1.- Lo único necesario para el triunfo del mal es que los hombres buenos no hagan nada (Edmund Burke)

2.- Hay un límite a partir del cual la tolerancia deja de ser virtud (Edmund Burke)

3.- Es más fácil vivir con el odio que perdonar (Montse, GH 17)

sábado, 6 de abril de 2019

ALBERTO CORTEZ, IN MEMORIAM

   
    Recuerdo que Alberto Cortez era uno de los artistas sudamericanos que salían de vez en cuando en aquella tele en blanco y negro de mi niñez, el mismo color de un país expectante que en las postrimerías del franquismo presentaba un paisaje monocorde que iba ganando poco a poco colorido mientras se desmoronaba la dictadura al compás del deterioro físico y la agonía del caudillo. Un proceso fascinante y decisivo para los que tuvimos la suerte, en plena adolescencia, de vivir a finales de los años setenta del siglo pasado en primera línea y en directo la explosión que supuso la transición democrática en nuestras vidas y en la vida de todo un país que cambió para siempre. Una época donde sólo había como entretenimiento y como testigo de aquellos cambios tan vertiginosos una cadena de televisión, la uno, que veíamos obligatoriamente todos y que tenía, por tanto, audiencias millonarias

     Aunque se convirtió en un cantautor de prestigio que componía muchas de sus canciones y escribía sus propias letras, Alberto Cortez no era un cantante de los más populares, y otros intérpretes del otro lado del Atlántico tenían más fama y contaban con más presencia y eran más conocidos. Bueno, a lo mejor no era así pero a mí me lo parecía.  Lo que realmente me gustaba de él era su faceta de poeta, su voz timbrada, melódica y pausada con ese acento argentino que tanto me recordaba al de algunos familiares de mis padres y mis abuelos, emigrantes en Argentina y Uruguay, cuando volvían de vez en cuando de vacaciones o de visita a la madre patria.

    Pero lo que jamás podré olvidar era la emoción que embargaba a mis padres y sobre todo a mis abuelos cada vez que escuchaban su canción “El Abuelo”. Una emoción tan intensa e íntima que inundaba sus ojos de lágrimas y les costaba un mundo disimularlas por mucho que lo intentasen apelando a la discreción y al pudor que les producía mostrar sus emociones en canal.  El tema, que escribió y compuso Cortez para la cantante venezolana Mirla Castellanos, era un homenaje a su abuelo gallego emigrante en Argentina; y también lo es para la mayoría de nosotros, los gallegos, un pueblo de emigrantes donde los haya, sobre todo para las generaciones de nuestros mayores. Una canción especial que nos tocaba y todavía nos toca la fibra más sensible cada vez que la escuchamos.
      Alberto Cortez murió el jueves pasado 4 de abril en Madrid, ciudad en la que residía hace muchos años. Allá donde ahora se encuentre, descanse en paz.

Forastero marulo

domingo, 16 de diciembre de 2018

EL VALOR DE LA DISCRECIÓN

 
    Bueno, en realidad no tengo mucho que contar, ni tampoco demasiadas ganas, o eso creo, y asomo por ésta mi casa después de un año completo de hibernación voluntaria por aquello de abrir puertas y ventanas para que al menos entre un rato el aire y el sol a estas estancias, lo mismo que hacemos en esa casa familiar, normalmente de segunda residencia, que mantenemos cerrada durante semanas o meses y acudimos a ella para ventilar y darle un poco de vida, comprobando que todo sigue en su lugar y si es necesario hacer alguna reparación de urgencia. Algo parecido también a volver sobre una foto fija suspendida en el tiempo dentro de una bonita caja que nos gusta revisitar de vez en cuando con un nudo de nostalgia en la garganta.

    Con esa añoranza y también con alegría compruebo que en las casas de al lado, especialmente en las de mis queridas vecinas - “Gran Hermano Comentado” de Ácrata y “JKL Colaboreisons” de Jota, la vida sigue bulliciosa con ellas metidas a tope en el guirigay de GH Vip de este año. Por lo poquísimo que leo, veo que continúan con su entusiasmo y agudeza a raudales, y con el humor marca de la casa que siempre destilan. Debo reconocer que estoy totalmente desconectado del dichoso reality y todo lo que me llega de él son ecos lejanos en los márgenes de la prensa o en alguna noticia suelta que me encuentro cuando deambulo por la red a cuento de escandaleras y polémicas que se producen en el programa con los pintorescos concursantes pseudofamosillos que pueblan el concurso.

