1.- Lo único necesario para el triunfo del mal es que los hombres buenos no hagan nada (Edmund Burke)

2.- Hay un límite a partir del cual la tolerancia deja de ser virtud (Edmund Burke)

3.- Es más fácil vivir con el odio que perdonar (Montse, GH 17)

viernes, 17 de junio de 2016

¡TE QUIERO CADA DÍA MÁS!

ADVERTENCIA PREVIA: Esta historia, como todas las "historias marulas de GH" publicadas en el blog, y van siete, es pura ficción y no tiene nada que ver con la realidad. Son simples especulaciones desbocadas de un fan del concurso saldando cuentas pendientes consigo mismo como comentarista.  Lo que no quiere decir que tal vez en el futuro o en una realidad paralela sí pueda ocurrir.
    El establecimiento estaba a tope y no cabía un alfiler como casi todos los sábados.  Él consiguió entrar con sus dos colegas porque conocía al dueño hacía tiempo y uno de los armarios empotrados con cara de malas pulgas que ejercía de portero lo reconoció y los dejó pasar aunque a regañadientes. Nada que ver con las sonrisas y las palmadas en la espalda de otros tiempos, cuando reclamaban su presencia en todas las fiestas y saraos de la comarca para dar color y vidilla a algunos locales nocturnos de moda como reclamo para atraer determinado tipo de clientela sedienta de morbo.  Por aquel entonces se encontraba en la cresta de la ola, justo en los meses posteriores a salir del concurso hace ya unos cuantos años, un periodo que se alargó durante aquel verano cuando se convirtió en asiduo de aquel local que acababa de inaugurar y necesitaba publicitarse para hacerse un hueco entre la competencia. Él se dejaba caer por allí con algunos compañeros del concurso, y otros famosetes de medio pelo, y eso le dio carta blanca durante un tiempo para entrar sin problema cuando quisiera y tomarse unas copas a cuenta de la casa.

   Todo aquel esplendor había pasado, se lo había llevado el viento, y ahora era un personajillo más, ya amortizado, caído en el olvido como otros muchos de la farándula y el famoseo a los que se les ha pasado el arroz pero pretenden seguir haciéndose visibles en los lugares de moda convencidos de que la estela de su popularidad permanece todavía intacta, esperando un golpe de suerte que les permita seguir tirando en "bolos" televisivos, o que suene la flauta y consigan salir en la portada de alguna revista de cotilleo cobrando unos buenos dividendos después de dar la campanada por ligar con un mirlo blanco que les rescate del ostracismo y les devuelva a esa primera plana que casi todos los de su clase - hijos y carne de reality - creen merecer.

      El local sin embargo, fundamentalmente la parte del karaoke que estaba arriba a la altura de la calle, porque en su sótano era un disco-pub de moda, se había convertido ahora en un referente de la noche de la ciudad andaluza para cualquiera que cantase medianamente bien, y además había adquirido cierto caché entre la clientela más granada y cool para acabar cualquier fiesta o celebración por la noche invitando al personal a demostrar sus dotes vocales, estilo operación triunfo, o  para torturar los tímpanos de los demás cuando las copas habían rebasado ciertos límites sin el menor atisbo de vergüenza por parte de aquellos más inconscientes y atrevidos que eran incapaces, en su estado, de leer las letras de las canciones que aparecían en las pantallas.  Para otros no era más que una forma agradable y entretenida de calentar motores antes de comenzar la noche. O de acabarla dignamente.

