sabido mantener las formas sin dejar de expresar su opinión y sus preferencias cuando lo creyó oportuno.  Era también consciente de su inteligencia y de que era prácticamente el único que sabía discutir con Bárbara y Ádara sin perder las formas, con argumentos y sin necesidad de estridencias ni de montar espectáculos fuera de lugar. Y además jamás les bailó el agua.

    Es cierto que no ha sido uno de los grandes protagonistas de la edición pero tampoco es un cero a la izquierda como muchos lo quieren pintar aunque salga en la pantalla y en los vídeos casi más tiempo en modo horizontal que vertical.  Además considero oportuno apuntar que ha sido un concursante coherente que no se ha desviado un ápice del camino trazado ni ha renegado jamás de sus afectos dentro de la casa, sobre todo a partir del momento en que rechazó la carpeta con Adara – el tipo fue listo hasta para eso cuando fue capaz de verle a tiempo las orejas al lobo – cumpliendo de alguna manera con el dicho latino que lleva tatuado en su hombro derecho y que le recordó su padre en la carta de ánimo que le envió dentro de la caja de los regalos de Navidad: Pedes in terra, visus ad sidera (los pies en la tierra y la mirada en el cielo).  Una frase que retrata con bastante exactitud la línea de comportamiento que ha seguido durante todos estos meses, andando con pies de plomo, prudente y sin arriesgar en el día a día mientras tenía la vista puesta en conseguir que no lo nominasen y con el objetivo de llegar lo más lejos posible en el concurso. En definitiva, tocar el cielo de la final y porque no, soñar con el maletín aunque es consciente de que tiene pocas probabilidades de ganarlo. Un objetivo que ha conseguido con creces teniendo en cuenta sus virtudes tan justas en muchos aspectos como concursante ante compañeras tan potentes que sin embargo se han quedado por el camino.
   De cualquier modo, y tiene su mérito, ha conseguido colarse en la final sin estar nominado ni una sola vez salvo el día aquel en que la dirección del programa decidió nominar a toda la casa como castigo disciplinario cuando expulsaron a Noelia, otro borrón en su expediente por la actitud tan ambigua que mantuvo con ella sabiendo que la andaluza se pirraba por sus huesos. Y lo logró gracias a su estrategia en el juego ganándose el apoyo de una gran parte de los compañeros que le sacaron las castañas del fuego en los momentos claves de su concurso.  Rodrigo ha sido un concursante especial, de carácter flemático y contenido en las formas, una “rara avis” teniendo en cuenta el perfil que más abundó en una casa repleta de personas impulsivas, histriónicas e inestables.  Además nos ha abierto de par en par sus sentimientos y hemos descubierto poco a poco al chico vulnerable que no soporta las broncas ni los gritos a su alrededor porque siguen todavía frescas y a flor de piel desde la infancia las consecuencias de la separación tumultuosa de sus padres que le dejó una huella tan honda que ha condicionado y configurado su forma de ser y de comportarse en la actualidad. Es cierto que hoy en día desgraciadamente esto es el pan nuestro de cada día y hay cientos de miles de niños en este país que han vivido algo similar o peor, pero lo más significativo del “pequeño gorrión”, apelativo cariñoso que le ha puesto su madre, es su voluntad y atrevimiento de contarlo ante millones de espectadores por estrategia o convicción.  