    No sé, este año, como en el anterior, voy por libre y respecto a la televisión sólo me ha dado por seguir en directo alguna que otra serie como “Estoy vivo”, que ha logrado interesarme lo suficiente como para verla siempre que puedo en su horario normal de emisión los lunes en la primera cadena de Televisión Española. También estoy enganchado, a medias, con Operación Triunfo 2018, gracias en gran parte a una concursante de mi tierra, Sabela, que logró cautivarme con su naturalidad y versatilidad, y porque ha tenido el atrevimiento de cantar en gallego y meterse en el bolsillo, de paso, a una parte importante de la audiencia. En un mundo como el actual en que prima el papanatismo por el pop en inglés que una chica se cuele en la final de este programa apostando por una canción en modo fado como “Negro caravel maldito” (negro clavel maldito), por ejemplo, un tema de la cantante gallega Rosa Cedrón con letra de un conocido poema de Rosalía de Castro, nuestra poetisa gallega y española universal, es todo un soplo de aire fresco. 
   En una España como la nuestra, que en estos días aciagos por tantas cosas, sobre todo por cuestiones políticas que nos quieren llevar una y otra vez al borde del abismo, estas pequeñas cosas siempre suman y te reconcilian con tu país y con tu gente, demostrando que se puede vivir con nuestra maravillosa diversidad, y enorgullecernos de todo lo que tenemos como un patrimonio común donde debería primar el buen gusto como es el caso y no la pulsión cainita que nos separa y divide y que, desgraciadamente, supura por la herida más perniciosa aún de las redes, como una Némesis gigantesca que promete devorarnos como individuos y como sociedad. Algo que, por cierto, no es particular de España sino que ocurre también en todas partes como una hidra venenosa que lo invade y emponzoña todo.

   En fin, que acabamos otro año más celebrando el aniversario de una Constitución ya cuarentona y todavía de muy buen ver pero a la que todo bicho careto pretende hincar el diente y llevársela al huerto para lo suyo, y a pesar de que a mí siempre me gusta pensar en positivo el panorama que se presenta resulta poco halagüeño. Para qué engañarnos. Y lo que ocurre en televisión, por hablar de algo menos elevado y grandilocuente, salvo honrosas excepciones, no es más que un reflejo de nuestra sociedad actual con sus defectos y virtudes, con el claro predominio de los primeros sobre las segundas. Una pena. Con todo esto sobre la mesa reflexionaba estos días sobre los propósitos y deseos que me quería marcar para el año 2019, que está ya a la vuelta de la esquina, y con la que está cayendo me vino a la cabeza la idea de recuperar y reforzar el valor de la discreción, una pequeña virtud que bien entendida puede ayudarnos y mucho a enfrentarnos con este mundo globalizado y amenazante que nos engulle sin remedio donde todo parece confuso y alienante. Lo digo porque la discreción, entre otras cosas, puede ser un potente antídoto contra la imprudencia, la insensatez y la estupidez que nos invade. Un cortafuegos vamos, la palabreja de moda que todo el mundo usa últimamente para defenderse de los "...ismos" que se atribuyen siempre al que piensa contrario a nosotros. Pero en este caso de verdad.

    Hablando de aniversarios, hace unos días me enteré de que youtube, la plataforma de vídeos de google en internet que lo inunda todo, lleva poco más de diez años funcionando desde que lo inventaron, trece para ser exacto. ¿Quién lo diría?. Y en tan poco tiempo, iniciando apenas la adolescencia, ha entrado con tal fuerza en nuestras vidas que lo mismo que nos ocurre con todo lo que tiene que ver con las "red de redes" hace que nos preguntemos cómo es posible que antes pudiésemos vivir sin él, hasta el punto de que, sobre todo para la gente muy joven, es inimaginable pensar en un mundo sin la posibilidad de su existencia.   Pensaba también, a cuenta de ésta y otras cosas, en que Gran Hermano cumplió 18 años el 23 de abril de este año que agoniza. No es casualidad que se haya convertido en un programa millennial, ese calificativo un tanto pretencioso pero significativo que se aplica a todos los jóvenes nacidos ya en este nuevo siglo, y que vienen de serie con una forma diferente de entender el entretenimiento y con otras formas de comunicarse gracias al mundo informatizado en que han nacido. La primera generación de la historia totalmente digital para la que internet, el mundo tecnológico y vivir pegados a una pantalla inteligente es algo tan consustancial a sus vidas como para nosotros lo era jugar de niños en las calles de nuestro barrio al escondite o a policías y ladrones mientras nos comíamos un bocata de queso con chorizo y entre medias leíamos tebeos.