   Como era todavía demasiado temprano, antes de bajar al pub directamente, que era su pretensión, decidieron entrar en el karaoke para matar tiempo y entrar en materia. Él sabía que podía encontrársela por allí. Alguien le había comentado que era una habitual y solía acercarse con su nueva pareja y su grupo de amigos para tomar unas copas, cantar y divertirse. Algunos de esos acompañantes eran conocidos también del famoseo patrio. Sobre todo después de que ella volviese a participar en otro concurso de la "cadena amiga" y porque de vez en cuando la llamaban como concursante veterana para comentar algunas galas en sucesivas ediciones del programa en el que habían entrado juntos a concursar y se hicieron conocidos. El lugar donde se amaron, se odiaron y al final se separaron definitivamente. Aún así, cuando se la encontró de bruces sentada en el local con su grupo de amigos, risueña, y tan guapa y espléndida como siempre, enfundada en un traje rojo ajustado que resaltaba sus curvas rotundas y con un escote de vértigo, como la noche aquella en que la expulsaron del concurso para enfrentarse a los leones, sintió una punzada dolorosa y nostálgica que lo atravesó como un escalofrío de arriba abajo dejándolo paralizado por unos instantes que le parecieron interminables. En realidad duró lo justo, hasta que la mirada levemente bizca y cálida de ella se cruzó con la suya y uno sus amigos le dio un empellón anunciando a gritos y con retraso la presencia de su ex.

- Eh tío, ¿Te has dado cuenta de quién está el local? - Y remató - ¡Joder, qué buena sigue estando la cabrona!.

    El respondió asintiendo con un simple murmullo casi inaudible. En ese mismo momento un par tipos medio beodos, a los que se le unieron en el escenario cuatro o cinco más tan fornidos y cuadrados como ellos, empezaban a cantar el ¡Soy minero! de Antonio Molina y toda la sala casi al unísono, como la correa de transmisión de una máquina infernal, coreaba el estribillo de la canción mientras los dos fulanos rodeados de sus colegas, brutos como arados, aumentaban su entusiasmo por momentos convencidos de que eran la repera.  En medio del barullo monumental que se formó localizaron la última mesa vacía relativamente cerca del escenario y pidieron una copa.  Él, normalmente parlanchín y dicharachero, permanecía callado y visiblemente incómodo y no hacía más que ver de reojo hacia su ex que después del encuentro inicial de sus miradas parecía no reparar en su presencia mientras charlaba y reía divertida con su grupo dos o tres mesas más allá de donde ellos se habían sentado.

   Pasaron unos cuantos minutos, un tiempo en que se interpretaron un par de canciones. La primera por un cliente que actuó como solista de una forma bastante decente, y a continuación una pareja que con peor fortuna hacía lo que podía para sujetar los gallos insufribles que se les escapaban por la garganta a borbotones destrozando una canción de moda para regocijo y chufla de los presentes.  Apenas terminó la pareja de castigar los tímpanos de todos, él se levantó tras anunciar a sus colegas que iba a solicitar una canción.
- ¡No jodas! Cómo vas a salir a cantar con ella ahí. Pasa de todo tío - Le dijo uno de sus amigos con una barba hipster algo descuidada.  Le contestó que no se preocupase, que le apetecía cantar porque hoy estaba con ganas y que le daba igual quien estuviese en la sala.

    Cuando se acercó a la cabina se le arrimaron en el camino un par de chicas muy jóvenes y bastante atractivas, de unos veinte años, que lo reconocieron. Sin dejar de mirar de reojo hacia la mesa donde ella estaba sentada, les siguió la corriente y tras un breve intercambio de saludos y lugares comunes las invitó a tomar una copa con sus amigos.  Las chicas aceptaron  encantadas y después de solicitar su canción regresó con ellas a la mesa para presentárselas a sus amigos mientras les guiñaba el ojo cómplice y levantando el pulgar de la mano derecha. Poco a poco se fue animando convencido ahora de que seguía siendo el mismo de siempre y su fama perduraba a pesar de todo.  Nada estaba perdido, pensó, pero aún así detrás de las risas, casi carcajadas, con sus amigos y sus nuevas acompañantes, no podía evitar que se colase de vez en cuando un rictus amargo en su semblante al saberla ahí feliz y espléndida; ella que lo fue todo para él, tan cerca físicamente como alejada estaba ahora de su vida.