    Entiendo las dudas con este concursante y que parte de la audiencia tenga la sospecha de si trata o no de utilizar sus tribulaciones y desgracias de "niño bien”, que venden mucho, para ganarse al público y conseguir así nuestra complicidad, pero cuando apenas sabíamos nada todavía de su situación familiar de niño rico venido a menos ni de la dimensión exacta de los efectos que tuvieron en su carácter las disputas entre los padres durante su infancia, me llamó poderosamente la atención que un pijo madrileño aparentemente de libro, con amigos pijos, de ambiente pijo de toda la vida y predestinado a liarse con Adara en el concurso (parecía que se lo habían puesto a huevo a los dos para que así fuera) estuviese tatuado de esa manera tan salvaje e invasiva que a mí particularmente tanto me horripila. Era algo que no me cuadraba en un tipo como él hasta que al final acabó renegando de la azafata, se lió con la chonija valenciana y poco a poco algunas piezas de su personalidad fueron encajando con bastante precisión gracias al juego de triángulos entrecruzados que se fueron creando entre ellos, y fue entonces cuando pensé que había un fondo de verdad en todo lo que nos había confesado.  En una edición tan fuertemente marcada por las concursantes femeninas, que son además las que normalmente me suelen interesar más en GH por su entrega al espíritu del programa, dentro del elenco masculino sólo él y Miguel lograron que me fijase en ellos con ganas de rascar más allá de las aparentes contradicciones que presentaban los dos cada uno en lo suyo.
   Precisamente, como en su momento me pasó con Ariadna en GH 13, una de mis preferidas de aquella edición que se llevó por la cara el jetas de Pepe Flores, he intentado desentrañar las  claves de su concurso leyendo en las señales marcadas a tinta en el mapa de su piel para entender algo que no encaja en absoluto con la imagen prejuiciada que tenía de Rodrigo.  Tanto el tatuaje del hombro que mencionó su padre en la carta de Navidad como la canción que lleva tatuada a lo largo de la espalda y dedicada al parecer a una novia anterior, conforman un conjunto de expresiones radicales y perennes que nos descubren un joven rebelde e inconformista rompiendo con los cánones estéticos del mundo del que proviene, algo que me hizo pensar que tal vez lo que dije al principio de su relación con Bea, si fusionamos la iconografía de sus tatuajes respectivos se acaba revelando que tienen más cosas en común de lo que a todos nos parece, y que no es tan descabellada ni tan poco creíble como se ve desde fuera la unión y la atracción de dos personas tan diferentes en apariencia. 

    Ahora que lo estoy viendo en el directo convenientemente tuneado para la final dentro de unas horas, con ese pelo corto teñido de gris plateado mientras charla tranquilo y relajado con la naranjita, recuerdo lo que dije de Rodrigo a finales de octubre cuando él mismo ya era completamente consciente de que su concurso estaba vinculado a ella y que si quería llegar lejos sería solamente a su lado: “Sin embargo, por el contrario, es Rodrigo el que tiene la sartén por el mango en su relación con Bea, y es él quién ha decidido en todo momento como dosificar los avances en el largo proceso de convertir de cara a la audiencia una amistad con derecho a roce en un idilio en toda regla, sobre todo desde que comprendió el verdadero significado de que el concursante número 17 los enviase juntos al picadero del contraclub”.  

    Dentro de unas horas sabremos en qué se queda todo y como se resuelve por fin esta edición tan controvertida.

Forastero marulo

sábado, 17 de diciembre de 2016

EL ESTILO ES EL HOMBRE

    Podría titular perfectamente la entrada con un rimbombante “El ganador de su puta vida”, y más después de que ayer Adara se despidiese de Miguel utilizando esa misma frase con evidente mala leche y un despreció infinito hacia el modelo después del intercambio agrio y duro de reproches en que se enzarzaron los dos durante esa especie de ajuste de cuentas, otra terapia más, y ya van varias, que se inventó el programa con la idea de subir a los ex concursantes a la casa para que se encontrasen en el confesionario con los cuatro supervivientes del concurso y enfrentarlos entre ellos sucesivamente después de ver juntos los vídeos con las disputas más polémicas que habían protagonizado durante la convivencia.  Al final decidí que no, que la mejor forma de homenajear a un concursante como el modelo, uno de los protagonistas para lo bueno y para malo de esta edición, era apelar a aquello que consideraba más definitorio del personaje inventado y ególatra que había usurpado a la persona real que se escondía debajo de toneladas de artificio y complementos intentando vender una imagen sublimada y sujeta a la dictadura de unos cánones estéticos determinados con la suposición de que así se le abrirían las puertas del universo rutilante y sofisticado de la fama. En definitiva, el camino del éxito y la felicidad negando y sepultando a ese otro Miguel más prosaico y verdadero. Y la palabra clave para titular todo esto es el estilo.