    Un mundo nuevo repleto de "youtubers e influencers" enloquecidos por sumar likes y visionados a sus vídeos y con la pretensión constante de convertir en viral o “trending topic” nacional, europeo o mundial por internet cualquier cuestión puntual o polémica intrascendente, alimentada en muchos casos de forma artificial y tramposa para lograr ese objetivo donde es muy complicado separar el grano de la paja. Algo que se ha convertido hoy en día también en una de las mayores obsesiones de cualquier programa y reality que se precie, tanto en una gala propiamente dicha como en un programa satélite de debate sobre el mismo. En el fondo no es más que una forma de lograr el objetivo principal, y responder a la preocupación por aumentar el consabido índice de audiencia con que se desayunarán al día siguiente, y que por cierto está hecho unos zorros afectando en general a la mayoría de los productos televisivos: informativos, series, etc. Una caída del “share” que se explica en gran parte por la ausencia de los espectadores más jóvenes, y no tan jóvenes, que huyen de los canales clásicos, y dimiten en masa del consumo de televisión desde el sofá de sus casas con el mando a distancia en ristre en las horas punta de audiencia. De ahí la enorme popularidad y éxito de las nuevas plataformas asequibles como Netflix que permiten el consumo de productos audiovisuales sin la tiranía de las cadenas tradicionales.

    En el fondo todo esta muy relacionado, y vivimos inmersos de alguna manera dentro de un Gran Hermano mundial donde casi todos, en mayor o menor medida, nos dejamos grandes cuotas de la vida personal en este mundo paralelo cediendo una parte muy importante de nuestro tiempo y privacidad para alcanzar un discutible paraíso detrás de una frontera cada vez más borrosa entre lo real y lo virtual, tanto que a veces los dos mundos se confunden y se mezclan alimentando nuestra angustia y una especie de esquizofrenia para poder estar a la altura de los dos e incapaces, a menudo, de compaginarlos con sensatez.
    Para terminar este panfleto con tufo algo apocalíptico, que espero sepáis perdonar si llegáis hasta aquí, quería comentar que por casualidad me encontré este año en una revista, de la que no recuerdo ahora mismo el nombre, con una entrevista a Mercedes Milá donde la periodista y presentadora durante tantos años de GH confesaba que había superado una fuerte depresión que padeció con toda su crudeza durante las últimas ediciones del concurso que presentó.  Por lo que decía y los síntomas que relataba comprendí al fin el comportamiento errático, caprichoso y parcial de aquellos días en las galas que tanto criticábamos aquí durante las ediciones de GH 15 y GH 16.  Lo cierto es que hay pocas cosas peores que los problemas anímicos y desde este pequeño rincón donde tanto hemos hablado de ella, y generalmente para mal, le deseo de todo corazón que esté ya completamente recuperada.

Forastero marulo

viernes, 29 de diciembre de 2017

EN CASO DE DUDA CUENTA LA VERDAD

    Después de tantos meses sin publicar nada, desconectado totalmente de GH 18 y de todo lo que rodea al programa desde que hace un año en diciembre acabó GH 17, últimamente me ha dado por releer sin orden ni concierto algunas de las cosas que había escrito en el blog sobre ediciones anteriores a lo largo de estos años, y como si de una revelación sorprendente se tratase me he dado cuenta de lo mucho que he ido dejando sobre mí tanto en cada entrada, cuando intentaba analizar el concurso, como en los comentarios y opiniones a la hora de debatir y analizar los pormenores del mismo con todas las personas que han participado amablemente en este rincón durante este tiempo aportando su grano de arena, y en muchos casos con aportaciones fundamentales para que yo siguiese aquí, con esta casa abierta, embarcado en esta especie de locura transitoria que dura ya más de ocho años.   Toda una vida que ha pasado tan rápidamente que si me hubiesen dicho allá por 2008, cuando empezó GH 10 y entré por primera vez en el universo virtual del concurso a través del Gato Encerrado, que ahora mismo estaría aquí jamás lo habría creído.