    Estaba bromeando con una de las dos chicas que se sentaron con ellos en la mesa, una rubia de ojos verdes simpática y atractiva totalmente centrada en él y que intentaba desde hacía unos minutos leerle las líneas de la mano con evidente complicidad, cuando su colega le dio un codazo señalando con un gesto de la cabeza hacia el escenario. Él estaba tan entretenido y relajado con la chica que acababa de conocer que se había olvidado completamente por unos minutos de su ex. Y allí estaba ella en el escenario, con su amiga morena de piernas interminables color canela. Todo el mundo en el local, como hipnotizado, dejó aparcado lo que estaba haciendo y se quedaron pendientes de ellas. Después de estirar sus exiguas minifaldas y recolocar sus espectaculares escotes prepararon y ajustaron el micrófono, mientras carraspeaban simulando aclarar la voz y hacían chistes y comentarios superficiales para relajarse consiguiendo arrancar sonrisas de la gente y algún que otro tímido aplauso.

     El grupo, de unos diez individuos, al que pertenecían los dos tipos que hacía un rato habían subido a cantar "Soy minero", saturados de alcohol hasta las orejas a esas alturas de la noche y en plena celebración de lo que parecía una despedida de soltero, cuando se percataron de quiénes iban a cantar, rugieron como una manada de búfalos en celo montando un alboroto ensordecedor y desagradable. Ella, simpática como siempre, y dueña de la situación, con mucha coña y gracejo, solicitó muy ceremoniosa al público que tuviese paciencia y que no se alborotase, asegurando con toda solemnidad que no iban a defraudar a nadie.  Cuando acabó su breve discurso acompañado en todo momento por los silbidos del grupo también pudo escuchar algunos de los piropos que les dedicaban, la mayoría subidos de tono e incluso de mal gusto. Él, anticipando el panorama que se avecinaba, retorció el gesto con preocupación y se lamentó por lo bajo de que ella no había cambiado, de que seguía como siempre, incapaz de evitar seducir a cualquier animal de dos patas supurando testosterona con su sola presencia y su sonrisa; con sus gestos y su tono de voz ronco y pausado al hablar siempre a juego con su mirada sugerente, irresistible y ligeramente bizca.

   Ignorando a la jauría desbocada las dos agarraron a la vez el micrófono con mimo y mucha picardía y comenzaron a cantar "La mala costumbre" de Pastora Soler poniendo toda la emoción y sentimiento pero también con mucha sensualidad mientras interpretaban la canción divertidas y a la vez entregadas.

Tenemos la mala costumbre de querer a medias,
de no mostrar lo que sentimos a los que están cerca,
tenemos la mala costumbre de echar en falta lo que amamos
sólo cuando lo perdemos es cuando lo añoramos.
Tenemos la mala costumbre de perder el tiempo,
buscando tantas metas falsas tantos falsos sueños.
Tenemos la mala costumbre de no apreciar lo que verdad importa,
y sólo entonces te das cuenta de cuántas cosas hay que sobran...

    Apenas habían acabado la primera estrofa cuando uno de los elementos más ruidosos del grupo aulló como un condenado por encima de la música y de la voz melodiosa de las chicas:
- ¡¡Nenas dejad esa cebolleta y cogedme la mía que os vais a enterar de lo que es un instrumento de verdad!!.
    Los amigotes del energúmeno le rieron la gracia con mucho alborozo y sonoras risotadas mientras ellas seguían a lo suyo, con la canción, como si no hubiesen escuchado nada.  Él, que se sintió de inmediato destinatario de la letra de la romántica canción elegida por su ex, como si fuese un mensaje en clave, se estaba poniendo cada vez más tenso ante el cariz de los acontecimientos. No habían acabado todavía con el cachondeo el grupo de indeseables cuando el mismo tipo de antes, envalentonado y jaleado por los demás, se levantó y mirando a sus compañeros mientras señalaba de forma acusatoria hacia el escenario se preguntó a grito pelado si se habían equivocado de local y estaban en realidad en el barrio chino:
- ¡Joder tíos eso no son minifaldas, son camisetas cortas! - Remató

   Ellas, muy profesionales, ni se inmutaron y siguieron cantando, cuando otro de ellos, borracho como una cuba, se fue hacia el escenario dando tumbos entre las mesas. En un par de segundos estaba allí plantado frente a ellas que hacían como si no existiera y miraban hacia la sala como si el tipo fuese transparente. El majadero, que apenas mantenía el equilibrio, sacó un billete de cincuenta euros del bolsillo y lo agitó delante de sus narices.
- ¿Rubia, cuánto cobras? - Le espetó.