    Desde el momento en que nos enseñaron su vídeo de presentación, haciendo una defensa a ultranza del poder de la imagen personal, hasta el punto de que era capaz de falsear todo su aspecto y vivir instalado en un mundo paralelo para ofrecer una visión adulterada de sí mismo a los demás, con el objetivo de convertirse en un producto apetecible que justificase los sacrificios necesarios para mantener la gran impostura de una vida ficticia y frívola, me acordé de un famoso dicho francés: "Le style, c'est l'homme ". El estilo es el hombre, vamos, lo que define su esencia, aquello primordial que los demás perciben de alguien por encima de cualquier otra cosa y que constituye la primera puerta de entrada a su ser. El estilo, esa manera característica de ser y actuar que hace única y genuina a una persona, y que a veces se asocia indefectiblemente a la imagen externa. Dos conceptos estrechamente relacionados pero que no deben confundirse, porque una cosa es pretender dar una imagen determinada (lo que le pasaba a Álvaro con sus ropas llamativas y sus pintas estrambóticas) y otra tener ese estilo propio e inconfundible que te distingue de los demás.  
 
    No voy a engañarme, en algunos comentarios de entradas anteriores expliqué bien claro que me gustan las personas naturales y directas, algo totalmente compatible con tener un aspecto cuidado y agradable, sólo faltaría, y sin renunciar a los rasgos característicos de nuestra personalidad. Por eso comulgo mal con los afeites y maquillajes exagerados buscando el disimulo de la realidad, algo que trasciende lo meramente físico. Una cosa es resaltar la belleza y la generosidad de algunos elementos y partes de nuestro cuerpo, disimulando y atenuando de paso los defectos, y otra que intenten darnos gato por liebre aunque luego descubramos que detrás del juego de quién intenta engañarnos se muestren otras facetas que nos ganen y entendamos que una cierta dosis de engaño tenga su encanto y pueda entenderse a veces, e incluso justificarse, cuando rascamos más allá de la apariencias y nos encontramos con un fondo de autenticidad.  Lo cierto es que siempre asocié el excesivo interés por el ornamento y lo cosmético, a lo mejor injustamente, con la frivolidad y la falta de franqueza. 

    Sin embargo, por alguna extraña razón siempre sentí cierta simpatía hacia Miguel, y eso a pesar de que me repatea todo esa parafernalia de retuneo constante en el que vive y detrás del que esconde todos sus complejos, sus inseguridades y sus frustraciones.  Una ceremonia de la confusión plagada de seducción verbal e histrionismo a partes iguales para cautivar en la telaraña intricada de sus emociones a nuevos adeptos para la causa jugando a retorcer lo que haga falta, sobre todo a sí mismo. Un estado de cosas que sí forman parte de su estilo de encantador de serpientes y que de algún modo seguirán igual aunque se haya liberado aparentemente del yugo opresor de su imagen y sea verdad que ya se quiere por fin a sí mismo.
 