    Estas reflexiones vienen a cuento justamente ahora, después de un año “in albis” en que he decidido no implicarme en esta edición que acaba de terminar por razones que expliqué en la última y precipitada entrada que publiqué en septiembre.  Tal vez por este vacío y distanciamiento absoluto del programa durante estos meses y tras ese vistazo un tanto circunstancial hacia atrás al releer de forma aleatoria lo que decía en algunos momentos a lo largo de estos años en el blog, me he percatado de que he ido dejando por todos los rincones de esta casa multitud de retazos sobre mí, la mayoría de las veces de forma inconsciente, como un rastro inconfundible reflejado en unas huellas que delatan por supuesto mi pensamiento y opinión sobre el concurso en cada momento, pero que sobre todo porque retratan mi forma de ser, mis vicios y virtudes.  En definitiva, un daguerrotipo de lo que soy revelado a través de un puzzle, caótico y coherente a la vez, con piezas diseminadas en cada esquina y en cada rincón de estas crónicas mundanas y compartidas, que explican quién soy de verdad mucho mejor que si un día me diese la ventolera y me pusiera a contar mi vida, mis sueños y mis deseos con pelos y señales a viva voz. Dios no quiera que traspase jamás esa línea roja.  Sólo puedo decir que tantos años después todo lo escrito es fruto fundamental de mi cosecha, sincera y particular, y en muy escasas ocasiones dejé de dar mi opinión completa sobre lo que creía del concurso. Estoy acostumbrado a ir a contracorriente, y si alguna vez no dije todo lo que pensaba, o callé sin más, no fue tanto por sentirme condicionado o juzgado sino por simple y pura prudencia, o por no dañar a terceras personas. Algo de lo que no me arrepiento.

    Como de ingenuo me queda poco o nada a mis años sé que opinar sobre GH, y más creando una plataforma como ésta, siempre trae algún tipo de consecuencias, algunas positivas y bastantes negativas. Aún así no deja de sorprenderme la confirmación de que  al final, como en el cuento de Pulgarcito, he ido dejando a lo largo del camino migas de pan o piedrecitas, según la versión del cuento, para llegar hasta el espíritu que siempre quise que empapase estas crónicas. O quizás ahora acabo de descubrir que en realidad son marcas que he ido dejando simplemente para reencontrarme a mí mismo llegado el momento oportuno para no perderme de forma definitiva. Como cuando se vuelve a las páginas de un viejo diario olvidado en algún rincón del desván o se releen antiguas cartas de amistad o amor y se tiene la singular sensación de que esa persona que aparece reflejada debajo de todas esas palabras escritas con emoción y entrega se corresponden con uno mismo pero sin reconocerla del todo, como si se tratase de un extraño que anida dentro de ti y al que observas con curiosidad desde fuera. Cuando veo esta casa marula totalmente ordenada y con cada cosa en su sitio, como me dijo una vez creo que Maltissa, y siempre con la obsesión de que este espacio no se convirtiese en un escenario caótico de batallas y guerras estériles o gratuitas que tan mal me lo habían hecho pasar en otros lugares de debate sobre GH por donde había pasado antes, acabo por comprenderlo todo.

    Una de las cosas que he aprendido desde el principio comentando el concurso de GH y, aún en mayor medida, también desde este reducto personal e íntimo de libertad, con acceso libre y abierto siempre sin restricciones pero sujeto a unas reglas básicas no escritas para que no se contaminase ni desvirtuase más allá de lo mínimo imposible de controlar, es la confirmación de que del mismo modo que ocurre en la vida real digas lo que digas y escribas lo que escribas siempre habrá alguien que malinterprete tus palabras, o lo que es peor, que siempre habrá personas dispuestas a hacer una lectura interesada y sesgada de tus comentarios y opiniones. Unas veces con razón, porque dan en el clavo y a lo mejor he dejado translucir algo distinto a lo que quería decir y me ha traicionado el subconsciente sin darme cuenta, y otras muchas porque simplemente no se comparte lo que uno opina, y en vez de argumentar desde una posición contrapuesta lo único que se busca es desacreditar tu punto de vista sin más. Pero bueno, el juego es así, y es lo que tiene mojarse. Hay que asumirlo.