    Mientras el compañero actual de su ex, sin intervenir, se dirigió rápidamente hacia la puerta del local, seguramente en busca de los porteros o alguien de seguridad, él no aguantó más, se levantó como un resorte y recorrió en dos o tres saltos la distancia hasta el escenario y se abalanzó con una rabia infinita sobre el energúmeno. Los dos acabaron rodando por el suelo con la inercia del encontronazo mientras el billete que había saltado por los aires con el golpe, revoloteaba y caía pausadamente sobre sus cabezas. 
- ¡Cabrón, aquí la única suelta es tu puta madre!.  Gritaba él fuera de sí lanzando puñetazos a diestro y siniestro contra el bulto aturdido del borracho faltón que debajo de él se tapaba como podía la cabeza intentando parar la ensalada de tortas que estaba recibiendo. 

   Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos, el grupo de alborotadores al ver a su amigo en apuros se lanzaron en masa a ayudarle mientras sus dos colegas, petrificados sin saber como reaccionar y sin entender muy bien lo que había pasado, observaban la surrealista escena sentados en la mesa con las chicas que acababan de conocer hacía un rato gracias a él y que tampoco salían de su asombro. Cuando él quiso levantarse, sin soltar al borracho a quien tenía agarrado fuertemente por el cuello, recibió una lluvia de golpes y patadas desde todos los ángulos posibles mientras intentaba defenderse como podía. De reojo se percató de que ella, intentando defenderlo, se había colgado del cuello de uno de los brutos, un gañán enorme con los brazos totalmente tatuados, y le tiraba del pelo chillando enfurecida. El tipo intentaba sacudírsela de encima pero era incapaz de soltarla. Entre el tumulto y los fogonazos visuales por culpa de los puñetazos que recibía le pareció ver como se acercaba uno de los porteros de la entrada para detener la trifulca. Justo en ese momento todo se fundió de negro y se desvaneció.
    Con la sirena a todo trapo la ambulancia atravesaba las calles de madrugada camino del hospital general en las afueras del ciudad. Los sanitarios - una doctora, una enfermera y el conductor - después de atenderlos en primera instancia los habían subido juntos en el vehículo. Semiinconsciente todavía, se encontró sujeto y abrigado en una de las camillas con un aparatoso collarín y una mascarilla que le ayudaba a respirar. Tenía los ojos hinchados y amoratados y un hilillo de sangre discurría ligeramente por la comisura del labio inferior cosido con varios puntos en un par de sitios. Las luces del interior de vehículo medicalizado bailaban y desdibujaban el rostro de una enfermera rubia de mediana edad que estaba pendiente de él e intentaba calmarlo, mientras ajustaba con delicadeza el collarín que le habían colocado preventivamente después de la paliza y acababa de limpiar un reguero de sangre casi seca que discurría por su cuello.  

    Gracias a los efectos del sedante que recibió en vena ya no siente el dolor punzante de las costillas, algunas seguramente rotas después de la patada brutal que le propinó en medio del tumulto aquel animal de metro noventa cuando estaba en el suelo, y se encuentra relajado y tranquilo mientras oye remota y algo distorsionada la voz profesional de la doctora que da instrucciones por teléfono al hospital anunciando la llegada de dos heridos: Un varón de unos treinta años con pronóstico reservado y una mujer de similar edad, leve, con contusiones y una probable fisura en el brazo derecho que es necesario valorar. Mitigado el dolor, ahora ya sabe que la visión nebulosa de que ella se encontraba con él no era un simple sueño. Estaba allí a su lado y también herida por defenderlo, y no fueron imaginaciones suyas cuando la vio metida en medio de la pelea agarrada como una pantera al cuello de uno de aquellos bestias.