   Es curioso constatar que tanto él como Rodrigo, acabamos de saberlo en toda su dimensión, son herederos en su estilo actual, tan diferente cada uno, de una niñez complicada y difícil por las heridas que la vida inflige a veces a la personas en el territorio emocional de la infancia; el espacio más vulnerable, rico y maravilloso que nos marca a todos sin remedio para configurar los adultos en que nos convertimos. Del madrileño ya hablaremos, desde la caída a los infiernos que supone con frecuencia en la niñez la separación de unos padres y sus consecuencias hasta llegar el hombre templado que se mete en una aventura tan complicada como este concurso con la única pista del camino dibujada en sus tatuajes fuera de lugar o entregado en brazos de alguien tan vital y aparentemente tan distante de su mundo como la naranjita.  Miguel, al contrario, siguió derroteros diferentes a su amigo y decidió fantasear construyendo con precisión de orfebre esos múltiples migueles que utiliza para adaptarse al mundo y a sus miedos con la seguridad tramposa de la ocultación y el disfraz.  Desde el principio nos mostró su juego de espejos repletos de mentiras a través de un concurso cuyo epicentro fue siempre él mismo, una carga muy pesada que llevaba arrastrando desde hacía  tantos años, como ese ciempiés amarillo que le había regalado su padre antes del accidente que truncó de un tajo fatal y cruel la alegría en su casa hasta apagar para siempre el brillo de la ilusión que las luces de la Navidad reflejan en los ojos asombrados de un niño.
    Ya lo habíamos comentado, Miguel tenía escasas opciones de ganar, de hecho no tenía ninguna y ya se ha visto que se va justo a las puertas de la final, de cuarto, ese puesto tan denostado que nadie quiere y que dicen es el peor. Pero no nos engañemos, se trata de un puesto que para sí quisieran muchos de los expulsados hace semanas o meses, aunque se quedasen con la miel en los labios ante la posibilidad de tocar la gloria representada en ese maletín lleno de pasta y en la puñetera fama, a veces tan traidora, que supone hacerse con la victoria.  De todos modos quedar de cuarto, como sabemos,  tiene su parte positiva y una ventaja sobre los otros dos finalistas que serán meros comparsas del ganador o ganadora de la edición, porque conlleva la oportunidad que ellos seguramente no tendrán de una entrevista para él sólo en condiciones.

    Vale, que esa ventaja de salir en un puesto tan poco apetecible sería lo normal en cualquier otra edición, pero este año los despropósitos se suceden en cadena y el pobriño de Miguel no pudo disfrutarla como debería, en parte por culpa de Adara y Pol pero sobre todo por la trapallada (en gallego cosa mal hecha, sin arte ni cuidado) de entrevista, como él mismo tildó con toda la razón, que le montaron sin pies ni cabeza con ése que presenta totalmente desacertado una vez más, visiblemente nervioso, irritado, e incapaz de controlar el gallinero alborotado que se le armó en el plató. Es lo que tiene alimentar el monstruo del espectáculo, que al final el programa recoge lo que siembra. Otra cosa es que todo lo que ocurrió ayer en el fondo es lo que deseaba la cadena, o la productora (me da igual de quién es la responsabilidad), que es continuar con pulso firme la deriva “salvamizadora” cada vez más evidente del concurso hasta transformarlo del todo, aunque luego se lamenten hipócritamente con la boca pequeña. Todos sabíamos que el ajuste de cuentas que prepararon traería estas consecuencias. De aquellos polvos estos lodos.