    Otro tema que uno aprende en este camino virtual, también como en la vida real, es la necesidad de cuidar el tono, porque la mayoría de las veces causamos daño y herimos a los demás, o por el contrario en positivo, logramos convencer y/o seducir, tanto o más por el tono del cómo decimos las cosas que por el mensaje en sí mismo de lo que queremos decir. Sé que el mundo virtual es terreno abonado para el desahogo abrupto y la palabra gruesa, y cuanta más basura y escándalo se monte mejor para según qué cosas, y alrededor de Gran Hermano y sus intereses eso es una virtud para muchos, pero lo que me cuesta de verdad admitir es que aquellos que seguimos el programa participemos también de la escalada salvaje e incontinente, sin filtros, desde nuestra posición de seguidores entusiastas. Creo firmemente que la relativa impunidad que nos otorga el anonimato que disfrutamos detrás de un nick virtual no puede convertirse en un “todo vale” con carta blanca para liberar nuestros demonios y frustraciones sin ningún tipo de autocontrol. Eso no significa que debamos conducirnos en plan hermanitas de la caridad pero sí creo que todo esto debería atenerse a unas reglas básicas aunque no estén escritas en parte alguna ni haya nadie en concreto que nos impida saltarnos las convenciones mínimas de educación que solemos respetar en nuestra vida en general.
    En cualquier caso, una vez involucrados en el lío si metemos la pata o nos pasamos de frenada, porque nadie es perfecto y seguir un reality de este calibre nos vuelve con frecuencia apasionados y vehementes hasta límites insospechados, lo mejor siempre es pedir disculpas o reconocer el error si ése es el caso. Y cuando surjan las dudas lo más inteligente es ser sincero y decir la verdad, haciendo caso a la frase aquella de Mark Twain que me sirve de título para la entrada: “En caso de duda cuenta la verdad”. Eso no quita que considere sobrevalorada la sinceridad entendida así, a lo loco, y no estoy de acuerdo en que haya que ser sincero en todo momento, como esos concursantes que presumen de que no son falsos porque dicen todo a la cara y entiendan esta virtud como la facultad de decir todo lo que les pasa por la cabeza, sin filtros. Algo que me parece una majadería.   Si todos dijésemos siempre lo que pensamos a todas horas la convivencia sería imposible en cualquier ámbito de nuestras vidas. El verdadero problema es que creemos a menudo que la verdad coincide con aquello que pensamos, confundiendo la verdad subjetiva con la objetiva.  Lo importante es reconocer cuándo es necesario ser sincero y decir la verdad, aunque sea nuestra verdad, y tan importante o más es saber el “cómo”, porque decir la verdad puede convertirse en la tarea más complicada y difícil de todas con una serie de costes que no todo el mundo está dispuesto a asumir. Por eso la gente miente tanto, y la verdad con mayúsculas suele ser “rara avis” en la vida de todos. Y lo más complicado todavía, un triple salto mortal sin red, es decirnos la verdad a nosotros mismos, que acostumbramos a autoengañarnos mucho más de lo que engañamos a los demás. A veces tengo la sensación de que llevo engañándome durante los últimos ocho o nueve años con este blog, y que a lo mejor algunas de las cosas que determinadas personas me dijeron en su momento tenían su parte de verdad.

     Estar pendiente de este concurso significa comprender que Gran Hermano no es más que un castillo inmenso construido de mentiras y falsedades, o de verdades a medias, que esconde una única verdad: La convivencia de una serie de personas anónimas que discurre a la vista de todo el mundo. Y con dinero por medio. Un grupo anónimo de concursantes que desnudan sus glorias y miserias para nosotros, los espectadores, a cambio de un mísero plato de lentejas. Un reality repleto de intereses espurios y comerciales a los que servir e incapaz de subsistir sin plegarse a ellos. Lo fundamental sería encontrar el equilibrio dentro de unas reglas que conjugasen los intereses necesarios del negocio con aquello tan manido y sobado del espíritu de GH perdido que alumbró la fórmula del éxito de un producto televisivo que debe evolucionar, por supuesto, pero sin degradarse ni convertirse en una caricatura triste y corrompida de lo que fue.  Entiendo que en la vida esto suele ocurrir, que las cosas son así, que todo degenera y hay que aceptarlo pero al menos para mí, si continuase el concurso en ediciones posteriores me gustaría tener la oportunidad de seguir descubriendo y disfrutar de esas perlas de autenticidad que siempre relucen y emergen por encima de las toneladas de basura que inunda el programa. Esos momentos impagables que lograron engancharme al concurso, y que me gustaría recuperar para hacer borrón y cuenta nueva, y recuperar la ilusión perdida de seguir dejando migas en el camino.

    Muchas veces me he preguntado y reflexionado sobre si nuestra conducta es mejor o peor que la de ellos, los concursantes, que mantenemos y avivamos el programa observando, comentando y destripando sus vidas en la casa desde la comodidad ficticia que nos otorga el privilegio de contemplar desde la grada anónima este circo en el que nos abren sus vidas en canal.  Asusta pensar que desde las redes se pueda destruir en pocos minutos, con un paso en falso o con una frase desafortunada desde un blog o un twit la reputación que lleva tantos años construir. Resulta descorazonador comprobar lo fácil que es demoler algo y lo difícil que es volver a construirlo. En cualquier caso, a punto de acabar este año totalmente de vacío sobre el concurso en esta casa, me gustaría aprovechar para pedir disculpas a todas las personas que haya podido ofender o molestar alguna vez.

