1.- Lo único necesario para el triunfo del mal es que los hombres buenos no hagan nada (Edmund Burke)

2.- Hay un límite a partir del cual la tolerancia deja de ser virtud (Edmund Burke)

3.- Es más fácil vivir con el odio que perdonar (Montse, GH 17)

viernes, 31 de julio de 2015

LOS SUEÑOS ROTOS

     Terminan las vacaciones y después de pasar unos días perdido entre arenales y montañas, aguantando el calor primero y luego este tiempo casi tan loco como los vaivenes de nuestros políticos con una sonrisa y mucha paciencia pero feliz por poder disfrutarlas un año más, he vuelto al día a día y pululando por los blogs amigos me acabo de enterar por fin de cómo terminó Supervivientes - voy con bastante retraso lo sé, es lo que tiene estar desconectado - y al parecer lo ganó un tal Cristopher Mateo que no sé quién es, por cierto, y que Nacho Vidal fue finalista y supo perder con dignidad según nos cuenta Ácrata en su casa. El asunto es que me encuentro al tipo éste, el tal Mateo, en todas partes y al parecer forma parte de una nueva saga familiar rodeada de polémicas y broncas dispuesta a inundar los programas rosa disputando parte del protagonismo a las ya tradicionales de nuestro marujeo nacional como los Pantoja, los “jesulinos” y demás. En fin, que nos va demasiado la marcha y para guinda del pastel me entero también de que ha comenzado un nuevo concurso en la casa amiga que se titula "un billete o pasaporte para la isla". O como se llame. No quería pecar de profeta pero a toro pasado y viendo como va la cosa acabo de releer mi penúltima entrada de abril, justo antes de que comenzase esta última edición de la islita de las antorchas y palmeras, y me ratifico en todo lo que allí decía: ¡Más madera para la caldera!

    Cuento esto y en realidad no sé muy bien de lo que quiero hablar, pero la oportunidad de volver a contemplar hoy, último día de julio, el cielo con la luna llena en el mismo mes - el pasado dos de julio también lució en todo su esplendor - un fenómeno que ocurre cada dos o tres años con el evocador nombre de “luna azul” (blue moon) me tiene revolucionado y me animó a escribir y a recordar algo comentado, creo, en la anterior entrada que dediqué a Laura Antonelli atacado entonces por un extraño furor nostálgico. Ahora no estoy seguro de que se trate de ningún furor o algo por el estilo pero sí estoy convencido como buen gallego de que la luna tiene mucho que ver en nuestro ánimo e influye para bien o para mal en nuestras vidas. En ocasiones como ésta siempre me acuerdo de mi abuela que como buena y sabia campesina no hacía nada sin consultar las fases de la luna en el calendario. Serán supersticiones o lo que se quiera y aunque la ciencia insista en negar cualquier influencia lunar más allá de las mareas basándose en la pura lógica de la estadística y sus fríos datos podría contar mil anécdotas propias o ajenas que dicen todo lo contrario.

    A lo que iba que me voy por las ramas, comentaba hace un mes que el próximo septiembre hará un año que comenzó Gran Hermano 15, una edición que se cerró de forma abrupta y con precipitación poco antes de las navidades pasadas y durante los meses siguientes las televisiones con Telecinco a la cabeza han encadenado sin descanso realitys mucho más mediáticos que nuestro GH de siempre, concursos sin tregua repletos de famosos, famosillos y famosetes; o con nuevos aspirantes a formar parte de la interminable lista de opositores a convertirse en personajes de la farándula nacional. En algunos casos arrastrando en la aventura a su familia o círculo más próximo con todos normalmente encantados de entrar en el negocio. Una suerte de sagas que se multiplican y se extienden como una hidra viral en las programaciones para llenar tanta hora libre del personal y aliviar de paso el tedio veraniego con carnaza fresca. Lo más triste del asunto es comprobar de forma terca y repetida que a menudo alcanzar la fama no es más que un episodio efímero y frustrante que sólo sirve para perder la dignidad como hemos visto con muchos concursantes de GH. O el pasaporte para acabar convertidos en juguetes rotos cuando la fama con sus trampas mediáticas inunda y vampiriza su vida personal y la de sus allegados.

    Hace ya muchos años alguien que estimaba de verdad me dio una lección que jamás olvidaré cuando me enseñó que no debía confundir los conceptos valor y precio, y que para saber el precio de algo la pregunta correcta es "cuánto cuesta" y no "cuánto vale" como hacía yo en ocasiones. Hay cosas que no se pueden comprar ni vender, me dijo, aunque la gente les ponga precio.  En este mundo de los realitys, que como hemos comentando tantas veces de Gran Hermano no es más que un trasunto de la vida real, algunos concursantes ponen precio a su dignidad vendiendo su intimidad y a veces su alma. Por diferentes motivos la mayoría de las veces venden algo de valor incalculable con el anhelo último de alcanzar una quimera tan etérea y frágil como difícil de determinar más allá del dinero contante y sonante: los sueños y la fama. 
    Fama y sueños casan fatal, y acostumbran a convertirse en pesadillas, dolor y locura al convivir con el lado oscuro y cruel de un mundo sin alma que los rodea y los devora después de cautivarlos con cantos de sirena para estrellarse al final contra sus rocas mortales; un precipicio inmoral que suele esconderse detrás del cartón piedra que engalana y disfraza las ilusiones. La fama y los sueños se alimentan a menudo de miseria, de falsedad y alejan a las personas de la realidad y de la mesura. En esa locura sólo logran sobrevivir y progresar aquéllos con principios sólidos y los pies en la tierra, los que saben rodearse de personas que les quieran de verdad o que asuman la voz crítica que les recuerde constantemente de dónde vienen y quiénes son. Algo que ya sabían en la antigüedad y por eso César, cuando regresaba victorioso de sus guerras a Roma montado en su cuadriga entre los vítores y aplausos de la plebe, llevaba siempre con él un esclavo que sostenía una corona de laurel sobre su cabeza y con la misión de recordar la verdadera naturaleza de las cosas al hombre más poderoso del mundo en su tiempo repitiéndole una y otra vez la misma frase: "Mira hacia atrás y recuerda que eres humano".  Lo triste es que el mundo mediático de la farándula está repleto de ídolos con pies de barro que nacen, crecen y desaparecen como setas en otoño. Un inmenso cementerio sembrado de cadáveres y de sueños rotos detrás de un espejismo.

   Hablando de la luna llena y de sueños me acuerdo ahora de aquella magnífica canción de los Secretos: El boulevard de los sueños rotos.

Forastero marulo