    Volver a comentar e insistir en el bochorno que supuso la entrevista, por llamarlo de alguna manera, que ése que presenta perpetró con Miguel no tiene ya mucho sentido. Si acaso resaltar que el modelo insistió en el papel melodramático que ha imprimido a todo su concurso consciente de su protagonismo, algo  que se notó con claridad cuando se le veía asistir con embeleso y un rictus de satisfacción a las famosas imágenes de su momento culmen, esa cuidada escenografía que nos regaló cuando quemó su peluquín por medio de un conxuro purificador de todos sus monstruos mientras anunciaba su liberación a gritos al mundo y besaba después su imagen en los espejos dando la bienvenida a un nuevo Miguel renacido entre las cenizas de sus miserias.  Unas escenas que para muchos de nosotros fluctuaban entre el patetismo y la comicidad a pesar de la transcendencia que él quiso darle al momento.  Ése que presenta sin saber muy bien a qué jugaba, superado por las circunstancias, intentó darle una de cal y otra de arena, alabando de principio su protagonismo en la edición para calzarle a continuación que había sido un tramposo emocional.
  El caso es que ayer no me esperaba demasiado de la gala, pero entre los gritos y la enésima repetición de las broncas que se sucedieron tanto arriba en Guadalix, en el confesionario, como abajo en el plató, saqué alguna conclusión que me viene de perlas para lo mío y abundando en la idea de lo que he ido comentando en el blog a lo largo de estos meses. Creo sinceramente que Miguel, lo mismo que Bea y después Rodrigo les ganaron la partida a Adara y a Pol en sus respectivos careos con ellos. No voy a entrar en la polémica de si los vídeos que les pusieron favorecieron más a unos que a otros, lo que sí quiero constatar una vez más, en la línea de lo que dije en la entrada anterior, es que el genéticamente perfecto y  la madrileña van perdiendo puntos cada semana que pasa y quedan desarmados con una facilidad pasmosa en todos sus argumentos cada vez que entran en su bucle interminable y cansino. Adara, fuera de la casa, se está transformando en una caricatura triste de sí misma, con los peores defectos que mostró dentro del concurso y su gesto se va ensombreciendo hasta la amargura a medida que se acerca la final y es más consciente que ella no estará presente.  Pol, desgraciadamente, sigue empequeñeciendo a su lado, y ha perdido algunas de las pocas virtudes que tenía como concursante según mi punto de vista, como eran la espontaneidad y su espíritu abierto y de camaradería. 

   Por fin, tres meses y una semana después, nos encontramos a siete días tan sólo de la resolución definitiva de la edición número diecisiete de nuestro programa favorito, con tres concursantes inesperados en la final, salvo tal vez la naranjita. Bea, Rodrigo y Meri sonríen satisfechos e ilusionados con su destino soñado, pero completamente ajenos a la encrucijada que vivimos muchos seguidores veteranos del programa pendientes del proceso de transformación que se adivina en el futuro Gran Hermano después de un concurso tan guionizado como el de este año y más polémico que nunca. No sé quién ganará el maletín el jueves que viene pero como siempre, aunque tenga poco que decir, procuraré hablar de los tres hasta que se apaguen las últimas luces de la casa en Guadalix, porque a pesar de todo, nos gusten o no, ellos siguen siendo los verdaderos protagonistas.
Forastero marulo

sábado, 10 de diciembre de 2016

UN SALUDO AL SOL

    
    Nunca me entusiasmó demasiado utilizar el término “tibio” para calificar en GH a aquellos concursantes que no suelen mojarse y prefieren quedarse en un segundo plano ante la mayoría de las discusiones o enfrentamientos que se producen en la casa, o que viven agazapados y se esfuman como quién no quiere la cosa en cuanto se monta la bronca aunque les afecte a ellos de algún modo, directa o indirectamente. Comprendo que en algunas ocasiones ignorar las provocaciones intencionadas puede ser la mejor actitud, porque entrar al trapo no conduce en general a nada y al final es peor responder de forma impulsiva que quedarse callado evitando así que la persona que busca desestabilizarte de forma deliberada consiga sus objetivos, pero cuando se trata de injusticias flagrantes que afectan a compañeros que aprecias y no se merecen el ataque gratuito y fuera de lugar que están recibiendo delante de tus narices, me cuesta mucho entender que alguien no se posicione ni dé la cara por ellos. Con frecuencia la mansedumbre, la cobardía o la inacción para evitar el salir perjudicado es la peor opción y significa contravenir la primera de las tres leyes del buen concursante de Gran Hermano; ésas que aparecen expuestas al final de la columna derecha de enlaces del blog en homenaje a las célebres tres leyes de la robótica que formuló en su día Isaac Asimov en sus novelas de ciencia ficción.