    No he sido muy consciente, pero tengo la impresión de que todo lo que estoy escribiendo destila desilusión por los cuatro costados.  Me hubiese gustado que en vez de esta indiferencia terrible me saliese esa rabia y ese enfado marulo que me provocaba el concurso a veces cuando veía que descarrilaba e iba camino del abismo, porque ese sentimiento lo controlo mejor, me espabila y sé que después de la tormenta y de desahogarme vendría la calma y volvería a disfrutar y a centrarme como siempre en la vida de los habitantes de Guadalix cuando vuelvan, si es que vuelven que esa es otra.  Ahora lo único que sé es que todo me suena a un epílogo preñado de desencanto, y estoy contando la verdad.



Forastero marulo

jueves, 21 de septiembre de 2017

PANDEMÓNIUM GH 18 REVOLUTION

    
     Bueno, a estas horas debo confesar que apenas he visto nada de la gala de presentación del otro día ni podré seguir esta noche la primera gala después de una par de días de convivencia de los elegidos en la casa de Guadalix. Esa es la verdad. Podría decir que es porque no me entusiasma el tremendo pandemónium que nos tienen preparado en la edición en que nuestro concurso - ¿Es realmente nuestro a estas alturas? - cumple la mayoría de edad con su edición número dieciocho. También podría poner como excusa que el país está tan mal y hecho unos zorros que uno no está para según qué fantochadas nos quiera endilgar a las bravas telecirco. Pero la verdadera razón, sin quitar importancia a lo anterior, es que ando con muy poco tiempo e intento aprovechar los pocos días que he podido pillar de vacaciones en otros menesteres más lúdicos y productivos.  Resumiendo, que tengo en estos momentos otras prioridades y muy pocas ganas de ponerme al asunto ante el panorama tan poco atractivo que se nos presenta a priori.
    Aún por encima, como decimos los gallegos atentando gravemente contra la gramática, me encuentro a Jorge Javier Vázquez como maestro de ceremonias de semejante tinglado otro año más, con ese careto fundido en fondo negro de un escenario detrás del que espera un centenar de ansiosos aspirantes a ocupar una de las veinte plazas con derecho a concursar del GH Revolution de este año. Un rostro de apariencia inquisidora, y casi inquietante, como aquel del Gran Hermano que vigilaba de forma omnipresente y dictatorial a todos los habitantes Oceanía, el mundo terrible que Orwell describía en "1984", su famosa novela futurista y distópica. Una obra a la que nuestro concurso debe su título. En fin, un presentador con unas formas y un modo de actuar que augura la superación con creces de todos los despropósitos de la edición anterior. 

    Y sinceramente, me entra una pereza infinita pensando en empezar de nuevo con la sensación de que no podré soportarlo por demasiado tiempo. Ahora mismo no puedo ofrecer un análisis debidamente argumentado de esta desazón que me oprime ante el comienzo del programa; y para ser justos no tengo elementos de juicio suficientes porque no he visto, como dije, prácticamente nada del concurso ni de los concursantes.   Se trata de una simple intuición y poco más puedo decir. Por una vez en muchos años no puedo ofrecer, en la que debería ser la entrada de apertura de la edición, mis primeras impresiones cogidas a vuela pluma sobre los nuevos concursantes de este año como hago siempre.  Así que ya veremos si logro engancharme en cuanto mi vida personal vuelva a la normalidad y si el rechazo visceral que tengo hacia al presentador y sus formas no me lo impide de forma definitiva.

Forastero marulo

sábado, 31 de diciembre de 2016

GH 17 DELUXE Y LA PRINCESA LEIA

    Una vez terminado el concurso, pensando uno de estos días en nosotros y en cómo transcurrió esta extraña y convulsa edición que hemos vivido y comentado con el gesto retorcido, como quién tiene que tragarse un órdago salvamizado a lo grande para comprobar nuestro aguante y la fidelidad inquebrantable que profesamos al formato, imaginé por un momento que me encontraba dentro del confesionario de una casa ya vacía donde reinaba el silencio y ni siquiera quedaban los ecos lejanos del ruido insoportable que se adueñó de sus paredes para torturarnos con saña durante más de tres meses.  Era de noche y sentado en ese sofá de color aguamarina, por donde antes pasaron todos los concursantes de GH 17, intentaba reflexionar rumiando mi desconcierto en la soledad de la penumbra desoladora que me rodeaba mientras buscaba respuestas a todas las preguntas que me había planteado, y pospuesto, desde el día en que empezó la edición a comienzos de septiembre y Mercedes Milá, con lágrimas en los ojos y un ramo de flores en sus manos, dejó el testigo del programa al nuevo presentador. Hacía un par de horas que los operarios se habían marchado tras apurar los cambios y las transformaciones necesarias para recibir con el decorado renovado a los futuros concursantes del próximo GH VIP dentro de poco más de una semana.  Y confuso, igual que el año pasado en estas mismas circunstancias, sentía aquello como una ocupación casi sacrílega que de alguna manera ha mancillado y contaminado, con sus influencias y sinergias indeseables, nuestro GH de siempre estos últimos años. 