   A pesar de su estado precario siente la fuerza de su presencia, su magnetismo, y le envuelve ese perfume suyo que tanto le gustaba y que ella siempre se ponía para salir de fiesta. Un aroma que invade todo el habitáculo arrinconando el olor penetrante e inconfundible de los productos hospitalarios del vehículo medicalizado, y anulando también por completo el tufo rancio de la mezcla de sudor y sangre que inunda un espacio tan pequeño. Intenta aspirar con fuerza para ensanchar sus pulmones y empaparse de su fragancia pero el pinchazo punzante de sus costillas rotas sobre los pulmones frenan en seco su intento y gime de dolor. La enfermera toca su frente y agarra con firmeza su mano y le dice algo que no entiende para tranquilizarlo.  Entonces cree oír su voz. Parece lejana pero sabe que ella está muy cerca, en la camilla de al lado.

- ¿Se pondrá bien, doctora? - Percibe el ligero temblor de su voz ronca y rotunda producto de la preocupación. Su corazón se acelera y retumba como un tambor en sus sienes empujando en su vaivén alocado una pequeña lágrima de emoción que humedece su ojo izquierdo, el único que permanece ligeramente abierto, como el de un boxeador tremendamente castigado después de un despiadado combate de doce asaltos.

- Bueno, después de unos cuantos puntos de sutura en toda la cara y recomponer un par de costillas rotas creo que no tiene nada más. De todos modos hay que esperar a una exploración más exhaustiva en el hospital y le hemos puesto el collarín por seguridad. Pudo ser peor, la verdad.
Y tú no te preocupes - continúa la doctora - que lo tuyo no son más que unas escoceduras que es necesario limpiar y desinfectar. Lo del brazo seguramente será sólo una fisura que se solucionará con unos días de descanso y un cabestrillo.

- ¡Gracias! - Responde ella más tranquila.

    Él quiere llorar pero no puede, quiere hablar y decir algo pero tampoco puede. Sólo le salen unos balbuceos apenas inaudibles. Por un momento siente desvanecerse y se encuentra de nuevo en el escenario del local con el micrófono en la mano. Aparte de los camareros que parecen no reparar en él no hay público en la sala, sólo en una esquina al fondo en la penumbra parece adivinar la silueta de una mujer rubia sentada con las piernas cruzadas y una copa en la mano que permanece atenta a él. Sabe que es ella.

    Suena la música y cuando sale en todas las pantallas del local la letra en color amarillo comienza a cantar la vieja canción de Juan Bau que tanto gustaba a su madre y que de tanto oírla de chaval se había convertido en una de sus favoritas: ¡Te quiero cada día más!. El no entiende como se puede escuchar dentro del local el ulular agudo y rítmico de una ambulancia e imagina que alguien dejó la puerta de la calle abierta de par en par mientras entra la gente. Poco a poco el desagradable sonido se vuelve más distante en su mente amortiguado bajo el poder inmenso y emocionado de su voz cantando sólo para ella.

    Cuando acaba la canción, exhausto, vuelve a oír nítidamente la condenada sirena. Está de nuevo tumbado en la camilla y los focos del techo vuelven a bailar confusos más allá de la rendija de su ojo izquierdo. Quiere decir algo pero otra vez mil punzadas atraviesan su pecho al mínimo esfuerzo como un baile infernal de dagas vengativas.  Aún así lo intenta.  Imagina su voz clara y potente pero no está seguro de que alguien lo escuche.

- ¡Te juro que nunca más dejaré que nadie te trate como una fulana! - Exclama por dos veces con la convicción y la firmeza de un párroco subido al púlpito de su iglesia con la pretensión de salvar el mundo y a los feligreses gracias al sermón.

    No oye respuesta alguna a sus palabras y tampoco puede girar la cabeza por culpa del collarín pero nota que alguien coge su mano derecha y la acaricia con extrema suavidad y mucho afecto. Su tacto es delicado y cálido. Sabe perfectamente, otra vez, que es ella. No se había sentido tan feliz y pleno como ahora desde que hacían el amor apasionadamente en el jacuzzy de Guadalix, cuando eran todavía pareja. Sus ojos se cierran por el cansancio y se abandona al sueño con una sonrisa. Por fin después de muchos años se siente en paz consigo mismo.


Forastero Marulo