    Sin embargo con Alain sí que viene a cuento hablar de tibieza para describir su comportamiento, porque en su caso se trata de un rasgo que ha caracterizado de manera particular su forma de concursar. El francés pretendió ser tan equidistante de todo y respecto a todos los grupos que durante gran parte del programa, excepto en las escasas ocasiones que no le quedó más remedio cuando le salpicaban a él mismo algunos temas, no dio la cara y se inhibió de dar su opinión en público ante situaciones que no le gustaban y en las que tenía normalmente muy clara su postura, sobre todo en aquellos ataques gratuitos de Bárbara y Adara a algunos de sus compañeros con los que se llevaba especialmente bien. Esta actitud de pretender no mojarse más allá de lo estrictamente necesario y como mucho hacerlo con una fingida neutralidad solamente cuando podía afectarle alguna cuestión de refilón ha sido para mí sin ninguna duda el aspecto más negativo de su concurso. Un patrón de comportamiento que continuó hasta que le tocó sufrir a él de manera directa e inequívoca esos ataques directos repletos de gritos e invectivas a su línea de flotación cuando estaba nominado, esas faltas de respeto de las que tanto ha hablado y que tanto le molestan cuando no le quedaba más remedio que bajar al barro para enfangarse aunque lo hiciese siempre con calculada “delicadeza” y un cierto estilo procurando no perder jamás las formas. 

    En definitiva, el “savoir faire” de los franceses que dirían algunos, algo muy de agradecer teniendo en cuenta el percal y el nivel griterío que ha dominado la casa durante estos meses pero que no le sirvió de nada para librarse a la postre de acabar engullido por la dinámica infernal del programa convirtiéndose en un simple peón decorativo como veremos dentro de un tablero suicida y dominado por potentes damas que han sido siempre las protagonistas de GH 17, y lo siguen siendo si exceptuamos a Miguel, tanto dentro como fuera de la casa. Y ojo, porque hablo siempre desde la perspectiva de un programa que en el fondo no es más que un reality show donde la convivencia significa a menudo implicarse y arriesgarse si se quiere ganar, algo que se puede hacer perfectamente, creo yo, sin faltar el respeto a los demás y sin perder las formas porque una cosa no quita la otra.  Cuestión diferente es que el objetivo de un concursante consista en durar simplemente lo máximo posible en el programa, como reconoció el francés durante la entrevista. La típica excusa que utilizan todos los que se quedan a las puertas de la soñada final.
    Nada, que alguna razón tenía ése que presenta cuando le planteó este asunto en el plató. Otro tema fue la forma tan tendenciosa de hacerlo a través de esa especie de acoso y derribo que practicó de “tiro al francés” durante casi toda la entrevista para que entrase por el aro de unas ideas demasiado prejuiciadas respecto a Alain cuando éste no le contestaba a lo qué él quería ni cómo quería que lo hiciese, sobre todo en el tema de su relación con Meritxell, más interesado por el morbo de saber lo que pasó debajo de las sábanas en las tres ocasiones en que cedió a la tentación de su entrepierna sabiendo que aquello no daría para más y le traería problemas con toda seguridad conociendo a la catalana, cuando lo más lógico hubiera sido insistir más precisamente en esto último, para que explicase a la audiencia las razones de no haber cortado con más contundencia cualquier acercamiento de ella dejándole claro sus verdaderas intenciones.  Ahí Alain reaccionó con rapidez y ante la encerrona que le tendió el que presenta dando a entender que Meri había confesado en la casa a algunos compañeros que bajo las sábanas hubo algo más que besos, visiblemente irritado le contestó que explique ella lo que pasó en realidad el día que salga de la casa. Alain volvió a sacar su vocablo preferido - el respeto - y calló la boca al presentador pero se fue de rositas sin la posibilidad de entrar a fondo en el tema, para comprobar la sinceridad de sus intenciones en toda esta opereta en la que al final se reflejó sólo su papel de víctima propiciatoria, hasta el punto de que gran parte de la audiencia después de asistir a la incombustible y machacona insistencia de la catalana intentando tener algo con él a todas horas acabó aplaudiendo a rabiar la liberación de sus cadenas “meritxélicas” gracias a su expulsión como el menos votado de los cinco que quedaban, aunque eso significase la imposibilidad de optar a ganar el maletín.
    Insatisfecho todavía ése que presenta, pero encantado con la entrevista tan dura que creía estar haciendo al expulsado, tanto que ni siquiera le dejaba contestar a las preguntas que el mismo le planteaba, continuó con su machaque en el asunto de su enfrentamiento con Adara, y sobre todo con Bárbara. Una actitud excesivamente beligerante que no pasó desapercibida para nadie cuando fue precisamente ayer el día que eligió para nombrar por primera vez al Gato Encerrado y su blog de la cadena, sacando incluso alguna de sus sentencias sobre el concursante expulsado para intentar desmontarlo en vivo y directo.  El caso es que el presentador se perdió en disquisiciones secundarias sobre si la alicantina lo trató de mueble o de zapato  en vez de profundizar más sobre las causas de su concurso tan “manso”, cuando era evidente que el francés en muchas ocasiones se mordía la lengua intentando quedar bien con tirios y troyanos, e intentaba aislarse del mundo ejecutando una repetitiva tabla gimnástica a diario mientras exhibía su torso desnudo y perfectamente esculpido para el disfrute femenino y migueliano de la casa, o se despachaba por las mañanas con su famoso saludo al sol, una contorsión muy zen y estudiada a modo de flexión pendular con reminiscencias coitales para mayor entusiasmo si cabe del personal.  Al final Alain volvió a desmontar el intento del que presenta de desacreditarlo por salvar el culo a Bárbara, cuando vino a decirle que sobraba la discusión y que no había diferencia entre llamarlo zapato o mueble, y que lo realmente significativo era que ellas tramaban ir a por él en las nominaciones y punto; algo que le molestó sobremanera teniendo en cuenta su fría estrategia de mantener su equidistancia, explicando que él tenía una relación aceptable con Bárbara y no le había dado la espalda cuando toda la casa estaba en contra de la bloguera.