    Sé que este GH de los famosetes de medio pelo que se avecina, repleto de personajes en horas bajas y alejados de los laureles de la fama buscando desesperadamente recobrar la gloria perdida, o simplemente ajustar cuentas con ellos mismos y con el mundo superficial y cainita en el que viven instalados, constituye todo un acontecimiento mediático dentro de la línea programática de la cadena. Además, una gran parte de la audiencia espera su emisión como agua de mayo mientras ellos van desvelando a cuentagotas qué supuestas celebridades van a concursar en esta edición.  Para muchos espectadores será, incluso, una forma de resarcirse de la decepción que les supuso GH 17, algo que a mí particularmente no me afecta porque sólo sigo el formato original y reniego de todos los sucedáneos aunque intenten vendérmelos muy atractivos y envueltos con lacitos dorados.  Sin embargo lo que verdaderamente me molesta y me subleva es la nefasta influencia, por ósmosis o lo que sea, que tienen todos estos subproductos en nuestro concurso, aunque entiendo perfectamente que muchos espectadores disfruten y se diviertan con ellos por encima incluso del Gran hermano de siempre. 
   En realidad tenía la intención de hacer un análisis exhaustivo a modo de epílogo final, que se va a quedar a medias, sobre las causas que nos han llevado hasta este punto de indignación y hartazgo con el programa, sobre todo porque durante las veintinueve entradas que contando con ésta le he dedicado a la edición en el blog, unas dos semanales como acostumbro, y conociéndome, me he mordido la lengua más que nunca y he hecho enormes esfuerzos para dedicar la mayoría del tiempo a hablar solamente de los concursantes evitando la vena crítica que me asalta todos los años y que a menudo me hace perder la perspectiva de lo que realmente me interesa: el concurso en sí y lo que pasa en la casa.   

   Nos lo han puesto muy difícil, en primer lugar con la decisión de elegir como presentador a Jorge Javier Vázquez, el estandarte omnipresente en todos los subproductos televisivos tipo “sálvames” marca de la casa.  Como no pretendo incidir demasiado en el rechazo prácticamente absoluto que me produce su forma de actuar dirigiendo el programa, uno de los lastres fundamentales de la edición por el mensaje claro que nos ha querido transmitir la cadena sobre cuál es su idea de lo que pretende que sea a partir de ahora el concurso con su presencia al mando de las galas, sólo apuntar que a los pocos días de comenzar GH 17 ya estaba echando de menos incluso a la peor Milá, aquella presentadora desmotivada, errática y parcial de las últimas ediciones. Jorge Javier se pensó que esto era pan comido teniendo en cuenta su expediente previo de domador de fieras televisivas, y no acabó de entender, hasta que fue demasiado tarde, que la audiencia del GH original es mucho más rica y diversa que en los otros programas que presentaba y muchísimos de nosotros no estamos dispuestos a comulgar con ruedas de molino sin más a costa de lo que sea y de forma acrítica.

    Aunque no es algo de ahora, porque viene de lejos, otro de los aspectos que ha superado este año todos los límites imaginables de nuestra paciencia ha sido la descarada y falsa doble moral que han intentando vendernos como si fuéramos unos recién llegados a este negocio.  He sido muy crítico con las formas y la deriva bronca de esta edición por obra y gracia de varios concursantes que han entendido que los gritos, los insultos y la agresividad manifiesta eran la mejor manera de avanzar en el concurso y de ganarse a la audiencia, la forma natural de superar el miedo cerval a ser calificados como "muebles" a descartar si no daban guerra, en el peor sentido de la palabra, desde el primer minuto. Unas conductas, en muchos casos sobreactuadas y premeditadas, que eran  premiadas de forma contradictoria por la audiencia para desesperación de algunos concursantes, y para muchos de nosotros como espectadores. 