    Tristemente el concurso del francés para lo bueno y para lo malo estará siempre supeditado a Meritxell, una chica caprichosa y bastante brasas a la que casi dobla en edad, y en concreto al error garrafal, por egoísmo y pura vanidad, de dejarse arrastrar y envolver en esa relación tan adolescente y temeraria para cometer, no una sino tres veces, un error de libro cuando jamás sintió nada por ella por mucho que intentase justificar cierta ofuscación de sus sentimientos en aquellos tres días. Y se trata de una equivocación no tanto por dejarse llevar por la tentación, que hasta podría entenderse, como por no saber cortar la situación a tiempo con la contundencia suficiente para dejar claro a Meri que no quería nada con ella.  Es evidente que a él le ponían infinitamente más Simona, y sobre todo Rebeca o incluso Clara, pero se llevó dejar por lo fácil y no supo manejar las implicaciones emocionales de un enamoramiento tan irracional de la catalana que en su ceguera creía ver señales inequívocas de que no andaba muy desencaminada en cualquier gesto, mirada o palabra atenta hacia ella por parte de su objeto amado. Y cuando era evidente que Alain la rechazaba, en alguna de sus múltiples discusiones que al final se acabaron desarrollando al nivel desquiciante y reiterativo que marcaba siempre Meri, ella llegaba incluso a recriminarle con todas las consecuencias a modo de chantaje emocional que él sabía que no podía contar todo porque le caería la cara de vergüenza. En fin, todo un disparate sin demasiado sentido que constituye el marco fundamental del concurso para los dos y donde ella ha salido mejor librada.