    Como hemos dicho en varias ocasiones a lo largo de estos meses la editorial y el guión del programa han tenido una gran responsabilidad en esta situación, sino la que más, porque han alimentado a conciencia el conflicto de forma artificial azuzando el enfrentamiento entre los concursantes por todos los medios posibles (club, contraclub, alegatos, contralegatos, micrófonos abiertos para escuchar las reacciones del público en el plató, las cajas salvavidas, las tres putas llamadas de diferencia, los cambios de criterio en los juegos etc.) con la evidente intención de subir los niveles pobres de audiencia que se estaban cosechando este año. Después, cuando los límites de la convivencia reventaban hechos pedazos y se llegaba a niveles de enemistad y agresividad preocupantes, la dirección del programa montaba con ellos sucesivas terapias, castigos colectivos disciplinarios que acababan pagando los más inocentes o discursos repletos de moralina hipócrita de cara a la galería para lavarse la manos como Pilatos ante el cariz que llegaron a alcanzar las fricciones dentro de la casa en no pocas ocasiones.
    Tal como comentamos en su momento, desde la dichosa editorial del programa se jugó toda la edición a ejercer de pirómano irresponsable para incendiar primero la convivencia entre los concursantes buscando retroalimentar y avivar continuamente sus disputas, para ejercer luego de bombero salvador intentando apagar las llamas devastadoras que ellos mismos habían propiciado.   En fin, poco más que decir, todo un despropósito de grandes proporciones si sumamos además el descarado apoyo logístico ofrecido a cualquier tipo de carpeta amorosa que surgiese entre los concursantes.  Como decía en el título de una de primeras entradas del blog en septiembre se buscó y se animó desde el programa, en una actitud mamporrera que causaba vergüenza ajena, a conseguir la fórmula perfecta: la cuadratura de los triángulos. Una deriva carpetera que condicionó de forma significativa más que nunca, creo, el desarrollo del concurso.

    Decía Prudent en un comentario genial de una de las últimas entradas del blog muy acertadamente que GH Deluxe se había tragado por completo a nuestro GH, igual que una boa enorme traga y devora su presa y la va digiriendo lentamente durante semanas o meses, en este caso durante años, alimentándose de toda su energía hasta que acaba regurgitando lo queda de ella: una piltrafa nauseabunda y grimosa, un amasijo de huesos y pelos irreconocibles que no se parecen en nada al original.  Más o menos lo que ha pasado este año con Gran Hermano, que ha tenido que amoldarse definitivamente al papel secundario que le han asignado al concurso dentro de la rueda de programas salvamizados y entrelazados por medio de un sistema ponzoñoso de vasos comunicantes, que como un monstruo mediático e insaciable devora todo lo que toca dentro de la cadena amiga, especialmente en los últimos tiempos.  

    Gran Hermano es una criatura delicada y compleja que llevaba muchos años sufriendo embates furiosos desde el exterior, pero los golpes más brutales provienen sobre todo desde dentro mismo del programa a través de cambios traumáticos que ya avisaban de su probable declive, hasta el punto de que nosotros mismos, un tanto apocalípticos y melodramáticos, habíamos pronosticado más de una vez su desaparición segura para la edición siguiente.  En esta ocasión, por fin, GH ha claudicado y se ha dejado arrastrar por "el lado oscuro de la fuerza" bajo la férula implacable de Jorge Javier Vázquez, convertido en una especie de Darht Vader de circunstancias. Sólo unos pocos rebeldes perdidos por las galaxias de internet y refugiados en algunos planetas libres del sistema intentamos resistirnos ante un poder tan descomunal y arrollador.

   Perdido en medio de estos pensamientos sombríos, y sumido todavía en la confusión, me entero de que "el lado oscuro de la fuerza" también se ha llevado a Carrie Fisher a los sesenta años. La actriz, que siempre será la princesa Leia en nuestros corazones, nos abandonó justo a esa edad en que muchas mujeres son por fin dueñas de sí mismas y de su destino para quedar instalada en el imaginario de toda una generación de adolescentes cinéfilos que asistimos asombrados desde las salas oscuras de aquellos cines antiguos al nacimiento de un mito y de un icono.  Sólo espero que "la fuerza la acompañe" en su viaje rumbo a la eternidad dentro del Halcón Milenario hasta esa "galaxia muy muy lejana" pero tan próxima al territorio de los sueños que siempre compartiremos con ella y sus compañeros de travesía intentando recuperar el imperio en peligro. Y deseo también que "la fuerza nos acompañe" a nosotros en este año tan complicado que nos espera en el mundo real, y por supuesto en Gran Hermano, para resistir como ella hasta las últimas consecuencias.

Forastero marulo