    Con todo, también creo que es de justicia destacar que el francés se ha ganado el cariño de la gran mayoría de sus compañeros, hasta el punto de que todos los expulsados se acercaron en masa a abrazarlo y a mostrarle su afecto cuando la puerta de GH se abrió para recibirlo en el plató. Incluso Adara se acercó a saludarlo con frialdad. Eso es algo incuestionable que dice mucho de este concursante, pero siempre me quedará la duda que me asalta con personas como él que rinden un culto excesivo a su cuerpo y a su imagen física. Esa necesidad casi enfermiza de gustar en exceso. Ese punto de narcisismo entremezclado con una deriva guay y zen de la vida a los treinta y ocho años de un tipo tan perfecto y que gusta tanto al sexo opuesto pero que es incapaz de sentar cabeza. No soy quien para valorar estas cosas y no tengo por qué cuestionar sus palabras de presentación que volvió a repetir al que presenta durante la entrevista cuando dijo que venía al programa dispuesto a todo e incluso a enamorarse.  El problema es que especuló demasiado y se encontró con Meri, que tendrá sólo veinte años pero de la vida sabe un rato, y ella se convirtió por gusto o a la fuerza en el centro de su mundo dentro del programa. En definitiva que su concurso fue un saludo al sol, muy estético y bonito de mirar pero prescindible.
   Ya tocará hablar en su momento de Meri, y de analizar si detrás de su antojo y empecinamiento por Alain no se esconde también el principal argumento de su concurso para mantenerse en la casa después de comprobar como una vez tras otra es salvada coincidiendo en las nominaciones con otras compañeras que todo el mundo daba por favoritas y fuertes dentro de la casa.  La realidad es que no tiene ni idea de lo que se está cociendo fuera en los platós, ni tampoco se imagina que para un sector importante de la audiencia frustrada por la expulsión de Adara la semana pasada ella representa el rastro de su sombra y su memoria; de manera que una parte importante de los que están votándola en positivo no es en concreto por su concurso, porque estoy seguro de que muchos de ellos aborrecen su espíritu veleta y no la soportan ni apoyan sus matrimoniadas insufribles e imaginarias con el francés. En realidad su guerra es otra y sólo están pendientes de su enfrentamiento a cara de perro con Miguel, porque en su figura se concentra el deseo de venganza de los seguidores de la azafata y Bárbara para alcanzar una victoria pírrica contra los verdugos de su favorita. Ese ejército carpetero de naranjitas que unidas a los seguidores de Clara, de Miguel y la mayoría de los expulsados dejaron fuera de combate a Adara.

    Con el francés fuera ya sólo nos queda por determinar cómo conseguirá el programa animar este tramo final del concurso tan extraño después de ver en el plató a concursantes como Clara, que sería una maravillosa finalista con esa mezcla tan explosiva y atrayente que da la franqueza salvaje que muestra sin tapujos con la más exquisita ternura cuando se emociona hasta las lágrimas ante los sentimientos a flor de piel de sus amigos. Por lo que nos contaron durante la gala, la dirección del programa pretende persistir en la idea de las terapias colectivas subiendo el próximo jueves a todos los concursantes expulsados a Guadalix para saldar cuentas pendientes con los cuatro pobres diablos que quedan en la casa. Resumiendo, que todo puede acabar en un verdadero aquelarre prenavideño por insistir otra vez en uno de los males que contaminó precisamente la convivencia en la casa todos estos meses. No aprenderán de los errores cometidos, pero como no están en esta recta final aquellos concursantes que los mandamases se esperaban, no quieren dejar los índices de audiencia en manos de las broncas chorras de campanillas que puedan darse entre Meri y Miguel, o lo que es peor, pendientes del morbo carpetero que despierte ante la audiencia esa relación almibarada bajo el cielo invernal y estrellado de Guadalix entre el caballero tatuado madrileño y la vagabunda chonipija, la más lista de todos con diferencia a pesar de su patente incultura, y que se dibuja en el horizonte como favorita incontestable para llevarse el maletín este año.  Pero ya hablaremos del tema porque el que más y el que menos está que "alucinoflipa con la waka" y es todo muy "hardcore". Nada, que tenemos que ir acostumbrándonos al nuevo lenguaje choni que nos espera de cara a la final. Yo, por si acaso, voy entrenando que no quiero que me coja el toro por los cuernos.
Forastero marulo